Sábado, 15 de agosto de 2020

Diletantes

Embozada, sale de la sala de conciertos. Es de noche y hace frío. En lugar de tomar un taxi como buena parte de los que dejan el edificio, decide caminar hacia la estación del metro. El pequeño parque que atraviesa acumula la nieve en los parterres, pero los caminos están secos.  Al llegar a la entrada decide continuar un poco, quizá hasta la próxima estación que está a un cuarto de hora. La avenida está bien iluminada y hay gente que camina también ociosa. En su cabeza todavía retiene la armonía de la última pieza. Lamenta no conocer lo suficiente el alemán para entender a cabalidad el sentido de algunas estrofas.

La traducción al inglés que muestra el programa le ayuda para comprender la idea principal, pero no alcanza a entrever los matices. No concibe muy bien por qué el director ha orientado el atrezo hacia una representación ajena a la época en la que el autor situó la historia. Deja atrás la boca de metro que ha alcanzado antes de lo que pensaba y decide proseguir andando hasta su casa. Está pletórica porque sabe que puede hacer ese papel. La pareja deja el cine cuando ya ha anochecido. La película de Kenji Mizoguchi es la última del ciclo dedicado al director japonés. Arrebolados por la belleza, la pureza de las imágenes, la compleja simplicidad de los personajes y la intensidad de la historia, guardan silencio. No solo es la inercia de la quietud con la que han seguido la proyección, es el sentimiento de impotencia que les invade lo que les culpabiliza ante la carrera en ciernes en que se encuentran. Además, acaban de darse cuenta de que sus propuestas supuestamente innovadoras son falsarias. Como el momento se hace insoportable entran en una cafetería donde es posible que logren distraer su desazón. No hablan, pero ambos saben que están buscando una solución para abordar el problema de los personajes de su cortometraje, gente incapaz de arrepentirse de sus desmanes constantes en un entorno donde la compasión es patrimonio de muy pocos.

Arrinconado en el quicio de la puerta de una sucursal bancaria intenta cobijarse con el saco de dormir andrajoso que encontró la noche anterior en un contenedor a medio camino entre el teatro de la ópera y la filmoteca. Es su quinta noche en la ciudad y siente que tiene suerte. Durante el día logró tomar algo en un comedor social y consiguió unas monedas haciendo de aparcacoches. Aunque está helando, el asfalto urbano es más acogedor que el campo donde pasó varias noches a la intemperie en el trajín del cruce de la frontera. Ella ha pasado fugazmente mientras estaba acomodando el saco, la vio feliz, radiante. En la comisura de sus labios un hormigueo preludiaba algo bello. Después, ha divisado a una pareja hermética, cabizbajos, pero, a la vez, poseedores de un magnetismo que no ha sabido interpretar. Parecían seres de otro mundo, transportados a una realidad ajena. Ninguno de los tres le ha mirado.