Neocolonialismo.

El día después de los atentados del World Trade Center (11 de septiembre de 2001) George W. Bush aseguraba que Saddam Hussein estaba directamente implicado. La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, lo desmiente. Se busca otra excusa. James Woolsey, quien luego dirigiera la CIA, habla sobre un "matrimonio muy exitoso entre Saddam Hussein y Bin Laden” (¡El Eje del Mal ¡) No obstante, tales argumentos no justifican, por si solos, una intervención militar. Así pues, en 2002, el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney afirma que Saddam: "está desarrollando armas de destrucción masiva". Frente al Consejo de Seguridad de la ONU, Hans Blix y Mohamed ElBaradei, a la cabeza de los inspectores de la ONU, señalan que no han encontrado prueba alguna. Sin embargo, el 5 de febrero de 2003, Colin Powel, director del Departamento de Defensa, asegura estar en posesión de “evidencias” concluyentes. El 20 de marzo de 2003, el ejército estadounidense interviene en Irak. La OTAN apoya. En el trascurso de la intervención no se encuentra el menor rastro de armas químicas o bacteriológicas. Rápidamente, se invoca: “el sagrado derecho de derrocar a un tirano y llevar la democracia al sufrido pueblo iraquí”. Las consecuencias de tal tropelía hoy son bien conocidas. De los protagonistas, George Bush y Aznar nunca mostraron el menor sentimiento de culpa. Tony Blair, Durao Barroso y el mismísimo Colin Powel aseguran, golpeándose el pecho, haber sido engañados.  Murieron 150.000 civiles a causa de tal despiste.

Entretanto, la población española se divide. Unos apoyaban con entusiasmo la invasión y otros se oponían. Los primeros seguían fascinados los avatares de esa guerra televisada, los segundos horrorizados. Más tarde, se comprueba que los únicos que se lucraron de tal atrocidad fueron algunas compañías petroleras y algunas empresas norteamericanas de seguridad privadas.  Alan Greenspan, quien dirigió la Reserva Federal de 1987 a 2006, no ha dudado en corroborar lo que todos sospechábamos: “…una de las grandes apuestas de la guerra de Irak fue el petróleo”.

Pues bien, similares actores políticos vuelven a las andadas. Esta vez se trata de Venezuela. Una, entre otras muchas, nación gobernada por un presidente autoritario, si bien electo el 14 de abril de 2013 y reelegido de manera irregular el 21 de mayo de 2018.

Pocos meses después de acceder a la presidencia Donald Trump plantea la posibilidad de una intervención militar en ese país. En septiembre 2018 comienzan a aplicarse las primeras sanciones económicas. El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin las justifica así: “continuaremos sancionando a sus socios más leales, los que permiten a Maduro reforzar su control sobre los militares…. mientras el pueblo sufre” Prosigue: “Se suspenderán (las sanciones) a todos aquellos colaboradores del gobierno que tomen acciones concretas y significativas para restaurar el orden democrático, rehúsen tomar parte en abusos de los derechos humanos…. y combatan la corrupción en Venezuela".

Mark Feierstein, asesor (2009-2017) en el National Security Council del gobierno de Obama, artífice de las más amistosas relaciones con Cuba, se preguntaba: “¿por qué le preocupa a Trump los abusos de derechos humanos y la falta de democracia en Venezuela y no en otros países?" En tal pregunta ya se sugiere la respuesta: Venezuela es el país que cuenta con las mayores reservas mundiales de crudo.   

El Presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Juan Guaidó, hace unos días, fue investido como único presidente de la República venezolana. Lo decidió Trump, el emperador. Al mismo tiempo, amenaza a Maduro con Guantánamo y a sus seguidores con los marines. (Guantánomo=infierno)

Eligió el momento propicio. En América del Sur todos los grandes países están gobernados por rendidos admiradores: Bolsonaro en Brasil, Iván Duque, en Colombia, Mauricio Macri en Argentina y Sebastián Piñera en Chile. Su patio trasero está a buen recaudo. De la Unión Europea sólo esperaba el acostumbrado “sí pero no” ¡Bingo! Sea dicho de paso: el gobierno español fue el primer país dela UE en mandar al tirano un ultimátum. A su vez, su brillante ministro de exteriores anda hoy por Montevideo congraciándose con el grupo de países que buscan una solución negociada. (Un paso para adelante y otro para atrás, uno a la derecha y otro a la izquierda. Así se baila la yenka).

¡Esperemos que al señor Trump no se le ocurra llevar la democracia a China!