Viernes, 4 de diciembre de 2020

¿Vuelve  ‘El casto’?

Cada vez que el tiempo pasa se lleva una flor. Yo eso lo supe desde muy pronto pero al volver a Salamanca el otro día me di cuenta de que se me olvidan las cosas. Después de tres horas y cuarto en tren  para recorrer los 200 kilómetros que separan Madrid con mi ciudad, no lo advertí porque en la estación me esperaba una amiga, así que de su coche al hotel, y del hotel a la reunión imprescindible para una intendencia sentimental con varios salmantinos de leche y de adopción, unidos por una causa común.

Y fue en el camino hacia ellos cuando me di cuenta: se me había olvidado ponerme la camisa y hacía un viento que le vendría muy bien al poeta extremeño-manchego Félix Grande para vender su pomada contra los sabañones, que así se ganó la vida al principio en Madrid. Yo no me fiaría mucho de un viejo salmantino  al que se le olvida ponerse la camisa para un viaje a Salamanca en Enero.

Todavía me quedan reflejos y demos gracias a los chinos que te solucionan casi todo. Entré en una tienda de chinos para comprarme otra camiseta, pero no una cualquiera. Una gorda de felpa, como los tiempos de las señoras de bata de guata, papeles pintados en casa, y catalítica de butano para calentarse. Como el chino no me entendía, fui más explícito: una camiseta contra periodistas. Y en cuanto dije periodista, el chino tradujo peligro y me vendió una camiseta como un chaleco anti balas.

Y es que por Charo García Diego acababa de enterarme de que quieren extirpar de la Plaza Mayor la Feria del Libro. Por lo visto una periodista dice que los libros le quitan el sitio a las milhojas para guiris. Hay que ver adónde llega nuestro estrabismo. Hombre, el de la periodista hasta un grado Fahrenheit no, pero aboga por llevarse los libros más lejos, que los libros -eso ya se sabe- estorban mucho. Que se le vaya quitando de la cabeza el Teso de la Feria más allá de la flor del Zurguen como sitio para los libros, porque ese espacio de compromiso entre ganaderos que se daban la mano para cerrar tratos y luego comer en el Villa Rosa (donde iban también los novios que no se besaban) ya no existe. La periodista todavía no ha llegado seguramente a la edad en que uno se da cuenta de que la vida es ir dejándose cosas y gente por el camino.

Y tampoco sabrá lo de Ulpiano González Medina, aquel gobernador que tuvimos a principio de los 70 a quien apodaban “El Casto” porque ponía multas por besarse en la calle. Pues fue por esos años cuando Ulpiano se hizo famoso más allá de su feudo salmantino.

En un homenaje a Fray Luis de León al que acudieron casi todos los mejores poetas del momento, se arrogó el derecho a cerrar el acto con un ataque furibundo ¡a Unamuno! Gerardo Diego, que me acogió en su refugio nada más llegar yo a Madrid con 21 años, montó en cólera. La cólera de Gerardo resultaba fácil de adivinar, porque aquel profesor de bachillerato era un buda cargado de aparente paciencia. Tanta paciencia tenía Gerardo que, siendo ya amigo de Borges, el argentino llegó un día a Madrid. Todavía no estaba ciego del todo, pero le gustaba parecerlo. Como soñó siempre con haber sido inglés. Gerardo se acercó a Borges y le saludó: maestro, soy Gerardo. Y el argentino que siempre quiso ser inglés, preguntó: ¿Quién? Diego, que soy Diego- dijo el de Santander. Y ahí fue donde salió el peor Borges. Sin soltarse del brazo de María, espetó: ¡En qué quedamos, es usted Gerardo o es Diego!

Pues no hubo ira en el poeta español. Sí la hubo ante la desfachatez del gobernador Ulpiano. Se le hincharon las arterias del cuello (era una señal, porque le pasaba lo mismo con cosas súbitas o leves, como que un camarero le sirviese el café abrasando) y Juan Pérez Creus se le adelantó para poner tranquilidad con el célebre epigrama “Se dice antiunamuniano/ que es tanto como negar ser hombre/ que le vayan dando a Ulpiano/ por donde acaba su nombre”. Y no se hizo la paz imposible, pero apareció la tranquilidad. Y al volver, el nombre de Salamanca que los poetas se llevaron a sus tierras, ya no fue el mismo por culpita de un gobernador con vocación de gobernador.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde entonces, lo mismo que ese viento que escribió el fecundo Enrique Llovet en la canción que yo cito en la primera línea de hoy. La canción nació en 1945, demasiado lejos para volver igual  en 2019, creo yo. El mismo viento que separa a Nani Fernández de Carmen París, las dos mujeres que cantaron ese “Yo te diré” que la mayoría asegura es una habanera y otros dicen que es un bolero.

Yo creo que los libros tienen su sitio en el corazón de la ciudad, en el corazón de la gente, en el corazón niño de una sociedad a la que no se puede prohibir un libro a la vista, sino sembrarla de incitaciones hacia los libros.

Para vender más milhojas hay otro camino: el que nos lleva y nos trae a Madrid sin tener que soportar una infraestructura ferroviaria obsoleta que nos hace recordar a las duquesitas del Tempranillo en Cifesa pasando Sierra Morena.

Una Salamanca llena de milhojas y libros al alcance de un tren que no nos  haga recordar al chachachá de la Orquesta Topolino. Y donde no haya más Ulpianos o Ulpianas que te peguen sustos de papel. Con un buen enlace ferroviario (¿por qué suprimen servicios el  fin de semana?), más rápido y  asequible económicamente, Salamanca podría ser la capital cultural de la Meseta. Con libros en la Plaza Mayor, por supuesto.

Porque la cultura es rentable y los libros son habladores físicos de esa cultura. Los libros no afean nunca los paisajes, ni estorban.  Como tampoco entorpece la gente.  A mí no me molestaba la lujuria de los muslos hermosos de las mujeres casadas con los profesores de gimnasia, tomando el sol en la terraza del Novelty. Será porque yo tengo mucho más del Arcipreste de Hita que de Fray Luis de León.

He llegado a la edad errabunda en que creo que no volveré a mi casa de Siena -donde la vida se paró hace siglos- para cerrar los ojos por última vez. Ya no me hablan los sueños entre sí. Pero recuerdo que nací en un pueblo (se me escapan los pueblos, como si me los cambiase alguien de sitio) donde podían haber seguido conviviendo las tres culturas. Teníamos un castillo cristiano en ruinas, una sinagoga en ruinas, una alhóndiga que se parece a sí  misma. Esas tres expresiones cultivadas y puestas en pie habrían hecho del pueblo un lugar único para el testimonio de lo que fue. Y de lo que pudo haber sido.

No entiendo por qué no se mira más lejos para aprender que la cultura -piedras y libros- nos nutre personalmente para acercarnos a la felicidad, pero también, a falta de mar y chanquetes, nos da de comer. Una eternidad de pan suspendida en el tiempo, donde los libros salgan de las librerías como bajaban del sobrao en mi casa del primer llanto, y nos estallen de luz. Eso es.