Martes, 10 de diciembre de 2019

Eso de que el trabajo dignifica a la persona, es un engañabobos

Adolfo Dominguez, modisto, empresario y escritor

He leído recientemente en prensa una entrevista que le hacían a Adolfo Dominguez (modisto, empresario y escritor), en cuyas declaraciones, entre otras cosas, decía: “El concepto jubilación está fosilizado. Creo que hay que trabajar hasta que uno no puedas más”. Es su opinión y la respeto, faltaría más, pero no la comparto en absoluto.

 Es muy probable que la diferencia de opinión resida en el sentido que le demos al concepto “trabajar”. Cuando decimos que todos tenemos derecho a un trabajo digno, cuando un número importante de personas sale a la calle exigiendo trabajo, cuando decimos lo mucho que nos cuesta encontrar trabajo, o que ciertos colectivos, por diversas razones, no pueden conseguirlo, etc. etc. Considero que estamos hablando de la posibilidad de ejercer una actividad a cambio de una remuneración justa y proporcional al trabajo realizado. Es decir, que lo que interesa es la remuneración, y eso de que dignifique o no, es algo que nos la trae al pairo.

Me gustaría saber qué diría esa persona, si en vez del trabajo que tiene y la remuneración o la hucha que supongo debe tener, tuviera un trabajo eventual, sin garantía de que le dure más allá de quince o veinte días, miserablemente remunerado, con una hipoteca que no puede pagar y con serias amenazas de desahucio (hay panoramas aún peores).

A mí me da la sensación, de que eso de que el trabajo dignifica a la persona, es un invento de alguien que nunca trabajó, y que siempre vivió a costa del trabajo de  los demás.

Creo recordar haber leído, hace mucho tiempo, que en la Biblia, concretamente en el Génesis, se dice algo así como que Dios castigó la rebelión de los primeros seres humanos, Adán y Eva, imponiéndoles la pena de tener que trabajar. Si Dios dijo que el trabajar es un castigo, ¿Quiénes somos nosotros para llevarle la contraria? Yo por lo menos, no.

Otra cuestión muy distinta es la realización de actividades, que elegidas de forma completamente libre y voluntaria, podamos y debamos realizar a lo largo de nuestras vidas. Nunca he defendido el dolce far niente, aunque no dejo de reconocer que de vez en cuando, después de una temporada en la que nuestros quehaceres nos empiecen a agobiar, viene muy bien una corta temporada de inactividad dedicada a la simple vida contemplativa. Pero debe ser un período más bien corto, porque podemos caer en la dulce trampa de la molicie y que ese far niente, se instale en nosotros de forma definitiva.

Ahora bien, el que yo opine, que eso de que el trabajo dignifica a la persona, es un camelo, no quiere decir que esté en contra del trabajo. Claro que trabajar es necesario, tanto para el que lo ejerce como para el resto de la sociedad, pues entre todos formamos un conjunto en el que todos necesitamos de todos. Pero el que sea necesario no quiere decir que nos dignifique. ¿Qué pasa con los jubilados? ¿Que por cumplir una determinada edad dejan de ser dignos? ¿Qué pasa con los que están en el paro? ¿Acaso no son dignos por no trabajar? ¡Lo que les faltaba a los pobres hombres y mujeres! encima de pasar tantas penurias, que les digamos ahora que no son dignos. Y puede que de seguir en esa situación, lleguen a perder la dignidad, pero no por no trabajar, sino por no tener unos ingresos económicos que les permitan vivir con dignidad.

Hay muchas personas que están trabajando por un salario vergonzoso, trabajo que no les dignifica lo más mínimo. En no pocas ocasiones tienen que realizar esos trabajos en unas circunstancias, que lejos de dignificar, humillan, pero no les queda más remedio que aguantar y olvidarse de la rimbombante dignidad. Es cierto que es palabra muy bonita y que queda muy bien cuando se  reproduce en letra de imprenta o se suelta en algún mitin, pero es más cierto, que son muchas las familias que careen de lo más básico: un techo bajo el que cobijarse, acceso a la sanidad, enseñanza, educación… La dignidad puede esperar.

Cuando tengamos esas necesidades básicas cubiertas, cuando nadie se vea obligado a arrodillarse en las frías aceras de nuestra querida Salamanca implorando una moneda, cuando todos los niños puedan acudir puntalmente a la escuela y vayan bien alimentados y correctamente vestidos, cuando a nadie le falte un trabajo dignamente remunerado, cuando todos esos “cuando” que a todos se nos ocurren, estén solventados, será entonces cuando podamos hablar de dignidad. Primero vivir, luego filosofar.