Sábado, 24 de agosto de 2019

Sin memoria no hay justicia

“Nunca olvidaré esta noche, la primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga/noche cerrada con siete llaves. / Nunca olvidaré este humo./ Nunca olvidaré las caritas de los niños cuyos cuerpecillos vi transformados en torbellinos/de humo bajo un cielo mudo….”

Elie Wiesel, La Noche

 

“hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre. Tanto ha inventado las cámaras de gas como ha entrado en ellas con la cabeza erguida y el padrenuestro o el Shema yisrael en sus labios”.

Victor Frankl, El hombre en busca de sentido.

 

El próximo 27 de enero se conmemora el Día de la Memoria de las Víctimas del Holocausto, fue el día que fue liberado el campo Auschwitz, el mayor campo de la muerte nazi, hace 74 años. En él murieron asesinados más de dos millones de personas, convirtiéndose en el mayor cementerio del mundo, donde más allá del horror, ocurrió lo impensable. Nos recordaba Primo Levi, uno de los supervivientes del campo, lo que pasó, es algo que trasciende la verdad, es inefable, no es reducible a términos lógico-racionales. Es un acontecimiento inconmensurable, que no se identifica con la idea de verdad, al menos como la expresamos.

Primo Levi, fue deportado al campo de Auschwitz en el año 1943. Gracias a su oficio de químico, y como muchos, agrandes dosis de fuerza y suerte, sobrevivió para testimoniar el horror. Auschwitz era el peor de todos los campos de la muerte, allí eran destinados muchos prisioneros y después de un tiempo realizando un trabajo de esclavos, eran exterminados en las cámaras de gas. En el verano de 1944, el campo de Auschwitz hacía alcanzado su apogeo con 130.000 personas, la mayoría serán reducidos a cenizas antes de ser liberados.

En los primeros días de enero de 1945, con un ejército alemán casi derrotado, por órdenes directas de Hitler, se evacua toda la cuenca minera de Silesia, al igual que del campo de Auschwitz, costase lo que costase, sobre todos los que podían trabajar. Todos los prisioneros sanos fueron evacuados en condiciones espantosas hacia Buchenwald y Mauthausen, mientras los enfermos fueron abandonados a su destino. El 27 de enero, unas 7.000 personas, son liberadas por los soviéticos en Birkenau, entre ellos Otto Frank (padre de Ana Frank) y el propio Primo Levi, aunque cada superviviente de la Shoah tiene su propia historia.

Después de una odisea por numerosos países, Primo Levi regresa a Turín, su ciudad natal, donde publicará su primer libro testimonio de los campos de exterminio, titulado Si esto es un hombre. A esa primera obra, seguirán su Trilogía de Auschwitz:  La tregua, Los hundidos y Los salvados. Su objetivo no era literario, sino desentrañar el sentido del horror vivido. Primo Levi quiere ser un “avisador de la historia”, Auschwitz no se consumió con la liberación del campo de exterminio, el peligro sigue amenazando a la humanidad. De ahí su empeño de dar testimonio y hacerse presente en los centros educativos, consciente de que es necesario no olvidar, recordar a las víctimas para que su memoria no perezca.

Reproducimos uno de sus testimonios, que posiblemente utilizó en las escuelas que visitaba: En menos de diez minutos todos los que éramos hombres útiles estuvimos reunidos en un grupo. Lo que fue de los demás, de las mujeres, de los niños, de los viejos, no pudimos saberlo ni entonces ni después: la noche se los tragó, pura y simplemente. Hoy sabemos que con aquella selección rápida y sumaria se había decidido de todos y cada uno de nosotros si podía o no trabajar útilmente para el Reich; sabemos que en los campos de Buna-Monowitz y Birkenau no entraron, de nuestro convoy, más que noventa y siete hombres y veintinueve mujeres y que de todos los demás, que eran más de quinientos, ninguno estaba vivo dos días más tarde. Sabemos también que por tenue que fuese no siempre se siguió este sistema de discriminación entre útiles e improductivos y que más tarde se adoptó con frecuencia el sistema más simple de abrir los dos portones de los vagones, sin avisos ni instrucciones a los recién llegados. Entraban en el campo los que el azar hacía bajar por un lado del convoy; los otros iban a las cámaras de gas.

Así murió Emilia, que tenía tres años; ya que a los alemanes les parecía clara la necesidad histórica de mandar a la muerte a los niños de los judíos. Emilia, hija del ingeniero Aldo Levi de Milán, que era una niña curiosa, ambiciosa, alegre e inteligente a la cual, durante el viaje en el vagón atestado, su padre y su madre habían conseguido bañar en un cubo de zinc, en un agua tibia que el degenerado maquinista alemán había consentido en sacar de la locomotora que nos arrastraba a todos a la muerte… (Si esto es un hombre).

El millón largo de niños judíos asesinados en los campos de la muerte no murieron por su fe, ni a pesar de su fe, ni por razones que tenían que ver con la fe. Según la ley nazi, definía al judío como aquel que tenía un abuelo judío, fueron asesinados por la fe judía de sus bisabuelos. Una razón única (Emil Fackenheim). No se puede olvidar la memoria de las víctimas, es algo más que un sentimiento, sin su recuerdo no hay justicia.

No podemos olvidar aquellas palabras de Emil Fackenheim, si Hitler hubiera asesinado a Dios junto a los judíos, ¿quién pediría cuentas al Hitler? Si después de Auschwitz los judíos hubieran abandonado su fe y hubieran dejado de existir como pueblo, habrían concedido a Hitler una victoria póstuma. En Auschiwitz, lo real fue más allá de lo posible, en palabras de Hans Jonas, decimos lo decible, para referirnos a lo indecible.

Después de Auschiwitz, Teología es la expresión del anhelo que el verdugo, que el asesino no pueda triunfar sobre las víctimas y se le devuelva su dignidad robada (Horkheimer). Es un deseo imperativo de una justicia verdadera que barrunta lo Absoluto, los vencidos tienen un sentido pendiente de cumplimiento, una esperanza no cumplida. Es la única manera de encender en el pasado la chispa de la esperanza (W. Benjamin).