Sábado, 25 de mayo de 2019
Las Arribes al día

Regalo de Reyes en Ambasaguas

Cazar la ‘reina de la menor’ siempre es un reto, pero en Las Arribes del Duero es casi una aventura que no siempre acaba bien

Argo tomando un poco de aliento sobre uno de los bancales de Ambasaguas

Era la mañana del día de Reyes, escarcha en la umbría y con un cielo azul coronado por los tibios rayos del sol de enero en Ambasaguas, donde el Tormes se entrega al rey de Las Arribes, terrenos de ladera con la tierra sujeta en bancales y que un día estuvieron labrados hasta la orilla de los ríos. Viñas, garbanzos y hasta patatas crecieron aquí, cuando el hambre apretaba y el contrabando era una forma más fácil de alimentar a la familia, antes de que las presas dejaran enmudecido al Duero.

El aroma a tomillo hinchaba mis pulmones mientras Argo daba sus primeras carreras en Las Cuestas y al mismo tiempo yo decidía qué dirección tomar después de comprobar el sentido del viento. La escasa brisa que de cuando en cuando se podía apreciar procedía del Oeste, de Portugal aquí en La Raya. Era un día apacible, de los que gusta salir al campo porque a poco que te muevas sobra la manga larga, el cielo azul contrasta con el verdor que desprende la tierra después de las lluvias de otoño.

De nuevo me colocaba la canana con cartuchos Remington de 34 gms, de 6ª y 7ª, también alguna bala me acompaña porque en cualquier momento te puedes cruzar con un jabalí, y aunque no me han hecho nada, tal vez sea el mayor depredador que tienen las perdices en Las Arribes, como tampoco está nada mal un guisado de su carne. Pero, sinceramente, prefiero cazar perdices con mi bretón, aunque esté sordo como una tapia y en su jadeo parezca que se le van a salir los pulmones, algo parecido a lo que le pasa a su dueño cuando tiene que echar una carrera, pues ni los años ni, sobre todo, los kilos se llevan de balde.

Salí de Las Cuestas bordeando por la izquierda  hasta situarme un poco por encima de media ladera en el Teso de la Bandera, paraje cuyas orillas bañan las aguas de sendos ríos y obliga al Duero a retorcerse antes de tomar un respiro en El Piélago y enfilarse derecho al Teso de Pereña, donde descansa la Virgen del Castillo. En este lugar se puede apreciar que la temperatura es más elevada de lo habitual, y si tienes el sol encima y apenas sopla el viento, a los diez minutos el sudor comenzaba a empapar mi camiseta, única prenda que llevaba puesta.

Argo se movía bien, arriba y abajo, parecía como que no hacía mucho que las perdices habían ‘apeonado’ por allí, a poco más de 500 metros del coche y donde hacía un mes había observado varias deyecciones, lo que es señal inequívoca de que el bando utiliza esta zona para dormir. Pero mi atención entonces estaba puesta en Argo, pues cuando detecta las emanaciones de las perdices su ritmo y estilo de búsqueda es mucho más intenso; es más, se produce un mayor desplazamiento en sus movimientos, sinónimo de la pasión por la caza que corre por sus venas, sangre de Keranlouan. Y eso se nota. Lástima que tenga ya 12 años.

Durante varios minutos pensé que vería o sentiría volar alguna perdiz, pero no fue así. Argo bajó el ritmo y acortó su recorrido para situarse más cerca de mis pasos. Caminaba entre bancales y buscaba las zonas más querenciosas que frecuentan las perdices, zonas de escobas y piornos que les dan protección frente a los depredadores, especialmente del águila perdicera, además de otras rapaces que frecuentan el Parque Natural Arribes del Duero.

Caminé durante más de una hora hasta llegar al encuentro de los dos ríos, un centenar de metros por encima de la caseta de los carabineros, edificio en ruinas desde donde se realizaba vigilancia para evitar el contrabando de mercancías y animales, pues en este punto también existió una barcaza con este fin y por cuyo paso la Corona de Castilla estableció precio. Reminiscencias de ese pasado nos deja una vez más la toponimia con El Picón del Barco, saliente granítico que se introduce en el Duero en este punto y que podría ser utilizado como muelle de atraque para la carga y descarga  de mercancías y animales entre los vecinos de Villarino y Peredo de Bemposta, pueblo portugués del otro lado.

El lance

Llegar a ese punto no resultó fácil, pues en la umbría del Teso la vegetación es mucho más densa, escobas, zarzas, encinas y enebros buscan la luz y el follaje resulta casi inexpugnable, solo apto para el paso de los jabalíes, así que otra vez me acordé de aquello de Churchill de “sangre, sudor y lágrimas”. Llegado a la cuerda del Teso, giré por el sendero que me llevaba de regreso a Las Cuestas, único paso en esta zona del Tormes, pues la inclinación de la ladera, los picones y la abundante vegetación no dejan hoy otra posibilidad. Todos los indicios apuntaban a que en dos horas de caminata no vería volar una perdiz. Pero no fue así.

Argo se descolgó del camino y comenzó a buscar ladera abajo, recobraba su alegría en la búsqueda, lo que me advertía de nuevo de que las perdices no andaban lejos, así que me mantuve atento desde el sendero, pues la maleza me impedía ver al bretón de forma permanente, aparecía y desparecía hasta que muy por delante de él se le arrancaron dos perdices en dirección a la casita de los carabineros. La distancia a la que las vi no invitaba a subir la Franchi a la cara, así que decidí buscarlas a la vuelta de la ladera, algo complicado al desconocer el lugar exacto donde se posaron.

La torre

Caminé ligero y Argo se anticipó a mis movimientos, comenzó a buscar por la zona donde previsiblemente podían estar. Así que llegué al lugar en el que el campo enmudeció. Dejé de escuchar el jadeo de su respiración y mi corazón comenzó a palpitar más deprisa, el desenlace era inminente, es algo difícil de explicar, pero se presiente cuando estas allí, el silencio es eterno, tus sentidos se agudizan y te invade la sensación de que estás en el único lugar que existe en el mundo. Pierdes la noción de todo excepto de lo que tienen tus ojos delante, incluso presientes cómo tu perro permanece inmóvil, en muestra detrás de las escobas. Son segundos eternos hasta que escuchas el brbrbrbr.

Se arrancó larga y rasante para confundirse con el paisaje. Se había levantado una de las dos perdices que había visto volar, aunque tampoco podía descartar que hubiera más, pues el terreno dificultaba aquí la visión. Aun así decidí encarar la repetidora y le dejé el primer tiro de 7ª por detrás, por lo que decidí adelantar el tiro unos 10 metros debido a la distancia y a la velocidad que ya había cogido. El segundo disparo era de 6ª, un perdigón un poco más grueso para una mayor efectividad en distancias más largas. Tras tirar del gatillo y cuando ya me disponía a bajar la Franchi, observé cómo la perdiz iniciaba un ascenso vertical formando un ángulo de 90º respecto a la dirección del vuelo que llevaba. Pero a media caída recobraba el sentido y comenzaba a agitar al menos un ala, lo que evitó el picado completo para caer tras unas encinas que ocultaban mi visión y me impedían ver con exactitud el lugar donde caía. Esta no era la primera perdiz que me había hecho ‘La torre’.

Quise llegar más deprisa de lo aconsejable para que Argo cogiera su rastro si la perdiz salía a peón, así que comencé a saltar paredón tras paredón en esta zona de bancales, hasta que uno, más alto de lo que lo pensaba, me hacía perder el equilibrio, ya de por sí comprometido tras haber perdido el oído interno izquierdo hace un año. Al querer dar un paso más para no caer al suelo mi pierna izquierda acusó falta de fuerzas y caí para rodar hasta el bancal de más abajo. La fortuna se alió conmigo, no así con la Franchi, que después de 37 años conmigo se partía en dos por la culata tras quedar bajo mi cuerpo.

Por segundos permanecí aturdido, con algún pequeño dolor en una pierna, aunque comprobé enseguida que no era nada grave. Lo grave estaba aún en el suelo, así que recogí las piezas que vi, un pequeño pistón y un muelle y con la culata las metí en la mochila. En cuanto tomé aliento me dirigí al lugar donde supuestamente había caído la perdiz. La caída me había hecho perder el lugar de referencia, busqué y Argo la buscó como pocas veces, por arriba, por abajo, derecha, izquierda…, pero nada, no hubo forma.

Dolorido, pero sobre todo desconsolado, tomé de nuevo el sendero camino al coche, y es que no hay nada más frustrante para un cazador que no cobrar la pieza que ha abatido. La jornada del día de Reyes había acabado y quién sabe si la temporada. Buena caza.