Valladolid y nuestros fantasmas

Es interesante enfrentarnos a nuestros complejos y a nuestros fantasmas, que en fin de cuentas es lo mismo. Nuestros fantasmas, nuestras obsesiones nos delatan y ponen de relieve lo que se encierra detrás de ellos: miedos, sentimientos de inferioridad, frustraciones y contradicciones sin fin. Uno de ellos, que vivimos en Salamanca, es el relativo a Valladolid. Valladolid es la referencia de nuestros males, el maniqueo al que miramos para no asumir nuestras culpas y responsabilidades.

Este verano un diario de nuestra ciudad subrayaba la mala utilización del término “capitalidad” para definir a la ciudad del Pisuerga. El periódico leía ahí una manipulación al servicio de oscuros intereses que se traducen en privilegios para Pucela. ¿Es así? Lo dudo. Empezando por lo primero: ¿es Valladolid la capital de Castilla y León? Recurriendo a la obviedad, el medio al que me refiero, echaba mano del Estatuto de nuestra comunidad autónoma. En él no hay ningún artículo en que tal cosa se refleje, ergo, Valladolid no es la capital de la autonomía castellano-leonesa.

Qué modo tan simplista de argumentar. Es evidente que en el Estatuto no se dice cuál es la capital de Castilla y León, pero vayamos al fondo y no a la superficie: ¿dónde están establecidas las instituciones de la comunidad: Gobierno, Parlamento, Poder Judicial? Pues da la casualidad de que todas están en Valladolid (con la excepción del Tribunal Superior, que comparte sede entre Valladolid y Burgos). ¿Consecuencia?: que si todas las instituciones autonómicas fundamentales tienen su residencia en Valladolid es, querido Watson, porque Valladolid es la capital autonómica de Castilla y León.

¿Es en consecuencia manipular si decimos que Pucela es nuestra capital autonómica? En absoluto, es lo contrario: es la verdad, aunque nos duela, y lo contrario es armar la escandalera para llamar la atención sin consecuencias políticas. ¿Que es una hipocresía? En absoluto, es una manera de jugar con los ciudadanos…porque estos se dejan.

¿Qué tal una pequeña lección de historia? Nuestra Constitución recogió como modelo de organización territorial el autonómico, que combina la unidad del Estado con una fuerte descentralización sin llegar al modelo federal. Pero la Constitución de 1978 dejó abierto el melón en gran medida, y de ahí muchos de los problemas que han venido después. Por ejemplo, no establece cuáles son las comunidades autónomas, de ahí que cuando llegue una reforma constitucional habrá que enumerarlas en el artículo correspondiente. No lo hizo porque cuando se aprobó, no estaba delimitado el mapa autonómico. No existía Castilla y León como región o comunidad, vino después.

A la hora de fijar el mapa, primaron intereses de todo tipo, desde el absurdo de algunas comunidades uniprovinciales (Cantabria, La Rioja, Asturias…) al corte territorial que se practicó con regiones históricas como Castilla, troceándolas al mejor servicio político de los intereses en juego. Castilla y León fue un monstruo desde su concepción: la más extensa de España, con nueve provincias en su configuración, y con orígenes diversos para León y Castilla. La racionalidad aplicada habría optado por dos comunidades: León, de una parte, y Castilla de otra, habría sido más funcional y habría respetado mejor la diversidad histórica. No se hizo y así estamos.

El hacer mal las cosas supuso desde el inicio un contencioso entre León y Valladolid como posibles sedes capitalinas. León tenía todas las de perder y Valladolid, como era previsible, ganó la partida: el pez grande se comió al chico. Pero para ocultar el entuerto y evitar el contencioso entre ambas regiones, que ha durado hasta hace muy poco (los leonesistas no han desaparecido), se optó por dejar sin nombrar a la capital, aunque de facto se le dio ese carácter a Valladolid adjudicándole todas las instituciones autonómicas.

Y aquí estamos. El modelo político, como era previsible, ha tenido consecuencias de distorsión territorial, políticas y económicas, y puede afirmarse que Castilla y León sufre un fuerte centralismo. Ello ha traído consigo que todo el territorio se haya ido despoblando, al tiempo que Valladolid se fortalecía. Ahí están los datos demográficos y económicos para demostrarlo: son evidentes. ¿Por qué, pues, no reconocerlo y acabar con la comedia de disfraces que supone tener vacía la capitalidad en la norma estatutaria? Es grotesco. Valladolid fue favorecida desde el principio y las diferencias a su favor no han dejado de crecer: era lo que se buscaba. En vez de una autonomía racionalizada y con un equilibrio territorial se optó por el modelo monstruoso que se aplicó también en Aragón, con una Zaragoza que abarca casi toda la población regional al tiempo que Huesca y Teruel se desertizan.

¿Qué han hecho los dos grandes partidos para cambiar la situación? Respuesta: nada, ni PSOE ni PP han cambiado la situación en este tiempo. Aquí es donde habría que darle al bambo: ¿preguntar por qué no se ha hecho nada para cambiar esta desquiciante realidad, denunciar a ambas fuerzas políticas, tan centralistas la una como la otra? ¿O en este drama no hay culpables?

Cuando el alcalde de Valladolid, Oscar Puente, pide que se apueste “muy fuerte” por Valladolid y reivindica por lo tanto mayores prebendas para su ciudad, no hace sino seguir en la misma lógica diabólica de los orígenes de nuestra autonomía. El novelista leonés Julio Llamazares, se escandalizaba, y con razón, de sus manifestaciones. Apelaba al sentido común, a la lógica, a lo que debería haber sido y no fue nuestra comunidad. Pero la política es así: el reino del absurdo, y de ahí viene la desafección de los ciudadanos. A los políticos qué más les da: su reino no es de este mundo sino de sus privilegios e intereses. Nos convocan cada cuatro años y se olvidan después de todas sus promesas, que mayoritariamente incumplen.

Pero las cosas no son fruto del azar o la casualidad. Valladolid está ahí porque así lo quisieron y promovieron los intereses dominantes en nuestra región, y siguen queriéndolo hoy. Dejada de la mano de Dios, desertizada, enorme y abandonada. ¿Seguimos llorando o aplicamos el bisturí?

Marta FERREIRA