Domingo, 27 de septiembre de 2020

Fernando VI rey de España

La angustiosa indolencia de Felipe V la heredó su hijo Fernando VI el Prudente o el Justo (1746-1759). Obsesivo, lacio, débil de carácter y de naturaleza enfermiza, lo que no le legó su padre fue la simpleza genial de saber rodearse de personas valiosas, el pacifismo y el ardiente amor de una gentil mujer, la portuguesa Bárbara de Braganza, con la que se casó a los dieciséis años en la catedral de Badajoz.

Al poco tiempo de ocupar el cargo apartó del poder a su madrastra, la todopoderosa Isabel de Farnesio y se declaró neutral. Ni con franceses ni con ingleses –dijo el Prudente, cuya divisa fue: “Paz con todos y guerra con nadie”. Y para que así constase formó un gobierno con destacados personajes profranceses liderados por Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada y nombró secretario de Estado a José de Carvajal y Lancaster, cabeza visible de los partidarios de la Gran Bretaña.

Tantos años como príncipe de Asturias le habían enseñado que necesitaba paz para sacar provecho de las reformas que traerían la prosperidad a España, y un hombre de Estado competente y honrado que hiciera suyos los planes reales, mientras él compartía la música de Farinelli o de Scarlatti y algún que otro amanecer con la de Braganza que lo reyes también saben que tienen que morir. Tuvo suerte el tercer Borbón español al elegir a Zenón de Somodevilla.

El riojano comprendió que para reconstruir el país necesitaba de la ilusión de los hombres y de la savia del dinero y se trazó como objetivos hacer una reforma fiscal en España y modernizar la administración en las Indias para que fuese más eficaz. Para establecer en Castilla un impuesto único y ajustar la cuantía de las cargas a las propiedades y a sus propietarios encargó un estudio sobre la riqueza de los españoles -Catastro de Ensenada- que no sirvió de mucho porque se opuso la parroquia de los privilegiados que ni querían pagar ni desvelar lo ricos que eran.

Más fortuna tuvo aumentando la aportación que hacía la Iglesia al Estado, suprimiendo los gravámenes sobre el trigo, apropiándose de los pechos y gabelas cedidos a los señoríos, liberalizando el comercio con las colonias mediante los “navíos de registro[1]” y atajando la corrupción. Gracias a estas medidas consiguió quintuplicar los ingresos de la Hacienda pública. Cuando en agosto de mil setecientos cincuenta y ocho, y en Aranjuez, la Descarnada se llevó al otro mundo a Bárbara de Braganza sin haber dado un heredero al trono, Fernando VI cayó en un pesar tan hondo que a nada trocó en demencia y se desterró del mundo en el castillo de Villaviciosa de Odón, con un baúl de silencios y el búcaro de las lágrimas.

El año que sobrevivió a su amada fue agónico, sucio -decidió no lavarse- violento y desmesurado, hasta que falleció en las ascuas de una locura estéril. Sus restos mortales y los de su esposa se guardan en la iglesia de Santa Bárbara de las Salesas Reales de Madrid. Como estaba previsto le sucedió su hermanastro Carlos (III), primogénito de Isabel de Farnesio.


[1] Buques que podían comerciar libremente con las colonias al margen de las flotas.