Jueves, 13 de agosto de 2020

Salamanca, 1937. 2: "el silencio del terror"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
(Salamanca, 1937. Homenaje a los Caídos por Dios y por España. Foto de Biblioteca  Digital Hispánica de la B.N.E.)
 
 
 

Veíamos en (1) las escenas de animación callejera en la Salamanca de 1937, capital, si no del imperio, como decía Fäy, sí de la España “nacional”. El autor terminaba su relato diario contando cómo, poco antes de medianoche, todo el personal que llenaba la plaza Mayor, al oír un toque de atención salido de los aparatos de radio, orientados a la calle, se ponía en pie para escuchar el parte del Cuartel General del Generalísimo, siempre victorioso, que era aclamado largamente al final, mientras sonaba el himno. Luego venía el toque de queda. Lo mismo que los fotógrafos del servicio de propaganda franquista, dirigidos por el pronazi Vicente Gay, el escritor francés trata de mostrar un ambiente de “tranquilidad absoluta” en las calles y mercados de Salamanca

Era un ambiente de entusiasmo y de confianza en la victoria, aunque –anotamos nosotros–  para el verano de 1937 el golpe militar faccioso había fracasado cuatro veces en sus intentos de tomar Madrid: había fracasado Mola con sus columnas enviadas desde Valladolid, Burgos y Navarra (julio del 36); fracasó el Ejército africano de Franco tras la toma de Toledo (octubre-noviembre de ese año); falló de nuevo en el Jarama (febrero del 37) y ni siquiera el “amigo italiano” tuvo mejor suerte en Guadalajara. Madrid, sitiada y bombardeada desde la Casa de Campo y desde el aire, saboteada por la por la quinta columna, abandonada por su propio gobierno, resiste. Resiste heroicamente.

(Aquí surge la duda de si Franco era más bien inepto como estratega, tal como afirman algunos y sospechaban entonces alemanes e italianos, o era un malnacido, tratando de prolongar la guerra para desangrar todo lo posible al enemigo “rojo” y afirmar más su poder. O ambas cosas).

El “camisa vieja“ Alcázar de Velasco también aporta sus recuerdos de la Salamanca de entonces (en Los 7 días de Salamanca, libro publicado en 1976). Veía a la misma gente en los mismos lugares y al mismo tiempo que Fäy, pero su imagen es muy otra. La gente de los pueblos, tan pintorescos bajo la pluma de aquél, son, según el falangista, “los hacendosos habitantes de barrios de carencia absoluta (…), gentes a las que, mirásemos de la manera que fuese, se les advertía faltos de pan y de justicia. Aquellos lugareños de boina plasta iban casi todos de luto sin que ninguno de tantos lutos los llevaran por los caídos en los frentes. Poniendo en el suelo la mercancía, trajinaban en silencio, el silencio del terror“.

Y esa es la otra cara que no se veía en la prensa de la época, ni reflejó luego la historiografía oficial ni la revisionista, ni los profesores e intelectuales al servicio del Movimiento (Alcázar no es una excepción: habla de ello 40 años después, como Ridruejo o Laín, cuyo cargo de conciencia viene casi in articulo mortis). Los más de mil asesinados en la provincia tras simulacros de consejos de guerra o extrajudicialmente por la “segunda línea” falangista, dirigida por Francisco Bravo, por la Guardia civil o por los somatenes formados con gente de orden.  Los huídos, escondidos (“topos”) o exiliados, algunos de los cuales acabaron sus días en campos de concentración nazis; los encarcelados o empleados en batallones de trabajo forzado; las viudas y los huérfanos que apenas salen adelante en un contexto de miseria y desprecio…

A pesar de los esfuerzos de familiares y asociaciones memorialistas, muchas de estas víctimas de la Guerra civil, quizá la mayoría, aún esperan un reconocimiento público adecuado. Por no hablar de justicia y reparación, como al menos se ha intentado en otros países también afectados por traumas colectivos del pasado.