¡Ay, Oriol, ya no me quieras tanto!

Oriol Junqueras, presidente de Esquerra Republicana de Cataluña

La lentitud de la justicia suele ser algo asumido por casi todo el mundo. Claro está que la apreciación de esta circunstancia depende mucho del lado en que se encuentre el observador. El mero espectador, cuando no es sujeto directo o indirecto del hecho jurídico, asiste a ese proceso sin demasiado interés, pero también se suma a la corriente de los que piensan que las sentencias tardan demasiado tiempo en conocerse, sobre todo cuando se trata de asuntos de cierta envergadura. Bien distinto es el caso de los que se ven afectados por el proceso judicial. Empleando un símil futbolístico, el que acusa -el que se siente ofendido- se parece al que se encuentra en desventaja y no quiere perder tiempo hasta conseguir la victoria. Por el contrario, el que ha conseguido ventaja – el ofensor- no tiene ninguna prisa en restablecer la situación con arreglo a derecho y seguirá recurriendo a métodos alejados de lo legal, cuando se lo permiten, si con ello consigue dilatar el procedimiento 

Hemos asistido a interminables procesos en que languidecen famosas operaciones donde se han visto envueltas un buen número de personas, cuyo fondo muchas veces se traduce en la desaparición fraudulenta de muchos millones de euros. Otros han sido graves delitos contra la Nación como fue el caso del 23- F, o el más reciente del intento del parlamento catalán de proclamar la independencia unilateralmente. Hay que reconocer que en estos dos asuntos, a pesar de las especiales circunstancias que rodearon a ambos y la gravedad de los delitos imputados, se ha llegado a la vista oral en un tiempo más bien corto. En poco más de un año se han encontrado los responsables ante el correspondiente tribunal.

El denominado procés catalán ha sido un verdadero tour de force entre el independentismo catalán y unos gobiernos que, si somos sinceros, nunca han terminado de tomárselo en serio. Sin necesidad de remontarse al 11 de septiembre de 1714 -que ya resulta paradójico elegir como día “nacional” catalán la conmemoración de la rendición de Barcelona a las tropas del rey borbón- las ansias secesionistas, a partir de la II República, siempre fueron el sueño inalcanzable de una minoría de catalanes conscientes de sus escasas posibilidades de hacerlo realidad. Los primeros intentos ya tuvieron graves consecuencias y el resultado de la guerra civil supuso una vacuna contra nuevos intentos, vacuna que ha dejado de surtir efecto con la llegada de la democracia, por haber otorgado a los dirigentes autonómicos las concesiones reclamadas como moneda de cambio para recibir su apoyo. Nadie ha querido ser el malo de la película ni perder sus votos.

A la sombra de aquellos dirigentes que tenían la mesa puesta en Madrid, ha ido creciendo otro tipo de secesionismo de menos guante blanco pero con un muy eficaz programa de proselitismo, dentro de Cataluña y fuera de España. Hasta tuvieron su pequeño “ejército” terrorista con sangre a sus espaldas. Los primeros gobiernos de la Generalitat comenzaron su “guerra particular” a base de ordeñar continuamente las ubres del gobierno central, hasta que en su composición aparecieron los verdaderos amigos de alcanzar lo que no pudieron en 1714. En ese saco podemos meter, sin miedo a equivocarnos, ERC, PDeCAT, En Comú Podem, y buena parte del PSC. Por la particular Ley Electoral que nos hemos dado los españoles, hay comunidades en las que el nacionalismo, con menor número de votos que el “constitucionalismo”, obtiene, sin embargo, mayor número de escaños. En esa situación está actualmente Cataluña y con esos mimbres hicieron el cesto del 1-O, a cuya vista oral estamos asistiendo estos días.

A pesar de todos los intentos de dinamitar la vista en el Supremo, ya hemos visto por dónde van los primeros tiros. Que los presuntos culpables y sus respectivas defensas proclamen su inocencia, entra dentro de lo previsible. Ahora bien, que basen toda su estrategia en trasladar al exterior la imagen de un estado opresor en el que no se respetan lo mínimos derechos humanos, o que toda España está equivocada y los únicos a quienes asiste la razón son una minoría de catalanes, es algo que ni puede admitirse ni puede servir para presionar al tribunal.

La declaración de Oriol Junqueras es todo un tratado de cinismo. Comenzando por sus asesores de imagen, es curiosa su metamorfosis. En toda su vida pública -que ya no es tan efímera- nunca le había visto con corbata, por muy oficiales e importantes que fueran los actos a que asistía o las personas que asistieran a los mismos. Siempre iba “despechugado”, con la tripa al aire y el cinturón un palmo debajo de la cintura. El día de su primer “conato” de declaración parecía una mezcla de Rodolfo Valentino y el Mahatma Gandhi. El “director” del referéndum y la consiguiente DUI en el parlamento declara que no cometió ninguna ilegalidad porque ¡votar no es delito! - ¿sea lo que sea, digo yo? - pero lo que sí es delito es impedirlo, que toda la puesta en escena no costó ni un euro, que la única violencia que vio fue la de la Policía y la Guardia Civil y que, llegado el caso, volverá a repetir la jugada. Ahora bien, lo que ya me aflojó las carnes fue cuando, a punto de soltar la lagrimita, dijo: “Yo amo a España, a sus gentes y su cultura”. Siendo así, la verdad es que tiene una forma muy particular de demostrarlo. De otra forma uno no se explica que esté empeñado en romper la unidad de España, pasarse por el arco de triunfo toda su legislación, no arrepentirse de ninguna de sus provocaciones y estar decidido a reincidir. Los que están en la cárcel por haber cometido crímenes lo están por sus actos, no por haber tenido la idea de cometerlos. El Sr. Junqueras no está en la cárcel por sus ideas -porque con esas mismas ideas hay otros muchos que están en la calle. Está en prisión porque está acusado de rebelión, sedición, malversación y desobediencia. Le gustaría ser preso político pero, de momento, le está faltando valor para ser tenido por tal.