Jueves, 12 de diciembre de 2019

Nuestros locos bajitos

Escucharla reír. Hoy hemos descubierto una estrella de color rojo en la mitad de la alfombra que es la piscina en la que estamos nadando. Me la ha entregado, con sumo cuidado, después de rescatarla en el cuenco de sus manos de dos años de tamaño, diciéndome que por favor no vaya a despertarla porque se quedó dormida. ¿La estrella está dormida?, le pregunto, y me dice que sí, que quiso bajar para visitarnos pero que ahora está cansadita. Le pregunto, entonces, en susurros, qué podemos hacer con esta estrellita roja y ella me dice que la dejemos volar. Pero si está dormida, le contesto, y ella me dice, con toda propiedad, que en cuanto la estrellita tenga frío —recordemos que la hemos sacado del agua imaginaria de la alfombra azul en la que buceamos— va a empezar a volar para volver a su casa en el cielo.

Entonces le hago caso. Pongo nuestro lucero en una esquina y seguimos nadando y un minuto más tarde mi sobrina me dice que mire hacia allá. Como no veo nada, y ella se da cuenta, me dice que por allí va saltando la estrellita muy contenta porque tiene una fiesta en la luna para bailar con sus amigas. Ven tía, me dice, tú no la puedes ver porque eres muy alta, y me coge de la mano. Pero espera un momento, continúa, voy a ponerte un puente porque este río es muy profundo —seguimos pisando la misma alfombra azul— y hace una fila con sus zapatos para que caminemos encima de ellos «como si fueran las piedritas», dice, para cruzar. Ahora sí puedes pasar, pero por aquí, tía, no vayas a caerte, y como los pies se me salen de las piedritas que son sus zapatos me dice que si toco el suelo es porque no tengo poderes, pero que no me preocupe porque ella me los presta con su varita mágica y trae un cepillo y me lo pone sobre la rodilla y me dice que ya me ha prestado los poderes que tienen ella y sus amigos para poder caminar, con equilibrio, sobre las piedritas que son los zapatos que cruzan el río de la alfombra de nuestra habitación para llegar al otro lado.

Un rato después, rescatamos del fondo del agua una pelota invisible y, también, un triángulo que ninguna de las dos comprende cómo llegó hasta aquí, entonces lo ignoramos. Cuando le digo que allí van unos patos, me dice que los patos están en el otro juego y que tengo que estar muy juiciosa para no equivocar la fantasía en la que nos encontramos. Un poco más tarde me pide que le diga adiós a los patos que están pasando y cuando le recuerdo que los patos estaban en la otra historia, ella misma me contesta que los patos no van a la escuela pero sí van a la piscina de patos y que ahora están yendo a su clase para aprender a nadar. Así, me deja sumergida en mitad del desconcierto y me demuestra, por enésima vez y de manera irrefutable, la consumada inutilidad de mi lógica, mientras se gira para rescatar a un pececito con sus manos convertidas en ese cuenco poderoso de donde mi sobrina se saca las metáforas y los prodigios con los que nos puebla el mundo.

Cuando llegué a su casa me dijo, muy seria, que ella me prestaba su habitación para dormir, pero que, por favor, quisiera mucho a sus juguetes para que no se pusieran tristes si se daban cuenta de que ella, que es quien los cuida, no estaba allí. Una vez hecha la advertencia, me agarró de la mano y me dijo ven, tía, quiero encontrar para ti una cosa muy bonita, y volcó su caja de tesoros repleta de cosas pequeñas que no son lo que parecen: este plato es un avión, este carrito es una brújula y también un cepillito, este cepillito es un lápiz para apuntar, estos lápices de colores son un helado, de qué sabor quieres tu helado, tía, si le digo que de naranja me da el lápiz de color naranja, si le digo que de manzana me pregunta si prefiero la manzana roja o la manzana verde.

Hace media hora la he reñido con un no. Con un no de los míos: altisonante, adulto, antipático. La encontré sacando un enchufe de una toma de corriente y sentí pavor. Ella se puso rígida y apucheró su carita, pero luego me abrazó sin dejar de quererme por el regaño y supe, como nunca, que mi corazón está naciendo a algo distinto. Mi sobrina de dos años canta el puente de Aviñón y me coge de las manos para que hagamos una rueda y me pide que salte muy alto y que luego me siente, pero más rápido, tía, más rápido, y yo salto, y me siento muy rápido, y cuando estoy sentada me abraza y me pone sus manitas en el pelo y me da un beso sorpresa en la nariz y me dice te quiero mucho, tía Cata. Menos mal que sigue distraída organizando los sabores de los helados que son lápices de colores y me da tiempo, así, de evitar que vea esta riada de emoción que me rueda mejilla abajo porque no sabría ni cómo ni por dónde empezar a explicarme.

Orlando, 1 de febrero de 2019