Miércoles, 19 de febrero de 2020

De El Cubo de Don Sancho a los suburbios de Perú

Era el momento de salir, de ir a los de lejos, en concreto al continente Latinoamericano para anunciar allí el evangelio de la alegría

A veces podemos tener la idea de que el continente americano se encuentra demasiado lejos. A lo sumo podemos experimentar el acercamiento como fruto de viajes de turismo que hayamos realizado. La misma impresión de cercanía podemos concebir si nos fijamos en el buen número de latinoamericanos que vienen a nuestro país, en busca de trabajo, por turismo o incluso para alcanzar estudios universitarios que les den prestigio a la vuelta a su país de origen.

Hoy quiero realizar un acercamiento a otro colectivo que quizá no se tiene demasiado en cuenta y que, sin embargo, lleva a cabo unos servicios meritorios para con los habitantes de aquellos países. Me refiero, naturalmente, al colectivo de los misioneros. Un buen número de varones y mujeres, generalmente religiosos, que consumen su vida lejos de su familia, para servir a los más desheredados de los países americanos. El número de estos hombres y mujeres gira en torno a los ciento cincuenta, repartidos por todos los países, desde Alaska y Canadá a los situados en el límite Sur, concretamente en la tierra de fuego.

Me ha empujado a hacer y actualizar esta reflexión un acontecimiento que ha tenido lugar el domingo pasado en la localidad salmantina de El Cubo de Don Sancho. Allí celebraba un sacerdote los veinticinco años transcurridos desde su ordenación sacerdotal.

José Luis Calvo Vicente ha dedicado como misionero ocho de esos 25 años a los pueblos jóvenes emergentes en los entornos de la ciudad de Lima. De esa multitud de pueblos jóvenes nacientes, aquí nos suena especialmente el pueblo joven de Villa El Salvador.

Nuestro paisano ha servido, durante los ocho años de su estancia allí, a unos cuantos pueblos emergentes que necesitan la atención especial que en su momento recibió la Villa El Salvador.

José Luis fue allá enrolado en el grupo de sacerdotes misioneros del Instituto Español de Misiones Extranjeras. Así nos cuenta cómo nació en él la idea de dedicarse a las misiones de América: “la vocación misionera, que siempre había tenido, la sentí con una fuerza y una claridad que vi que era el momento de salir, de ir a los de lejos, en concreto al continente Latinoamericano, para anunciar allí el evangelio de la alegría”.

Tuve que esperar todavía dos años más desde que vi claramente que Dios me llamaba a la misión…, pero por fin pude cumplir el deseo de salir, de ser misionero en otro país”.

El domingo 13 de enero celebraba José Luis la eucaristía a las 12 del día “en la parroquia Nuestra Señora de la O, de El Cubo de Don Sancho, Salamanca, donde nací, me bauticé, hice la primera comunión, la confirmación, me ordené de sacerdote y tuve mi primera misa (en una mañana de domingo muy fría con nieve y todo) pero con el calor de mi familia, amigos… y vecinos”.

Así recordaba en una carta reciente a los pueblos y comunidades que ha atendido en los suburbios de Lima (Perú): “No me quiero olvidar en estos días, pues sé que ellos también me van a tener presente, de los que han sido mis amigos que he dejado en Perú, de los agentes de pastoral de la parroquia Santa María Reina (de la cuasi parroquia Sagrado Corazón de Jesús y San José de Nazaret donde también estuve) y de todos los vecinos del Paraíso, donde he estado los últimos ocho años”.

Asistimos a la celebración de la acción de gracias, además de los familiares, amigos y paisanos de El Cubo de Don Sancho, siete voluntarios del servicio diocesano de misiones, que nos sentimos honrados y estimulados por el ejemplo de la entrega misionera de José Luis en estos lugares tan necesitados y que tanto le agradecen su entrega a lo largo de los ocho años a ellos dedicados.

La jornada nos hizo sentirnos unidos al notable número de paisanos, cerca de doscientos, que viven su excelente trabajo misionero en los cinco continentes de nuestro globo terrestre. La misión sigue viva y la llevan adelante los magníficos hombres y mujeres de nuestras tierras de la diócesis de Salamanca. ¡Enhorabuena, José Luis!