Jueves, 20 de junio de 2019

La letra compartida de Valentín Martín

A mí Valentín Martín me devuelve una ciudad que existe en los que la amamos. Porque las ciudades pequeñas, provincianas, las ciudades levíticas de piedra medieval, de centro histórico, de visillos que saben y gentes que pasean y comentan, ciudades en las que todos vamos andando a todas partes y trazamos una tupida red de conocimientos mutuos, tienen sus cronistas oficiales y sus artistas de cabecera. Aquellos que las sueñan entre fotos y renglones, confundiendo el tiempo en un espacio donde no existen ni el pasado ni el porvenir que no llega como decía Aldecoa.

La Salamanca de mi memoria tiene sabor de Carmen Martín Gaite y versos de Aníbal Núñez. En ella camino hacia la facultad donde dieron clases no solo Unamuno, sino Bustos Tovar y Llorente Maldonado, profesores que me gustaban mucho más que García de la Concha. Ciudad de calles frías y vacías, de carpetas abrazadas al pecho y tardes de biblioteca. Ciudad de campo que recorríamos en el coche de mi padre, amontonados los hermanos en abigarrado desorden. Mirad cuánta agua… es el pantano de Santa Teresa.

Niña memoriosa, aún recuerdo la línea del agua, la caída tremenda del pantano. No te asomes a la barandilla. Agua y agua, la misma que anegó el pueblo natal de Valentín Martín, quien con todos sus vecinos, inició el éxodo al teso amable, la suave pendiente de Santa Inés. Valentín Martín estudió en una Salamanca donde los poetas de arriba se congregaban en torno a Pepe Ledesma, y los de abajo bebían chatos de vino en los portales del Mercado. Filosofía y Letras y a Madrid a estudiar ese periodismo que convirtiera a Valentín Martín en el habitante noctámbulo de una capital llena de gracia: fútbol, política, cine, vida convertida en tinta girando con la velocidad de una rotativa. Salamanca queda atrás, así como el primer artículo que publica Valentín a los 14 años en El Adelanto, pero Santa Inés se convierte en el refugio del verano, un pueblo cada vez más pequeño al que el periodista de la capital regala ese rato de música y poesía que anuncia la llegada del verano. Porque Valentín Martín, periodista, escritor, poeta, cronista de toda una época, siempre le es fiel a su rincón del corazón, así que pasen las páginas, los libros, las músicas y los años.

Quiso el azar de la letra y la labor de la editorial Lastura que me asomara a las crónicas de Valentín Martín a través de su libro Vermut y leche de teta, donde beber un tiempo detenido en su épica memoria, en su escritura periodística llena de poesía, retranca de Larra y voluntad enciclopédica. Desde entonces le leo con amor y respeto, porque lo suyo es el ejercicio de la gracia que nos regala en cada entrada de Facebook, generoso dador de palabras que relatan, retratan y comparten el trabajo de los otros. En tiempos de individualismo feroz y protagonismo despiadado, qué generosa la prosa de Valentín, qué celebración del otro, del verso ajeno, del libro que no es suyo aunque él haya escrito casi una treintena… Por eso, cuando escribe que mi nombre le recuerda los mareos de amor que provocaba Charo López cada vez que salía de su casa del Prior meneando su belleza, las aguas de la memoria bañan esta mi ciudad con el goce de sus privilegiados vecinos: Martín Patino, Aníbal Núñez… Unamuno, Torrente Ballester, Núñez Larraz, Aldecoa, Martín Gaite. Salamanca eterna convertida en literatura. Ciudad letrada a la que quisiera escribir la misma carta de amor que merece Valentín Martín, aunque yo no sea Charo López, lástima.     

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.