Martes, 10 de diciembre de 2019

Centinelas del silencio

“Poco a poco, he descubierto que Dios nos conduce hacia la mayor felicidad. Pero, entonces, hay que abandonarse, abandonar las propias ideas y dejar a Dios trabajar en nosotros. Y para mí, eso ocurre en el silencio”

El hermano Roger

“La palabra entonces no es necesaria, pues que el sujeto se es presente a sí mismo y a quien lo percibe. Es el silencio diáfano donde se da la pura presencia”.

María Zambrano

El silencio hace del corazón un lugar de revelación, allí es donde se acuna nuestra palabra, es el lugar donde verdad y ser se encuentran. No es suficiente sentir el misterio desde el silencio, es necesario desvelarlo más allá de la contemplación. Siempre elogiando la convicción humilde, pero sabiendo que la racionalidad es un imperativo ineludible (Husserl), ya que todo el pensamiento que no se decapita acaba en la trascendencia (Adorno).

No es necesario desvelar que muchas veces el pensamiento se queda en el silencio, pero debe comprenderlo todo, incluso el misterio o el propio silencio. Es el momento de acudir a los místicos o a los poetas, allá donde la metafísica se transciende en mística (Bergson), el silencio se convierte en creación, recobra la mirada primitiva y original del corazón. Ahí está la senda abierta por los grandes maestros del silencio, los poetas originales, los místicos, que nos abren el camino de la paz y la belleza, donde la vida se siente tan rimada como acunada en una posada del silencio (J. F. Moratiel).

La espiritualidad en el ser humano no es algo accidental, forma parte de su realidad. Necesita buscar un sentido que solo encuentra en la apertura al misterio, en la hondura del silencio, necesario para su caminar a Ítaca, para desarrollar su identidad y hacerse un lugar en el cosmos. Para encontrar su esencia entre todos los seres del universo necesita la técnica del silencio (Scheler). No es necesaria la palabra, el silencio es el lugar donde se manifiesta el ser, es el que nos entrega el origen y su opuesto, la acción. (M. Zambrano). Sin amor y silencio no hay persona, el amor y el silencio son la persona.

Meditar es sentarse en el silencio, es observar los movimientos de la propia mente, para ponerse en el camino habitado. (Pablo d’Ors). Después de dar vueltas al ser y al misterio, es necesario volver al silencio. No es solamente eso que rodea a las palabras y subyace a las imágenes y a los acontecimientos. Es una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos y, que anida y habita como fundamento de toda realidad. Hace falta que desaparezcan las voces y los ruidos, que se de una calma, un silencio . . . En el silencio y el reposo . . . Dios habla en el alma y se expresa por completo en el alma. (Maestro Eckhart).

Todos tenemos dentro de nosotros un lugar, una posada creada para el amor, es una aventura, una buena-aventura, descubrirlo y habitarlo. Es Dios quien está como presencia en lo más íntimo de nuestro corazón, nos invita al encuentro, a la interioridad a la comunión. Al ser creados a imagen de Dios, se genera en nosotros un dinamismo interior desplegando nuestra inteligencia espiritual (Vázquez Borau). A esas profundidades del alma se llega con la oración, habitando el corazón por el Espíritu, haciendo toda una experiencia de vida. En esa posada interior, la oración es un canto de invisible silencio, donde Dios impulsa nuestra existencia, eternizando el amor (O. Clèment).

En el silencio podemos escuchar palabras que no hemos sabido expresar, ya que nadie puede arrancar al silencio su misterio (J.F. Moratiel). A la contemplación solo se llega con el desprendimiento, que es quedarse sin pensamientos, sin imágenes, en el abandono y en el despojo, incluso de toda imagen de Dios. Es en el silencio donde se produce ese encuentro cara a cara y sin mediaciones. El orante busca el rostro en el silencio, pero la contemplación es un don de Dios. "Es ya cosa sobrenatural ... que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos" (Santa Teresa de Jesús).

“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13- 14). El agua del Espíritu fue el agua que Jesús ofreció́ a la mujer samaritana, un agua que corre también por nuestra sociedad. Es necesario encontrar esos manantiales de agua pura y cristalina donde podemos contemplar el rostro de Dios. “Si alguno me ama guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

Las formas más perfectas de la espiritualidad siempre han comportado una dimensión ética, un lado práctico que las convertía en una fuerza transformadora de la conciencia y las dotaba de verdadera significatividad social (M. Velasco). Sin la virtud, Dios es una palabra vacía (Plotino). La virtud nos debe llevar a la humildad, a la paciencia, a la sobriedad, a la justicia, a la caridad. Santa Teresa no dejaba de repetir “Acá solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar”. También desde el pensamiento se busca el agua cristalina de la espiritualidad transformadora: “La ética no es el corolario de la visión de Dios; es esa visión misma. La ética es una óptica... Conocer a Dios es saber lo que hay que hacer” (E. Levinas)

Se nos llama hacer del silencio una mística de la vida cotidiana (K. Ranner), que no es algo reservado a monjas, ascetas y célibes, sino a todo “amigo de Dios”. El objetivo de la oración es darnos acceso a Dios y permitirnos escuchar su voz amando al prójimo y la justicia. Pero, sobre todo, oramos para poder experimentar por nosotros mismos esa Presencia constante, interior. En realidad, nosotros no oramos, sino que es la oración la que vive en nosotros (Francisco).

La pedagogía del silencio nos ha llevado a un estado más allá del pensamiento, donde el amor ya no plantea preguntas, sino que se abre totalmente al misterio liberando toda pregunta. No todos estamos llamados a las profundidades de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, pero todos tenemos la necesidad vital del silencio. Estamos llamados a un regreso a las fuentes de la vida, a lo más bello y esencial de cuanto nos habita. Llamados un retorno a nuestro ser, a la apertura al misterio, al amor de Dios que se encarna en nosotros.