Sábado, 24 de agosto de 2019

Leer

Fieles al inveterado triunfalismo de los organismos oficiales de este país (la autocrítica debe parecerles cosa de otro mundo), la encuesta sobre la venta de libros en España (“Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2018” lo llaman), se publica en la prensa con enormes titulares que destacan únicamente aquellos (pírricos) porcentajes de lectura y de compra de libros (no es lo mismo) que se elevan sobre la general desolación que transmite el sondeo.

Una encuesta (http://federacioneditores.org/lectura-y-compra-de-libros-2018) centrada casi en su totalidad en el negocio editorial de la venta  –libros, folletos, revistas, fascículos, tomos y lomos de cualquier cosa impresa- y solo en ese aspecto relacionada con los hábitos lectores de la población  (nada que profundice en el nivel cultural colectivo ni aluda a la responsabilidad educativa a que los poderes públicos han renunciado), los resultados del estudio estadístico arrojan unas cifras tan deprimentes, desmoralizadoras y tristes sobre lo que es la lectura en este país, que uno vuelve a preguntarse (uno ya se ha respondido), si no ocuparán los cargos de responsables culturales en este país los más inútiles, incompetentes, negligentes e incapaces, ya que, a pesar de sus titulares triunfalistas, cualquier estudio sobre el nivel cultural español va dibujando año tras año, y sin anuncio ni horizonte de mejora, un panorama de creciente y pesarosa desesperanza.

La presuntuosa altivez con que los responsables del “Barómetro” titulan la nota de prensa de ese sondeo (‘EL NÚMERO DE LECTORES DE LIBROS CRECE EN ESPAÑA HASTA EL 67,2% DE LA POBLACIÓN’), es un brindis al sol que suma y resuma número de lectores del Marca con los de La Odisea o las memorias de Belén Esteban, y que no oculta ni se corresponde con el sentido y la significación de los datos y las cifras que esa misma nota va desgranando (casi el 40% de la población no lee nunca, Extremadura y el País Vasco, entre otros territorios, registran imparable retroceso, el hábito de lectura decae a partir de los 14 años de edad, sigue reduciéndose el servicio de préstamo en bibliotecas), aunque concuerda con las declaraciones del Presidente de la Federación del Gremio de Editores, que con una candidez más propia de la ignorancia, repite los lugares comunes del charlatán (“La lectura tiene sus valores y por ellos es por lo que hay que apostar: leyendo no se van a matar marcianos ni a ganar vidas” –sic-), intentando con tan sesudos argumentos defender la lectura (o más bien la compra de libros, que no es, en absoluto, lo mismo) frente a los videojuegos, como si ambas actividades coincidiesen siquiera en una milésima de su contenido, su sentido, la voluntad de su ejercicio o el resultado de su práctica.

Aunque el páramo cultural en que este país chapotea desde hace muchas décadas sea confirmado por esta encuesta, la interesada implicación que durante lustros se ha hecho de la palabra lectura con la palabra cultura, ha servido para que pescadores en todos los ríos del mercantilismo, coloquen en las mesas de las librerías y en las páginas de venta online todo tipo de panfletos, libelos, doctrinarios, bálsamos escritos, manuales de la estupidez, manoseos, ridiculeces infantiloides, manipulaciones, narcisismos, seudoliteraturas y otras porquerías impresas en forma de libro, aprovechando la escasa y desavisada capacidad crítica de la población –y una ineducada formación- para venderle toda clase de basura editorial.

Una de las conclusiones que el barómetro de los libreros (cuyo negocio es, repitamos, vender libros, no elevar el nivel cultural de la población), es que las desmoralizadoras cifras de personas que ni leen ni tienen intención de hacerlo, responden a “la falta de tiempo”, afirmación más falsa que quien la dice, ya que no solo desmonta la citada contraposición entre la lectura y el videojuego, sino que expone enormes interrogantes sobre en qué región espacio-temporal los españoles se sitúan cuando baten todos los records de tiempo en el consumo televisivo de espacios y programas-basura, cuyos porcentajes de audiencia vienen a coincidir casi milimétricamente con los de quienes afirman no leer ‘por falta de tiempo’.

La lectura de obras valiosas, considerada como vehículo de formación, crecimiento y, naturalmente, mejora de las capacidades y calidades culturales y personales,  vista como elemento capital en los desarrollos sociales y el bienestar personal y colectivo, no puede ser nunca confundida, y menos sustituida, por la mera compra de libros, ni hacerla dependiente de las cuentas de resultados de las empresas editoriales. En un tiempo en que la capacidad de acceso a contenidos valiosos de tipo literario, divulgativo o de información está al alcance de cualquiera, la labor de los organismos responsables de la salud intelectual de sus representados, debería orientarse a la formación, la educación y la enseñanza de las herramientas de conocimiento, de orientación, diferenciación y crítica de esos elementos a su alcance. Trabajar desde las instituciones sin hipotecas comerciales para aumentar la capacidad de discernimiento en la selva del negocio editorial, y no santificar alegremente y sin contenido el verbo leer, sería un buen principio.