Socialismo del Antiguo Testamento  

Salvo tristes excepciones, los partidos son credos políticos que suelen evolucionar al compás de la sociedad, en aras de buscar los mejores resultados electorales. Después del congreso de Suresnes, el PSOE todavía conservaba algún componente radical demasiado ideologizado. Seguían manteniendo  un marcado acento marxista partidario de que la clase obrera llegara a la conquista del poder político y económico para transformar una sociedad capitalista en socialista. Apoyado por los exiliados y las facciones vasca y asturiana, Felipe González se hizo con la dirección del partido, que fue definido como  “PSOE renovado”. El socialismo español había pasado a manos de jóvenes, muchos de ellos nacidos después de la guerra, conocedores de la verdadera realidad de la España interior. Pronto se dieron cuenta de que, por el camino emprendido –XXVII Congreso-, ofrecían un discurso tan radical, o más, que el Partido Comunista. En medio de lo que más de un “pata negra” consideraba como anatema, en el Congreso Extraordinario de septiembre de 1979, Felipe González  proclama que el PSOE deja de ser un partido “marxista, democrático y de clase”, pasando a ser “democrático y con estructura federal”. Este congreso alumbró un grupo de socialistas que gobernó España durante catorce años, en medio de luces y sombras, pero que consiguió un  avance, tanto en el aspecto democrático como el estructural.

La llegada de la Transición contempló la aparición de esa nueva forma de entender el socialismo –lo que ha dado en llamarse Socialismo del Antiguo Testamento- que, de la noche a la mañana, se vio en la Moncloa por la descomposición interna de la UCD, por el continuo y cruel azote de ETA y por el negro episodio del 23-F.

En el apartado de las sombras de aquel incipiente PSOE renovado, no podemos olvidar asuntos tan serios como el GAL, de la corrupción surgida ya desde los inicios – conviene recordar que Felipe González invitó a su toma de posesión a Pablo Escobar, fundador del Cártel de Medellín-,  de la consecuencia de no querer ver asuntos tan descarados como los de Rumasa, Galerías Preciados, Filesa y, lo más fuerte, del asalto a los fondos ERE.

En el aspecto positivo, es de ley reconocer que aquel equipo de socialistas recibió los primeros gestos de apoyo exterior a España. Bajo su mandato nos incorporamos definitivamente a la Unión Europea y a la OTAN, se mantuvo una política exterior en consonancia con nuestra posición histórica y geoestratégica, se  dieron los primeros pasos en la mejora de nuestras infraestructuras y, salvo excepciones inevitables, Felipe González supo acompañarse de algún independiente bien preparado. Pues bien, aquel socialismo también tuvo que dejar el gobierno – lo mismo que le ha sucedido al PP- porque ya comenzaba a rebosar el vaso de la corrupción, no porque careciera de actores preparados para desarrollar políticas congruentes. Figuras como Felipe González, Miguel Boyer, Gregorio Peces Barba, Javier y Luis Solana, Fernando Ledesma, Manuel Marín o Enrique Barón, entre otros,  tenían –o tienen aún-, la suficiente capacidad como para no desentonar en los círculos en que se desenvolvían. Eran los primeros cuadros de españoles que se integraban en el circuito democrático internacional después de cuarenta años de aislamiento. Y pasaron la prueba con suficiencia.

La corrupción, pero también la economía y el paro, apearon del poder a ese PSOE y volvió a escena la derecha. Por ser España una nación de manifestaciones pendulares, esa misma condición, y el dramático episodio del 11-M de 2004, volvieron a instalar el socialismo en la Moncloa. Zapatero se presentaba como cabeza de lista de un PSOE con nulas posibilidades de obtener un resultado positivo, y se acostó el día 14 como presidente del Gobierno. Tras el atentado de los trenes, la mano encubierta de Rubalcaba se bastó para, en dos días, dar la vuelta a todos los pronósticos. De la sorpresa de aquella victoria, Zapatero no supo recuperarse nunca. El nuevo “mesías” del socialismo dio suficientes muestras, tanto dentro como fuera de España, de lo grande que le venía el cargo. Llegó sin un programa preparado, pero con un claro sentimiento revanchista, decidido a destapar heridas cicatrizadas.  Tan obsesionado con nuevas recetas progresistas, que antepuso esa obsesión a su obligación de colocar en los puestos de responsabilidad a las personas más idóneas. En una palabra, fue un inútil, desdeñado por todos, por cuyos caprichos tuvimos que pagar un precio demasiado alto. Para que la adversidad sea mayor, después de abandonar el cargo, más de un irresponsable ha seguido asignándole misiones de las que no hemos recibido más que descrédito.

De nuevo, el batacazo económico y el récord en el desempleo borraron a Zapatero de la escena política y llevaron a Rajoy a la Moncloa. Efectivamente. La consabida ley del péndulo, junto a la decisión de otro “mesías” de aliarse con lo peor de cada casa, hacen que, tras la oportuna moción de censura, tengamos a un Pedro Sánchez, con 84 diputados, de rabiosa actualidad.

Ni que decir tiene que estos dos últimos representantes del socialismo español, cada uno en su momento, han conseguido llevar al PSOE a niveles de incompetencia nunca conocidos. Entre aquel socialismo del Antiguo Testamento y este del “nuevo”, los socialistas “de siempre” y todos los españoles que nos sentimos partidarios de la Constitución y la democracia, abogamos claramente por el primero. El empeño en volver a posiciones abandonadas y la obsesión por sacarse de la manga postulados y conceptos en los que nunca había caído el verdadero socialismo, se han hecho a base de pasar por encima de sentimientos y normas que han sorprendido a propios y extraños. Ir claramente contra la Constitución y valerse de quienes no creen en ella para perpetuarse en el cargo, ha chocado frontalmente con lo conseguido por sus anteriores compañeros de partido.

La monomanía de Pedro Sánchez de utilizar el diálogo como remedio para reconducir conductas claramente delictivas, ha tenido el doble efecto de, por un lado, oponerse a los más elementales postulados de la democracia y de la lógica; y, por otro, dar alas a nacionalistas recalcitrantes y a manifiestos independentistas que han comprobado cómo sale gratis cualquier conducta secesionista, Cuando comience el juicio por los acontecimientos del 1-O, podremos calibrar los efectos de esa publicidad que han conseguido vender en el extranjero sobre un país en el que, para ellos,  no se respetan los derechos de algunos ciudadanos. Podemos llevarnos alguna sorpresa cuando veamos que grupos de poder aprovechan la ocasión para subirse al carro de debilitar todo lo que se pueda al bloque adversario. Ojalá me equivoque.