Miércoles, 20 de febrero de 2019

Pedro Sánchez no es socialista ¡¡Que no!!

Más de una vez lo he comentado desde estas páginas con la vana esperanza de estar equivocado. No es posible –pensaba-, que un universitario afiliado al PSOE  sea capaz de cometer, en tan corto espacio de tiempo, todo un rosario de “sacrilegios socialistas”, de forma tan descarada. Es verdad que, repasando su biografía, en su CV abundan con demasiada frecuencia las carambolas arribistas. Terminada su carrera, después de deambular por Norteamérica, le “coloca” el partido entre la pléyade de funcionarios que pululan por Bruselas, hasta que de vuelta a España y siendo concejal del Ayuntamiento de Madrid, accede al escaño que deja vacante su tocayo Pedro Solbes. No debió ser muy brillante su labor en el Congreso puesto que no es elegido en las siguientes elecciones. Vuelve a la empresa privada y alguna clase en la universidad Camilo José Cela, hasta que, por abandono de Cristina Narbona, pasa de nuevo a ocupar su escaño, Tacita a tacita, va haciendo amigos y retocando su CV hasta ser elegido Secretario General de su partido. Tampoco ahí abundan sus aciertos. Por despreciar el parecer de socialistas menos desnortados, y después de cosechar los peores resultados, dimite del cargo, pero vuelve a presentarse a una elección en la que no faltó una urna sacada de su chistera. No cuela la estratagema y, más que derrotado, es expulsado del cargo. Hubo de esperar un año más para volver a la Secretaría General, sin ser todavía diputado. Es decir, está visto que a Pedro Sánchez siempre se le aparece el duende de su lámpara en el momento más oportuno.

Comprobada su avidez por el poder y la capacidad que demuestra para decir una cosa y la contraria, uno podría llegar a entender sus debilidades, y hasta habrá más de uno dispuesto a perdonar su afán por aparentar lo que no es, sin importarle nada la más burda de las falsificaciones que pueda exhibir un doctorando. Todo ello, su descarado uso de los medios oficiales en beneficio propio, incluso su facilidad para no decir la verdad, todo sería perdonable por aquello de que, siendo humanos, quien esté libre de pecado….. Hay, sin embargo, cuestiones que no tienen perdón para cualquier político y mucho menos para el Presidente del Gobierno.

La maniobra –por cierto, legal- que le llevó a la Moncloa ya dejó al descubierto su primera ocasión en sobrepasar la línea roja de la decencia. Tenía tanta prisa en sacar pecho y, sobre todo, en apuntarse el primer tanto con el que restregar la cara a más de un compañero de ese partido que se había atrevido a ningunearlo, que no dudó ni un momento en abjurar de sus promesas para aliarse con independentistas, populistas anti-sistema y filo terroristas, y así poder subirse al Falcon. Cualquier político cuyo partido defienda nítidamente la Constitución –y el PSOE lo hace- expulsaría automáticamente de sus filas a quien osara tal felonía. Esta sola “hazaña” tendría que haber sido suficiente para que el establisment del PSOE alejara a Pedro Sánchez del cargo que tanto daño está causándole.

Con ser tan grave esa primera puñalada a los principios que había prometido defender, aún nos esperaban cosas más inexplicables. Si algo verdaderamente preocupante ensombrece el panorama español, es sin duda la deriva independentista de un buen número de ciudadanos catalanes. Aquel jefe de la oposición que no tuvo más remedio que hacer de tripas corazón para ponerse al lado de Rajoy en la aplicación del artículo 155 de la CE, cuando ha llegado al poder y ve la amenaza de perderlo, se declara contrario a su aplicación  y la de toda la legislación que persigue los constantes ataques a la Constitución, los reiterados incumplimientos de las sentencias dictadas por toda clase de tribunales, las repetidas amenazas de volver a declarar unilateralmente la independencia y, en una palabra, constituirse en gobierno de un ente paralelo al español. Pero eso no es nada. Todavía es capaz de sentarse a dialogar con el retador, escucharle toda clase de propuestas -inadmisibles de por sí y manifiestamente ofensivas- sin levantarse de la mesa y, en el colmo de la bajeza moral, correr detrás de él regateando nuevas concesiones para suplicar su apoyo. No se puede caer más bajo.

Aquí cohabitan dos perversiones simultáneas. Por un lado, el descarado Sánchez, a quien nada le importa su partido y mucho su ambición, que nunca estará dispuesto a rectificar si con ello pierde sus ansias de figurar. No en vano acaba de recibir telepáticamente del más allá otro mensaje en forma de libro con la fórmula mágica para seguir residiendo en la Moncloa. Lo ha titulado Manual de Resistencia. Siempre que contienden dos bandos, hay uno que lo hace a la defensiva, con la ventaja de escoger el terreno. El otro, a la ofensiva, siempre con más elementos, lleva la ventaja de elegir el momento y la forma del ataque. Un ejemplo de lo que digo fue la manifestación de ayer en Madrid.

 En cualquier caso, mucha culpa de lo que está amenazando a España la tienen los socialistas que no acaban de enfrentarse al culpable, o si lo hacen, suele ser de perfil y con la boca pequeña. Ya no es ningún secreto la divergencia entre unos pocos –demasiado pocos- ex dirigentes socialistas y el actual aparato del partido. La situación es tan grave que ya no se esconde esa confrontación, pero aún se estaría a tiempo de reconducir la situación si el verdadero socialismo levanta la voz de forma más decidida y con más acompañamiento detrás –que lo tienen-. Del resto de la familia no me atrevo a vaticinar una futura conducta, pero de Pedro Sánchez sí que estoy convencido de que no se puede ser socialista y cometer tales atropellos. De lo que suceda de ahora en adelante sólo podrá salvarnos una enérgica y rápida respuesta desde su partido. Desde luego, a pesar de Tezanos, el porvenir del PSOE es muy negro, pero el de España también puede verse salpicado.