Domingo, 27 de septiembre de 2020

Heridos en combate

En la Edad Media las heridas en el campo de batalla se curaban al terminar los combates, siempre que hubieran ganado la batalla y no les tocara salir huyendo. En el campamento de los vencedores había físicos y cirujanos que se encargaban de detener la hemorragia y de coser la herida.

Las hemorragias se detenían con cuerdas que ataban en la parte superior de la extremidad que hubiera recibido el corte (una especie de torniquete) y se detenía la hemorragia con harina o, en su defecto, con tierra. El siguiente paso era lavar la herida con sal y vinagre o con romero cocido en vino, y en el mismo campamento los cirujanos cosían las heridas con “puntadas” (siete puntadas, ocho puntadas o las que hicieran falta).

Una vez en casa, y tras rociar la habitación, la cama y al herido con agua bendecida en Viernes Santo (en ocasiones ponían una Biblia encima de la cabecera), colocaban sanguijuelas en torno a la herida para que chuparan la sangre putrefacta y se hacían curas con emplastos de consuelda mayor, o de hiel de cerdo, o de queso mohoso que aplicaban sobre la herida.

Para atajar la gangrena e impedir que se extendiera y matara al paciente, ataban una correa o cinta por encima de la herida y colocaban sobre ella hierros al rojo (hierro malvado). Para mitigar el dolor empleaban cocimientos de ortigas, o de cornezuelo, o de corteza de higuera, o de corteza de sauce, o de hojas de roble, etc. En algunas zonas en un alambique hacían destilados de alcohol de ortigas, o de cornezuelo, o de hojas de roble…