Viernes, 4 de diciembre de 2020

Elvira

Yo la tiro por la ventana -me dice una de mis vírgenes cuando le hablo de ella. La virgen tiene 20 años y también quiere ser poeta. De momento ahí anda, tratando de dejar atrás su naturaleza de pichón hembra. Pero a Benjamín Prado le gusta -apunto yo como quien dobla una bocacalle a ver qué se encuentra. Es que yo a Benjamín Prado también le tiraría por la ventana -es la respuesta de la virgen que va para poeta. Pero, pero, pero es que a Margarit también le gusta- me atrevo yo con otra avanzadilla hasta  la sustancia gris de la virgencita. Margarit es otro a quien yo tiraría por la ventana -responde la virgen lírica con tranquilidad, como si estuviese pintándose los labios de Chanel número 5.

A estas alturas ya sé que no debo hablar por mi cuenta  de Elvira Sastre, esa segoviana que pasados los 20 años empezó a ser  la reina de las fiestas sin tener un padre procurador en cortes de los de antes ni nada. Así que me resisto a decirle que a Rosa Montero le gusta y que a Fernández Mallo, más todavía sobre todo cuando describe los encuentros sexuales. No le digo mi opinión a la virgencita que parce tener el vicio maldito de aquellos matarifes de la brigada político social y considera a las ventanas escasamente moravianas y más bien como el punto de partida para suicidios de estudiantes con una bala en el cuerpo.

A estas alturas no sé si Elvira Sastre es una viuda negra o un arcángel. Que Benjamín Prado haya estudiado tanto a Miguel Hernández y se haya prestado a lanzar su carrera admite muchas interpretaciones, pero ninguna es decisiva. Y que Elvira llene teatros para escuchar sus poemas tampoco  refunda mi idea de vacío infinito, porque lo mismo le pasa al Paquirrín cuando le pagan como pinchadiscos. Quizás el secreto de Elvira es que caligrafía -probablemente sin saberlo- siguiendo la recomendación de Jorge Guillén cuando decía que no hay que escribir una sola palabra que no hayamos vivido. Y ahí está el secreto de ser tan creíble: dice poemas a su novia como si estuviesen a solas y no para los tribunales críticos o para pasar a la historia.

No sé por qué me viene a la memoria ahora la primera Blanca Andreu si Elvira no quiere ser Baudelaire como la gallega. Quizás porque las dos resonaron a su modo como una sorprendente epilepsia dentro de la esclerosis de la vida literaria. Pero nada que ver salvo sus años veinteañeros de no vírgenes. Dentro de mi escuálida mirada de patólogo impertinente, me parece que en Blanca había una hondura enmarañada y en Elvira, un riachuelo que lleva sólo agua. Y que en Blanca había vicios formales y en Elvira, no. A lo peor es que en Elvira no hay nada, pero tampoco se merece un salto al vacío por la ventana, esa realidad huera se abrirá de piernas con el tiempo por sí sola. Dejemos pasar el reloj con la poesía en los bolsillos, mejor eso que la alternativa de un universo contando las musarañas. Ya sabemos que el desprecio es muy personal, pero consustancial al oficio literario. Dicho en el lenguaje de Berceo a quien no leyó ni alcalde de Berceo según Gloria Fuertes: lo peor para un poeta es otro poeta, lo mismo que para un cura, otro cura.

Cuando a mis vírgenes yo les hablé un día de Pedro Casariego y su ansia por descubrir caminos nuevos, se pusieron muy contentas. Les dije que Pedro lo había intentado, que descubrir un mundo nuevo estaba también al alcance de  ellas y sus veinte años. Mis vírgenes se pusieron entonces más contentas aún. Cuando les dije que Pedro, cumplidos los treinta, se puso delante de un tren y se nos fue porque consideró quizás que su tarea estaba hecha, o que de tanto buscar trochas distintas para la poesía se olvidó de encontrarse a sí mismo, las vírgenes supieron que no hay condenados sino condenación.

Ahora Elvira Sastre ha ganado un premio importante con una novela. Los popes de la enjundia se han encabronado. Los popes de la enjundia viven revoloteando en torno a los premios literarios que consideran de su propiedad tanto para recibirlos como para darlos como para quemar vivo a algún bandolero que aparece de repente y se los lleva. Dicen que Seix Barral se ha suicidado con Elvira, que ha premiado a Istagram y no a la literatura. Si hay un suicidio no asistido se trata del mismo que Destino con el Nadal a Lucía Echevarría. ¿Y por qué no dicen los popes de la enjundia que las dos editoriales que dan estos dos premios pertenecen a Planeta, una editorial que concede su suculento premio con un año de antelación, antes de que se escriba la novela? Y tampoco dicen que en  algunos premios hay cola esperando su turno. Paciencia a unos y otros.

Bueno, que he leído algo de la novela de Elvira Sastre. Me parece que no hay diferencia con su poesía. Mi presbicia no acierta a valorar la sencillez habladora (y quizás inmóvil) de Elvira como poeta. Pero sí me parece que Elvira novelista es la misma Elvira de antes, porque no ha conseguido desengancharse de sí  misma y dejarse atrás la poeta, buena, mala o regular.

Y es que pocos son los poetas que escriben bien en prosa. Machado tenía que transfigurarse en Juan de Mairena o Abel Martín, pero lo lograba. Alberti se metía en su arboleda perdida y ahí se entregaba a una prosa anarquista que le retrataba. Pero a Miguel Hernández no le salva ni nuestra ternura. En cambio, si  miramos el lado contrario, mi osadía me lleva a decir que hay más poesía en la prosa de María Teresa León que en Zorrilla, maestro de la métrica.

Y ya puesto a temeridades me atrevo a más: no sé si la poesía de Elvira Sastre es buena, pero me gusta cómo la dice, porque se dice a sí misma, como Benedetti o Jaime Sabines. Hubo un día en que mi amiga Carmen Feito -casi nació en el teatro Eslava, se sabe todo desde los tiempos de Maricastaña aunque ella jamás será vieja- se me enfadó  mucho porque dije que los rapsodas me parecían un mal menor. (Ella domina todos los registros rapsodas, incluso el adobo con música). Y se vino a razones cuando le dije que no soy fundamentalista, pero que muchas veces los rapsodas no tienen ni idea de lo que el poeta ha escrito y fagocitan al poema para ser ellos mismos. El poeta debe desaparecer porque es su obligación dejar con vida al poema, una vida propia. Pero que desaparezca también el poema y aparezca un espectáculo, ya no, porque eso justamente es lo contrario a la poesía. Y le puse como ejemplo a Nati Mistral que cuando agarraba a García Lorca se evaporaba  Federico y se transformaba en Rafael de León. Y qué listo anduvo Rafael en cuanto lo vio: se dedicó a escribir para Nati, tal vez para salvar a su amigo republicano  asesinado en Víznar.

Total que ¿Elvira sí o Elvira no? Hace un par de años yo me puse muy contento cuando vi empapelada toda la fachada de la Casa del Libro de Gran Vía en Madrid con un libro de poemas de Marwan. Se lo dije y el palestino de Aluche me bajó de las nubes. No te hagas ilusiones, yo he vendido 75.000 libros de poesía porque soy músico, si no me leerías tú y otros cuatro amigos.

Pues es que uno no gana para sustos. Y al final me pasa como a Confucio, que sólo sé que no sé nada. Salvo que yo no tiraría jamás a Elvira por la ventana.