Domingo, 8 de diciembre de 2019

Diez mil kilómetros de mar

El mapa de vuelo señala un lugar llamado Corvo, otro llamado Horta, otro llamado Funchal. Madeira y Las Azores, pienso. Temperatura exterior: menos sesenta grados centígrados. Schöenberg, en el yunque de mi oído, transfigura la noche por enésima vez. Cuando era pequeña, yo quería ser astronauta. Ahora escribo en un avión que sobrevuela el Atlántico a doce mil metros de altura, imagínate, el pico más alto del mundo se eleva hasta ocho mil ochocientos cuarenta y ocho, aquí enseguida, y hay gente que lo escala, cuatro mil más y tocarían la barriguita de esta nave como haciéndole cosquillas, y nos diríamos hola con la mano.

Afuera hay noche. Una bujía encendida en el extremo del ala invisible en mitad de lo oscuro. Parpadeos de luz roja con los que, imagino, alguien que mira desde abajo confunde nuestro avión con una estrella fugaz. Hay noche por todas partes excepto aquí, bajo mi lamparita de lectura. En torno a mí, los seres duermen. No conozco ninguno de sus nombres pero nos movemos juntos, avanzamos inmersos en lo negro compartiendo el denuedo de vivir. Hay algunas bocas abiertas cuyos suspiros, como ronquidos de mariposa, expulsan fragmentos de sueños. Me pregunto si los sueños pierden gravedad cuando aparecen a esta altura, si se elevan por imitación, si vuelan con su soñador para no cambiar de sitio, pues su soñador se mueve, con respecto a un observador en tierra, a muchos casi mil kilómetros por hora, muchos.

Esta tarde he salido de mi casa con la intención de volar hasta mi casa. Salir y llegar del otro lado escrutando el piélago del agua, encontrando el túnel del tiempo que te lleva, zas, de lleno hasta la infancia detenida en tu memoria de sitios que allí, también igual que tú, han cambiado. Porque volver nunca es volver. Darse la vuelta no es, jamás, exacto. Son ambas, las mis orillas de mundo. Cuando lleguemos, allí será ayer todavía, pero en mi piel será mañana y así estaré, todos los días de mi estancia, funcionando a dos relojes. El ala a mi derecha parpadea y me recuerda otros guiños de otros vuelos en ambas direcciones para llegar a lugares, en ambas costas, en los que mis raíces son tan hondas que ya no puedo decir en dónde anidan. Qué se es cuando se es de esta intemperie a tantos metros de altura sobre el nivel del océano.

Un corazón embalado hacia delante: el centro de una x con la que marcamos el punto de partida y el punto de llegada, el quid de una x proyectado en un tiempo que, aquí, en mi silla de aeronave, me está llevando hacia atrás, pues en mi destino son seis horas menos. Habré volado diez horas pero, allí, los relojes de todos dirán que han pasado solo cuatro. Y sentiré el cosquilleo del tiempo cuando, igual que un conejito, se pone a jugar con su amigo, el espacio, haciéndose cosquillas en las ondas superpuestas, imbricándose, rozándose las pieles y haciéndonos nacer en un meollo desbordado de impulso. ¿Qué somos en la yema de lo oscuro en la entraña de este tubo de metal que nadie ve? Jonás en un estómago. Respiramos, en la cabina presurizada de un avión que atraviesa el cogollo de la ausencia de oxígeno. Este prodigio de alzarse los muchísimos kilos por la fuerza del ala que guarece mi silla. Este portento de ser diminuta en un punto de luz que se adentra en el hojaldre del espacio-tiempo.

El aparato que nos lleva se mueve hacia delante pero el tiempo va hacia atrás en el reloj. ¿Y el espacio? El espacio es redondo, es la tripita de la Tierra, su baile que da vueltas en torno al eje que da vueltas en torno al sol que da vueltas en torno a la elipse de la galaxia que da vueltas y, con todo, no nos mareamos. Aquí, en este faro centinela del sueño de los que viajan conmigo, hay esta bombilla en el extremo del ala y, más allá, la playa del cielo granuloso, su arena de luces mojada por olas de sombra, lamida por las lenguas de metal de esta flecha-cabina lanzada hacia delante cuando adelante es solo andar en redondo. Es extraño. Cuando estás en situación de sentirte diminuta —diminuta— en el centro de la almendra de la noche, te sientes empapada, como nunca, de esta música en murmullos del silencio que aletea cuando suena, así, en plenitud de soledad de mar abierto y del pasmo ante las alas que sostienen.

A escala humana, piensas. Pero. ¿Cuál es la escala humana que imaginó la escalera de llegar hasta la Luna? ¿Cuál es la escala humana que nos puso a volar en estas máquinas tan grandes, así, cómodamente sentados en el ombligo del peso de su ligereza? Por mucho que repitas la experiencia, no dejas de tener la boca abierta. Aquí arriba, la escala es el impulso. Este siguiente latido que da un paso, y luego otro, y entiende, por fin, qué significan las Ítacas.

Bogotá, 25 de enero de 2019