Jueves, 13 de agosto de 2020

Salamanca, 1937 (1)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Celebración de la toma de Santander en la plaza Mayor. Foto de la Biblioteca Digital Hipánica de la Biblioteca Nacional)

 

La lectura de un librito poco conocido me ha sugerido estos apuntes[1]. La verdad es que ya teníamos bastantes referencias de ese año 1937: ”Los siete días de Salamanca“, del falangista Alcázar de Velasco, se sitúan también en ese momento, así como parte de las memorias de Dionisio Ridruejo, Serrano Suñer, Laín y otros, sin olvidar “La leyenda del César visionario“ de Francisco Umbral, una novela muy bien contextualizada que mueve personajes –reales y ficticios– en una ciudad inventada que viene a ser la síntesis de Salamanca y Burgos, una especie de capital bicéfala de la España “nacional”.

Un año muy especial en la historia de Salamanca y de España. Tras su exaltación al caudillaje de los sublevados contra la II República, Franco traslada su residencia y Cuartel General de Cáceres a Salamanca, para ocupar un palacio episcopal gentilmente cedido por el obispo Pla y Deniel. Como dice Faÿ, algo exagerado, entonces Salamanca era “el centro del imperio español”. Yo añadiría, en perspectiva temporal, que comienza entonces lo que sin vacilar denomino el fascismo español que, mientras desarrolla la guerra en los frentes y el baño de sangre en la retaguardia –dos caras de una misma moneda–, va construyendo el Nuevo Estado del “cuarentañismo“ (por usar otra expresión feliz de Umbral).

Conviene presentar brevemente al autor: un intelectual de extrema derecha no muy distinto de los que entonces campaban por esta ciudad y otras próximas: los Tovar, Giménez Caballero, Eugenio Montes, Víctor de la Serna, Torrente Ballester e tutti quanti, que ponían su pluma como espada de cartón al servicio del régimen. Monárquico próximo a la Action Française, especialista en complots de la masonería (Benimeli recoge 18 obras suyas sobre el tema), colaboracionista, alto funcionario del régimen de Petain, fue condenado a cadena perpetua en la posguerra, luego reducida. Mientras, personajes de su calaña ocupaban altos cargos políticos y académicos en el franquismo y se laureaban mutuamente, incluso en la Universidad de Salamanca, con perdón, una vez que fue “desmochada” de sus profesores republicanos.

Faÿ llega a Salamanca tras pasar por San Sebastián y Burgos, que forman, junto con esta ciudad, según él, “la espina dorsal del territorio nacional“. Con cierta perspicacia percibe la sintonía vital entre estas ciudades, un mismo espíritu de cruzada, aunque hubiera debido añadir Valladolid para el caso. Pero también observa un ambiente especial en la ciudad del Tormes, que describe con una viveza y delectación más propia de pintor impresionista que de ideólogo rancio y ultra. Sentado en la plaza Mayor, quizá tomando un vino blanco y retorciéndose el bigote, registra el variopinto ir y venir de civiles y militares: “la multitud llena los soportales,  -dice- no hay sitio libre en las mesas de los cafés” y entre la gente distingue al “paisano del campo salmantino, tocado con su gran boina oscura”, al “marroquí de permiso, con su caftán blanco y su fez verde”, a “la mujer del campo de Ávila, vestida de negro”, al “aviador alemán, de caqui”, al “oficial fascista, con uniforme negro”, al “requeté con su boina roja”, a la “guardia cívica… con su extraño quepis de cuero”, al “soldado de la Legión con su gorra de fondo rojo” y, en fin, a “la Guardia mora de Franco, toda de blanco”…  

Pero, más allá de este escenario –la plaza Mayor– y de estos personajes, que parecen salir de una comedia costumbrista, hay otra realidad más lúgubre, de la que dan testimonio otros espectadores.

 

[1] Bernard FAŸ (1937), Les forces de l’Espagne. Voyage à Salamanca, París, S.C.I.E.