Sábado, 25 de mayo de 2019

Peligra la capacidad auditiva de los salmantinos

No peligra la salud auditiva de los salmantinos por el falso rumor extendido de que las voces de la  manifestación del domingo en la madrileña plaza de Colón llegaron a Salamanca, no, sino por agresiones auditivas cotidianas que cualquier habitante de la ciudad del Tormes sufre en su vida corriente.

Todo comienza cuando después de desayunar coge el autobús que le acerque al centro, al espacio donde están las tiendas y el mercado, donde desea hacer las compras. Ya en el autobús, de buena mañana, puede subirse a un autobús urbano y pensar que se ha equivocado: “me he metido en una discoteca”, piensa. Pero no, comprueba que es un autobús en el que el conductor es un apasionado del rock duro o del heavy metal.

Al salir del autobús se le ocurre tomar un café, antes de iniciar las compras; se mete en el primer bar que encuentra: unos cuantos altavoces a la máxima potencia le perforan los oídos y le llegan al estómago; dos televisiones encendidas y tres parroquianos hablando por el móvil, más el sonido monstruoso de las fauces de la máquina de café, le atontan hasta hacerle olvidar dónde y para qué había entrado a ese bar.

Menos mal que los puestos del mercado aún no tienen música “ambiental”, pero en la tienda en la que a continuación entró a comprarse unos calcetines, los últimos discos de moda salían impetuosos de unos altavoces, estratégicamente semiocultos: le fue muy difícil concentrarse en qué calcetines quería, mientras oía las voces cantando rabiosas un asunto de desamor.

Al salir de la tienda y cruzar la calle para poder tomar otro autobús que le llevara al gimnasio, sus oídos zumbaron como respuesta al claxon de tres o cuatro conductores que no podían soportar que el coche que les precedía hubiera tardado siete segundos en arrancar cuando el semáforo se abrió:¡siete segundos! ¡una hecatombe de vida perdida para dos oficinistas y un vendedor de melones que llegaba tarde a su negocio!

Por fin llegó al gimnasio. “Voy primero a nadar un poco a la piscina”, pensó nuestro héroe. Dicho y hecho. Guardó todas las compras en el vestuario, se puso el bañador y entró en el recinto de la piscina semipública: otro tsunami de música enlatada y de voces mañaneras gritando, contándose los pormenores de su dolor de vesícula y de las caricias del perro le inundaron y le produjeron un estado de shock. Su incipiente mareo se aminoró con la sonrisa de la socorrista que le ayudó a llegar a la piscina.

Por la tarde, como tenía el día libre, decidió ir andando al cine a ver una película que el vecino le había recomendado. Hasta llegar a la sala tuvo la impresión de cruzar una selva llena de bestias feroces: eran las voces de las radios de los coches que, con las ventanillas bajadas convertían las calles en grandes discotecas con ritmos de tambores zulúes despiadados. Dentro del cine, ya en su butaca, comprobó que se había equivocado: se había metido en una sala diseñada para “duros de oído”: el sonido estereofónico funcionaba a la perfección.

Pero a la noche, en la cena, cuando su mujer le preguntó qué le pasaba, por qué estaba tan pálido, no pudo responder: no la había oído.