Domingo, 25 de agosto de 2019

Españoles de mal

El pasado domingo, como respuesta a una convocatoria-arenga política, se reunió en Madrid un nutrido grupo de abanderados que, con el confesado ánimo de defender la unidad de la patria y dejar patente su odio hacia quienes según ellos la “rompen”, fueron citados por organizaciones conservadoras que hicieron llamamiento a los “españoles de bien” (sic) para que gritasen, ondeasen, cantasen y se mostrasen como amparadores y demandantes de categorías tan etéreas como la citada “unidad de España”, tan concretamente partidistas como la convocatoria de elecciones y tan abstrusamente impropias en la calle como lograr la expulsión de su cargo (¿a banderazos?) del presidente del gobierno español.

Además de comprobar de nuevo la inveterada costumbre del reaccionarismo político español de utilizar la bandera como delantal, brazalete, palo y pancarta callejera cada vez que su fuerza parlamentaria no les alcanza, y constatar cómo se manipula y condiciona no solo el lenguaje, sino los sentimientos de esa parte de la ciudadanía tal vez bienintencionada (?) mas carente de reflexión crítica y, por tanto, rebaño orientable a sus intereses electorales, la apelación que los convocantes hicieron a “los españoles de bien” para que acudieran a la reunión cara al sol,  hace que uno se pregunte qué concepto exacto del bien, qué autoconsciente nivel de bondad, qué cantidad de bonhomía, cuánto de virtuosismo moral o qué clase de sensibilidad debió hallar en sí cada asistente a la patriótica concentración, cuando se incluyó entre esos “españoles de bien” y decidió acudir, prietas las filas, a enarbolar encendidamente la rojigualda.

Hay muchos españoles que ven con cierto bochorno concentraciones como la citada, pues tan conocida es la historia del fascismo español y de su apropiación de símbolos como la bandera y el himno nacionales durante décadas de sangrienta dictadura, que seguirá siendo imposible todo intento de llamarlos a la identificación con, o a la defensa de, dichos símbolos (ni siquiera a su respeto, salvo el epidérmico obligado), ya que cualquiera que desde posiciones de reflexión crítica, con conocimiento de la historia, estatura moral del pensamiento y una pizca de sensibilidad humana, sabe que el manoseo y la falsificación del concepto de patriotismo, entre otros robos, han servido en este país de coartada para la indignidad, la humillación y el crimen.

Conocido también el contenido de los prontuarios ideológicos y los programas electorales de las formaciones cuyos adalides encabezaron la banderolada del domingo en Madrid, y a poco que se vean las salvajadas culturales, retrocesos sociales, insultos a la moral, desprecios, clasismos y anacronismos con que algunos de esos adalides convocantes de banderías insultan la inteligencia al defender como rasgos de su particular patriotismo la exclusión, el racismo, el machismo, la desigualdad o la incultura, ningún eco van a encontrar sus convocatorias entre esos otros “españoles de bien” que practican la bendita manía de pensar.

El Bien, un concepto tan maleable como diverso, que desde la Antigüedad ha venido asociándose con la perfección suprema tanto como con el conjunto de acciones correctas del individuo y que, en su filosófico enfrentamiento con el Mal –un digno antagonista con peor prensa pero más carne- ha sido manipulado por teologías, teogonías, filosofías, liturgias y demonologías de toda laya, ha perdido en el lenguaje su esencia de meta ideal o de condición moral del comportamiento y hoy, en este páramo de la inteligencia, sembrado de incapacidad política e infantilismo expresivo en que nos ha hundido la pura codicia de la boca abierta y la indiferencia, el bien (o el Bien) se ha convertido en una muletilla que aplicar a la sumisión, el seguidismo, la resignación, el inmovilismo, el adoctrinamiento o, lamentablemente en España, el patrioterismo más vacío y superficial.

Si, como quieren algunos, ser “español de bien” es pasar sin rechistar por los aros de la manipulación política y tragar las ruedas de molino de la mansedumbre mental, la radicalidad irreflexiva, el griterío enmudecedor  o la negación de la inteligencia que practican los voceros de la mediocridad, será mejor, si hay que elegir, ser “español de mal”.