Miércoles, 20 de febrero de 2019

En buenas manos anda el juego

En aquel momento, hace millones de años, cuando un individuo en algún lugar de África, después años de torpes ensayos, se irguió, ¡”homo erectus”!, sobre sus patas traseras y le quedaron libres las manos, comenzó otra historia. Y las manos anduvieron metidas en todo en una lista interminable, mano a mano, de mano en mano, entre manos, de la mano, a la mano, dar la mano, dar mano, echar la mano, echar unas manos, manos largas, manos limpias, manos blancas, manos unidas… Y ahí venía yo, a lo de manos unidas.

Mi historia con estas manos comenzó hace 55 años porque desde entonces traigo entre manos la ocupación y la preocupación que traen y llevan muchas manos unidas, quiero decir que trae y lleva Manos Unidas: los pueblos pobres del sur, con su hambre y su deuda, su sufrido comercio injusto y sus materias primas embargadas, su sanidad sin llegar y sus vacunas imposibles, su gobierno supercorrupto y su pasividad ante el blanco del norte, su conformismo y su resignación a prueba de casi todo… Pesada letanía que como mantra repetido años y años de mano en mano sirve de freno a cualquier proyecto integral.

Sin olvidar, ni mucho menos, a los padres de esa criatura dramática que se llama Hambre y que soporta dos adjetivos siniestros, Injusticia y Muerte; mal nombre y peores apellidos que en buena parte (¡en muy mala parte!, habría que decir) le fueron dados por el Norte rico y prepotente, del que han nacido y siguen naciendo muchos de los males del Sur subdesarrollado, desde un comercio injusto o el inútil paternalismo hasta el control de las materias primas o la pesada deuda externa alegremente provocada, pasando por el comercio de armas o las guerras internas empujadas desde fuera... La lista es tan vieja como conocida y, aunque harían falta precisiones y hasta rebajas, no deja de ser soberbia e impía. Y soberbio e impío sería mirar para otro lado y esconder la mano.

En medio de esta quiebra caben muchas cosas, desde la traición del que se aprovecha y se lucra hasta el que desvergonzadamente come y bebe sin pensar en nada más que en sí mismo, que de todo hay. Y está el que no se fía de los otros, de los que van utilizar su ayuda y por eso se la queda. ¡Caradura y desalmado se llama ése!

Incluso he descubierto que ese futuro de dignidad, que llegará sin duda un día, no viene de ningún arriba ni de ninguna mano poderosa, sino que vendrá por la acción mantenida de muchas manos. Yo no lo veré, ni creo que llegue a verlo ninguno de los ahora vivos, pero quiero estar ahí, en el camino, aunque sólo sea con presencia, ayuno, oración, solidaridad y manos para cualquier intervención. Yo, aunque sea muy poco y con muy poco, quiero empujar esta historia… No puedo menos.

Por eso estas sensaciones, esta pasión, esta utopía yo no las dejo ni loco, ni muerto siquiera. Yo sigo.