Miércoles, 20 de febrero de 2019

Carta a un ascensor

Estimado ascensor:

Son ya varios años de compartir pared con pared. Eras silencioso y respetuoso. No puedo negar que te había tomado cariño. No creas que era por mero interés, por vivir en un octavo. Con el corazón en la mano, me parecía que llegar al sótano era toda una valentía que merecía reconocimiento. Tu hermano gemelo nunca se atrevió a tanto.

Pero has sido muy injusto conmigo. Ya desde el primer día, no el día en que vinimos a vivir a tu lado, sino el primer día de tu renovada existencia, en que supuestamente te habían puesto en forma, te habían dado más espacio vital y te habían construido una flamante nueva salida a la altura del garaje. Sí, en ese día que debía ser festivo y de grato recuerdo, a primera hora de la mañana tuviste a bien cerrar tus puertas conmigo dentro sin avanzar un solo centímetro, cuando yo tenía a toda una troupe de colegas esperando a la puerta del edificio. Debió darte mucho cargo de conciencia porque tardaste varios días en reponerte. Días en los que -por mi bien, lo sé-, me hiciste subir los ochos pisos las veces que hizo falta. Ahí contaste con la complicidad -vamos a empezar a hablar claro- de tu compañero de fatigas que se puso en huelga por solidaridad.

Otro día, al llegar de viaje a altas horas de la madrugada, me debiste reconocer a pesar de las legañas, y hiciste un mero ademán de querer pero no poder. Te elevaste una cuarta como para justificar tu intento, y ya: “Ahí os las den todas”. Después de un viaje largo lo que menos necesitábamos era quedarnos media hora en lo que aún entonces era un cubículo amable. Por eso nos lo tomamos a chiste. Las niñas pequeñas estaban con cara de susto y hubo que improvisar alguna gracia, para hacer pasar el tiempo con cierta ligereza. Hasta tu disimulaste alguna risa, o eso me pareció entreoír, por lo menos cuando ya el técnico tenía entre manos tus siniestras interioridades.

Sí, siniestras porque has demostrado tu hipocresía. Al poco quisiste de nuevo jugar aviesamente con una hija mía y sus amigas y las dejaste un eterno rato encajonadas y muertas de susto, al pensar en esa desgraciada pareja de Madrid, que hacía poco había sufrido el odio de los de tu calaña. Muestras tu cara amable, con una luz agradable, con un espejo que nos engaña haciéndonos creer que tienes el doble de espacio de lo que abarcas, y cuando nos confiamos, ¡zas! otra vez atrapados para otra nueva reflexión sobre el valor real de la libertad ambulatoria. Estoy empezando a pensar en que necesitamos un abogado penalista, para defender nuestros argumentos constitucionales, ante el severo tribunal de tu malograda conciencia.

Y encima te ha dado por malmeter. Nosotros, con mucho cuidado, como si fuéramos reclutas formados para numerarse, proclamamos el peso de cada cual para hacer la suma y ver que no llegábamos ni de broma al límite que apuntan tus avisos. Y aún así, ya a punto de llegar a la meta, sacaste tu mala leche y de nuevo nos privaste de llegar a destino.  Esta vez te he pillado la mala intención, porque precisamente de eso estábamos hablando: de las veces que nos habías engañado y de nuestra buena fe, porque te seguíamos siendo fieles. Quizás algún adjetivo te disgustó, y te negaste a continuar. La señora que contestó a la alarma no se enteraba de nada, seguro porque tu le mandabas interferencias dolosas.

A la tercera o cuarta vez que llamamos, por fin nos dimos cuenta de que el rescate estaba en marcha, pero no contábamos con que te iba a salir un poderoso aliado. El técnico que nos sacó -con cara de estar pensando: “almas de cántaro”- venía sin prisa y con ganas de regatearnos la queja. De modo que nos hizo volver a alinearnos y a comprobar la suma de las masas para calibrar la fuerza de la gravedad. Por ahí vio que el argumento no avanzaba y se sacó otros cuantos, en una defensa digna de mucho mejores causas. Al final le medio convencimos y nos anunció un repaso general. “No digo cuándo”, añadió, con lo que ahí ya vino a declarar su apoyo incondicional a tu vergonzosa conducta.

De momento no te voy a hacer ningún caso. Me voy a ir con tu compañero, para que sientas el látigo de mi indiferencia. Y no intentes contarle patrañas a él para ponerlo en mi contra, que entonces ya me tendría que poner serio y aferrarme a mi delicado orgullo para subir con ciertas garantías a la octava altura utilizando otra vez esa inacabable escalera.

Tuyo afectísimo -hasta cierto punto-.

El afectado.