Domingo, 25 de agosto de 2019

De pueblos a cementerios

     ¿Por qué se muere un pueblo? La respuesta es obvia: porque se queda sin habitantes.

     España es el país de la Comunidad Europea  que cuenta con el mayor número de pueblos abandonados. Dentro del país es el País Vasco el que menos pueblos tiene en esta situación y la comunidad de Castilla y León la que más. Esta diferencia explica las razones por las que la mayoría de personas deja los pueblos para afincarse en las ciudades. Ya en las últimas décadas del siglo pasado fueron muchas las familias que de las nueve provincias de Castilla y León emigraron al País Vasco en busca de un futuro mejor. Eso hizo que los pueblos vascos crecieran y los de Castilla y León menguaran.

    Las administraciones públicas, en lugar de poner freno a esta tendencia, la aceleraron suprimiendo escuelas y castigando la agricultura y la ganadería, lo que ha provocado que los que se fueron no vuelvan hasta que no los traigan a enterrar, y los que quedan se sigan marchando para no morirse antes de tiempo.

     Vivir en estos pueblos es complicado incluso para los que ya no tienen la necesidad de trabajar porque han pasado a ser pensionistas. A la falta de escuelas y trabajo hay que sumarle la ausencia de otros servicios básicos: la lejanía del centro de salud, inviernos largos y fríos sin calefacción por el alto coste que supone instalarla de forma individual, el cierre de bares y otros centros de recreo, falta de piscinas municipales, ausencia de bancos, tiendas, farmacias y malas comunicaciones. Por no tener no tienen ni cobertura para establecer una comunicación telefónica o acceder a Internet.

     Sólo hay un servicio al que estos vecinos pueden acceder con más facilidad que en las ciudades: al que brindan los cementerios.

     Así las cosas, aunque de vez en cuando los políticos se ponen románticos y prometen resucitarlos, el destino de estos pueblos es el de convertirse en cementerios, porque las inversiones en infraestructuras se hacen, cuando se hacen, teniendo en cuenta el número de habitantes, y si no hay vecinos, lo tienen claro: no les vale la pena invertir.