Baja el telón

Tenía que ocurrir y ocurrió: el telón se ha bajado. Cuando Pedro Sánchez, legítimamente, planteó una moción de censura contra Mariano Rajoy, cuya razón última era la corrupción del PP, solo tuvo en cuenta uno de los factores que la justifican: un partido debe ser desalojado del poder porque su tiempo ha pasado por los graves errores cometidos en el ejercicio del gobierno; pero no basta con eso, se requiere además el apoyo de fuerzas políticas coherentes en la persecución del mismo fin. Lo primero se podrá discutir, pero nadie negará que las aguas de la corrupción bajaban turbias para el PP, y la sentencia que dio pie a la interposición de la moción de censura legitimaba al PSOE en su iniciativa. Lo segundo es harina de otro costal: aunque nadie discutirá que partidos de diverso pelaje pueden unirse para echar a un presidente, nadie tampoco cuestionará que hay líneas rojas que nunca pueden traspasarse.

¿Quiénes acabaron con Rajoy? Además de los diputados del PSOE, los de Podemos, PNV, y aquí viene el gran obstáculo desde la ética de convicciones democráticas, los partidos independentistas que participaron en el golpe fracasado de Cataluña y Bildu. Esos dos partidos, responsables máximos del conato frustrado de independencia catalana, no pueden ser sostén imprescindible para cambiar el Gobierno de España. Se puede hacer, pero no se debe hacer: alcanzar el poder con los votos de quienes han pretendido acabar con la unidad territorial del Estado, es, desde una ética de convicciones democráticas, ilegítimo, aunque en el terreno jurídico nada impida su perpetración. Lo que hizo Sánchez lo permite la Constitución, pero es poco presentable.

Gracias a esos votos a los que nunca debió recurrir, Pedro Sánchez fue investido presidente del Gobierno. En su discurso de investidura dejó muy claro, como una justificación de su excepcional medida, que gobernaría el tiempo imprescindible y convocaría elecciones generales para que el pueblo español decidiera lo que convenía, tras desalojar del poder al partido al que había descabalgado por su responsabilidad en la corrupción. Era, pues, en su discurso, una razón de limpieza democrática la que le conducía a actuar así: echar del poder a un partido tramposo, desde su perspectiva, y en el menor tiempo posible, convocar a urnas a los ciudadanos para poner las cosas en su sitio. Pero mintió, porque no convocó las elecciones, y políticamente se deslegitimó.

Han pasado varios meses desde entonces. Sánchez cambió el Gobierno y puso en práctica diversas medidas, más o menos acertadas, pero respetables. Excepto una: entró en una vía de negociación con los políticos independentistas que mayoritariamente fue rechazada por la opinión pública. Su confirmación fue la derrota electoral en Andalucía: el PSOE perdió su región electoral más fiel y numerosa, a causa de la política del Gobierno socialista en Cataluña, esa fue la clave fundamental, aunque el maniobrero Sánchez quiso aprovechar el desaguisado para cargar toda la responsabilidad en la política de Susana Díaz.El escándalo llegó al límite recientemente a propósito de la formación de una mesa de partidos que dialogarían sobre la situación en Cataluña moderados por un “relator” que serviría de mediador entre ambos bandos, vamos, como si en un conflicto internacional recurriéramos a un tercero que permitiera acercar posiciones entre dos Estados distintos. Ello condujo a la crisis, motivada esencialmente por sectores socialistas que veían inadmisible tal deriva. Felipe González y Alfonso Guerra fueron particularmente explícitos.

Y hoy miércoles, cuando escribo este artículo, la oposición se ha tumbado el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, y cuando digo oposición incluyo también a los partidos que apoyaron a Sánchez para cargarse a Rajoy, es decir, los partidos secesionistas catalanes. La convocatoria de elecciones generales está a la vista y en poco tiempo volveremos a votar. Mi pregunta es sencilla: ¿para ese viaje, estas alforjas? ¿Mereció la pena desvencijar al PSOE en una aventura peligrosa y suicida?

A veces los atajos son peligrosos y conviene esperar, madurar tu momento y no arriesgarse a caer por el precipicio. Sí, es verdad, las cosas iban mal para el PSOE en aquel entonces, según reflejaban las encuestas. Pero en política no todo lo posible es factible, y alcanzar el poder con el apoyo de partidos contaminados por su responsabilidad en pretender separar a Cataluña de España, convertía la apuesta de Sánchez en una decidida opción por acabar en el infierno. Lo malo es que nos ha arrastrado a todos a una vorágine extremista cuyo futuro está por ver.

Marta FERREIRA