Domingo, 18 de agosto de 2019

El laberinto del hambre

"Los desnutridos son los malnutridos de las sociedades ricas, y muchas veces los obesos son los malnutridos de las sociedades pobres".

Martín Caparrós

 

La regla del juego consumista no es la avidez de obtener y poseer, ni la de acumular riqueza en el sentido material y tangible, sino la emoción de una sensación nueva e inédita.

Maurice Blanchot

La lucha contra el hambre sigue siendo una urgencia, en unos momentos en los que sigue aumentando el número de hambrientos en el mundo y se hacen más palpables los problemas de la pobreza y las carencias extremas. Detrás de los 821 millones de hambrientos en el mundo, tenemos personas con mucha necesidad y pobreza, mientras en el mundo opulento buena parte de la comida que se produce termina en el cubo de la basura. Asistimos a una realidad, donde una parte del mundo muere de hambre y otra consume de manera desproporcionada y casi pornográfica.

La búsqueda de sentido siempre está acompañada del cuestionamiento continuo, de la pregunta pertinente, llenando nuestra despensa existencial con actitudes vitales que nos acerque a una vida en plenitud superando esa “felicidad paradójica” que produce el consumo. Las desigualdades y la pobreza de muchos no es sólo consecuencia de la crisis, responde sobre todo al modelo social con el que construimos nuestra sociedad. El 2030 es el año que se han puesto como meta los organismos internacionales para erradicar el hambre y la pobreza, pero los sucesivos aumentos los últimos años nos muestran que no se va por buen camino.

Más allá de los conflictos bélicos o las condiciones climáticas, las causas más profundas han sido provocadas por acciones de índole política y social totalmente globalizadas. Ahí está la sobreoferta mundial controlada por las grandes multinacionales de la alimentación o por las áreas económicas más ricas del mundo, así como las políticas draconianas del FMI, que destruyen los tejidos agrícolas y ganaderos de los países más pobres.

El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Las pocas familias que dominan el mundo, grupos económicos, multinacionales, tienen un mayor poder económico y de dominio como nunca se había alcanzado. Pero no quieren asumir ningún tipo de responsabilidad económica, social, ecológica que vaya más allá de rentabilizar sus propios intereses, es más, en los grandes conflictos mundiales miran para otro lado con la complicidad de los grandes Estados.

Estamos asistiendo a una forma moderna, globalizada y civilizada de piratería económica (Victor Keegan), donde los ricos tienen nuevas oportunidades de ganar dinero alrededor del mundo, gestando un mundo feliz basado en un capitalismo nómada gracias a las nuevas tecnologías. En esa globalización virtual y tecnológica, las grandes fortunas crecen y florecen lejos de los pobres, emancipadas de las viejas conexiones sociales, sin necesidad de los pobres para enriquecerse (Bauman). Ese enriquecimiento rápido y el empobrecimiento de tantos pobres en el mundo tienen la misma raíz. Ahí quedan los miserables del mundo abandonados a su suerte, ahogados en la miseria, la pobreza y el hambre.

Esas grandes fortunas junto con las instituciones globales que dominan el escenario económico mundial, siguen ocultando las realidades sociales de la pobreza y, manejando los conceptos económicos de una manera interesada, bombardeando a la opinión pública con imágenes de crecimiento global y prosperidad gracias al libre mercado. El dogma económico del neoliberalismo dominante no admite desacuerdo, crítica, ni discusión e incluso crea su propio “contraparadigma” centrado en un desarrollo sostenible con un progresivo alivio de la pobreza. Así no lo contaron a final del siglo pasado, donde la pobreza y el hambre quedarían erradicados en el 2015, ahora en el 2030, generando un debate en la sociedad, pero sin tocar los fundamentos de un sistema global injusto.

Muchas veces se nos presenta el problema de la pobreza en los grandes medios, reduciendo su verdadera realidad, degradando terriblemente el problema del hambre y negando la plena humanidad a las personas a quienes se supone que queremos ayudar (Kapuściński). Esa ecuación de pobreza y hambre, ocultan otras dimensiones complejas de la pobreza como condiciones de vida y vivienda, enfermedad, analfabetismo, agresión, disolución de la familia, debilitamiento de los lazos sociales, falta de futuro, improductividad, emigración, desarraigo, etc. Parece que la riqueza es global, pero las miserias son locales, en algún rincón de África o de cualquier lugar pobre del planeta reforzando la indiferencia e incluso el rechazo.

Los mercados no se regulan así mismos, no son capaces de crear mecanismos para funcionar regularmente, pero tampoco son capaces de corregir los efectos negativos para la sociedad, como las desigualdades, asimetrías, degradación ambiental, inseguridad social, fraude, etc.  En la globalización en la que está inmerso el sistema financiero, es necesaria una coordinación estable entre las diferentes autoridades nacionales e internacionales, buscando sistemas normativos entre todos. Estas nuevas reglas de juego deberán buscar la transparencia para eliminar todo tipo de desigualdades en los intercambios, con la mayor información posible para que cada uno pueda tutelar sus intereses.

La economía no afecta solo a las grandes entidades financieras y a los Estados, sino a todos, ejerciendo un ejercicio crítico y responsable del consumo y del ahorro. Urge crear organizaciones intermedias que estén preocupadas y fomenten el “consumo justo”, que deberá estar basado en la búsqueda de la felicidad del individuo y que dependerá en buena medida sobre las creencias que proporcionan nuestras sociedades, basadas en la dignidad de los seres humanos, sin eludir el sentido de la justicia (A. Cortina).  Para no hacer dejación de nuestra humanidad, el consumo para que pueda ser humano, deberá ser autónomo, justo, prudente y responsable.