Ni un paso… adelante

Consciente de mis dotes literarias –manifiestamente mejorables-, si algo me convenció para colaborar en este medio fue constatar la variopinta procedencia y profesión de las personas que me acompañaban y, sobre todo, el empeño de la dirección en apostar por una línea editorial abierta a todas las sensibilidades políticas. Hago esta “entradilla” porque, en la actualidad, el particular prejuicio de no pocos españoles está poniendo de actualidad una susceptibilidad, tan a flor de piel que quien ose matizar cualquiera de los postulados de la izquierda, automáticamente merecerá su absoluta repulsa y será tildado de facha, franquista y, por supuesto, fascista. Como si la esencia de la ética, la justicia o la honradez sólo se pudiera adquirir en dispensarios de la izquierda. La triste realidad nos dice que sinvergüenzas, chorizos y felones se desarrollan y crecen, desde la derecha hasta la izquierda, entre políticos de todo el arco parlamentario. Naturalmente que a nadie le gusta ser encasillado en colectivos de los que nunca participó, pero también es cierto que la ignorancia y la mala fe se bastan para invalidar muchas de las invectivas disparadas por quien carece de postulados propios y se deja llevar por la masa.

La imagen que están proyectando al exterior los que han pasado a ser minoría en el parlamento andaluz –y todos sus corifeos- les está haciendo un flaco favor. Todo lo que esgrimen como argumento para atacar la situación actual es justamente aquello que pusieron en práctica para facilitar el acceso de Sánchez a la Moncloa, a más de un gobierno comunitario o a multitud de consistorios municipales. Cuando se afirma que el principal pecado del español lleva el sello de la envidia, creo que no es enteramente cierto. Lo que más diferencia al español se encargó de plasmarlo maravillosamente el genio de Goya en su cuadro Duelo a garrotazos. Ya la envidia se muestra insuficiente para calmar la contrariedad de quien percibe la menor oposición a sus razonamientos. Hay que ir más allá. A ser posible, hay que causar daño; primero moral y, si se tercia, también físico. Así nacieron los escraches, la irrupción en actos públicos, las ataques a medios de transporte y en general, cualquier intromisión en la libertad de los demás. En la mayoría de los casos, se aprovecha alguna consigna falsa para que una minoría organizada pueda arrastrar a una masa manejable, dispuesta a adquirir el protagonismo que nunca obtendría de forma individual. Cuando estas acciones se ejercen en masa, se sabe cómo comienzan pero nunca cómo terminan –eso sólo lo saben unos pocos.

A raíz de la actualidad política en Andalucía -donde no se ha sabido asumir el resultado de las últimas elecciones-, puestos a agarrarse a un clavo ardiendo, los dirigentes socialistas se han colocado previamente la venda que oculta las propias vergüenzas y han desencadenado toda una campaña –interior y exterior- tendente a descalificar la legalidad del gobierno entrante. Las mismas personas que miraron para otro lado cuando compañeros de partido fueron sorprendidos repartiéndose los fondos oficiales en beneficio propio, o para satisfacer inconfesables vicios, son las que no han dudado en cargar a esos fondos el viaje en autobús de los “extras” que debían cercar el parlamento en que se estaba eligiendo al nuevo presidente de todos los andaluces. Cómo será el grado de “tirón” que conservan los actuales responsables socialistas que las personas que acudieron a la llamada cabían en muy pocos taxis.

Recientemente, el presidente de una autonomía que goza del apoyo mayoritario de sus paisanos ha manifestado que “el único partido radicalizado en España es el PSOE”  y no va desencaminado. Haciendo hincapié en todos los tópicos que pueden adjudicarse al PSOE, Pedro Sánchez pretende movilizar a sus escasos votantes –y a quienes le han usado para conseguir lo que nadie sensato les había concedido hasta ahora- para calentar la calle. Poco le importa que le saquen los colores hasta en su propio partido si consigue prolongar su estancia en la Moncloa. Todo porque el 2-D hubo 400.000 andaluces que osaron votar a VOX. Pues bien, a pesar de la operación master chef  que ha capitaneado el Sr. Tezanos, conviene poner de manifiesto unas cifras muy significativas. En las elecciones andaluzas de 2015, los partidos “progresistas” que consiguieron escaños, sumaron, aproximadamente, 2.280.000 votos, contra 1.440.000 de los conservadores. En las recientes, el bloque vencedor ha obtenido, también aproximadamente, 1.800.000 por 1.600. 000 de los perdedores. Se podrá alegar que tanto PP como PSOE han obtenido menos escaños –y es muy cierto- pero también lo es que ha variado radicalmente el sentido del voto, de manera que el viento ha dejado de soplar de poniente y ahora lo es de levante, y con fuertes rachas. El ciudadano, que nunca se equivoca, ha dictado sentencia, y lo que está haciendo el Sr. Sánchez es ridiculizar a los andaluces que no se han dejado engañar. Si antes de que el nuevo gobierno materialice sus planes, ya hay colectivos gritando ¡Ni un paso atrás! contra decisiones que aún no se han tomado, demuestra que no se quiere aceptar lo que ha elegido la mayoría de votantes. En democracia, eso tiene un nombre muy feo, Sr. Sánchez. Cuando se hizo público el saqueo de los ERE, o cuando se cede abiertamente al chantaje de nacionalistas, terroristas e independentistas, no se ha visto ni una pancarta con el ¡Ni un paso atrás!

Cuando es justo –y veraz- lo que se defiende, efectivamente, no se debe dar un paso atrás. Pero si lo que se defiende se ha conseguido valiéndose de maniobras y acuerdos antinaturales, totalmente opuestos a las más elementales normas de la democracia, equivale a estar dando muchos pasos hacia atrás. Resulta muy difícil averiguar lo que más influye en la forma que tiene Pedro Sánchez de interpretar la política: su facilidad para incumplir las promesas, o bien la capacidad para atropellar los principios asumidos por los políticos sensatos, si con ello consigue permanecer en el cargo para el que no está preparado. En su labor al frente del gobierno de España, se empeña en no dar un paso atrás, pero todavía no se ha enterado de que la mayoría de españoles –incluidos no pocos de su propio partido- están deseando que, por primera vez, dé algún paso adelante.