Lunes, 19 de agosto de 2019

Venezuela y yo

Llegábamos en coche hasta el paraíso. Éramos muy pequeños y nuestros padres nos llevaban, desde Cúcuta (Colombia) hasta San Antonio del Táchira (Venezuela), para pasar la tarde. Aquellos eran los tiempos en los que mi país daba miedo y buceábamos la oscuridad de una guerra en la que no se sabía quién contra qué. Colombia nos dolía por todas sus esquinas y era un gentilicio del que habíamos aprendido a avergonzarnos. Pero nosotros éramos niños y nuestros padres hacían lo imposible por amurallar nuestra infancia contra lo terrible que, como una inundación, se colaba por doquier. Los noticieros solían tener una cinta negra atravesada en la esquina de sus transmisiones y el narcotráfico invertía montañas de papel moneda en seguir aniquilándolo todo. Todo. Todo.

A veces, sin embargo, llegaban las vacaciones. Los adultos emprendían viajes riesgosos para llevarnos a otro sitio y allí estaba Venezuela, con sus anaqueles repletos de televisores de última generación. A nosotros, los niños, nos parecía mentira saber que estábamos en otro país, nos parecía de fábula sentir que, al menos por unas horas, podíamos olvidar que vivíamos en un lugar difícil y correr hasta la hilera de los videojuegos (eran los tiempos de Atari). Venezuela era un país rico —los adultos decían boyante—, excesivo. Había coches enormes, por todas las avenidas, de los cuales nuestros padres afirmaban que eran inaccesibles. Lo mejor era volver a casa con unas cuantas Ovomaltinas (chocolate para untar envasado en tubos como de dentífrico) y la alegría de haber visto el esplendor con el que nuestros vecinos, separados por una línea imaginaria del terror que era Colombia, podían explayarse para acogernos.

Las cosas sabrosas y raras entraban a nuestro país por Venezuela. Los bombones Savoy, los tic-tac, las gomitas. Las meriendas de nuestros recreos eran mucho más dulces si llegaban de allí. Teníamos seis años y ya entendíamos de diferencias. De este lado estaba Colombia con sus noticieros escabrosos. De aquel lado, Venezuela y sus chocolates. Dos países gemelos en la música y el color que comparten Llano y Caribe y flor nacional (orquídea) y la arepa del desayuno. Dos países sin invierno, exuberantes en su prodigalidad, en los cuales bastaría con poner una semilla de mandarina en una grieta para amanecer con el árbol cargado de frutos.

Ahora, ellos están de este lado, sentados en las aceras con un cartoncito que pide ayuda, armados con ese letrero que dice soy venezolano. Mi piel, mi escalofrío, intenta enmascarar el nudo en la garganta, el desconcierto, el más allá del desconcierto. Basta escuchar dos minutos su historia: les dieron una tarjeta para hacer una fila, en un día asignado por número de documento —solo ese día—, para comprar arroz, pero el arroz también se acabó. La tarjeta no incluía medicinas. Diabéticos sin insulina, suplicantes. Aquel país de coches inaccesibles. Diabéticos sin acceso a su insulina, suplicantes. Una mujer le da el pecho a su niño de meses y su cartel pide ayuda soy venezolana. Dice que cruzó la frontera a pie junto a otros tantos, dice que está prohibido expresar que tienen hambre. Susurro apenas la pregunta ¿cómo puede estar…? Lo está, insiste, antes de que yo no le crea, porque parece mentira, pero no lo es.

Están de este lado pidiendo limosna, cientos de ellos, cientos. Algunos muchachos soy venezolano se pelean los coches en los semáforos para limpiar el parabrisas y cobrar una moneda por ese trabajo informal. Soy venezolano, dicen, y desfallecen otro poco. Parece mentira, insisto, con el escalofrío erizándome la piel. Dónde está Venezuela, me pregunto. Dónde está Venezuela, me pregunto.

Hoy, mientras escribo estas palabras, han llegado a Colombia camiones que dicen traer toneladas de alimentos para aliviar el hambre de los venezolanos. Pero un hombre, un solo hombre, tiene miedo de que sean caballos de Troya. Entonces ha cerrado las entradas, blindado los puentes / blindado / aquellos lugares por donde los niños que fuimos salíamos de la sombra enfilando el edén. Ese hombre ha ordenado no dejar entrar la leche y el atún al país que tampoco ha sembrado plátanos suficientes, por falta de insumos, en los últimos muchos años.

En el centro del caos hay un trapecista disimulando su caída mientras vocea que todo está bien, que no secundemos la conspiración, que no escuchemos a quienes piden limosna, que hay un teatro montado por alguien para hacerlos quedar mal, a él y a su idea pero sobre todo a él, que ya no es él sino una idea encarnada, obtusa, recalcitrante. Una idea se adueña de un cuerpo y lo convierte en su títere. Ese hombre, poseído por la idea, dejará de ver. Y olvidará que la vida va antes. Olvidará, de manera voluntaria, que la vida es más importante que un discurso. Y tendrá la osadía de dejarlos morir para demostrar —forzando de manera violenta la realidad— la prepotencia de su lógica. Mefistófeles es peligroso.

Bucaramanga, 8 de febrero de 2019