Lunes, 20 de enero de 2020

Pastillas

Toma cuatro cada noche. Después de la cena su mujer las deja al lado del platito de la infusión. Él juega unos minutos con ellas mientras con parsimonia las traga con sorbitos. Hace del proceso un ritual que me divierte. No me molesto en preguntarle cual es la función de cada una. La buena educación no permite inmiscuirse en cuestiones de la salud de los otros y solo si ellos dan pie es oportuno seguir la conversación, con tiento, sin sacar a relucir comparaciones odiosas. También evito comentar una película que he visto recientemente de una médica en Brest que combate a una empresa farmacéutica responsable de un medicamento que se consume masivamente y que produce efectos colaterales no controlados. Menos aun traigo a colación hábitos similares en familiares míos pues se trata de personas manifiestamente más mayores que mi amigo que frisa la cincuentena. La escena goza así de una naturalidad que, no obstante, no deja de tener un componente que no termino de valorar bien si es de coquetería o de afectación.

La charla de sobremesa versa sobre el libre albedrío a propósito de un reciente artículo de Yuval Noah Harari en el que defiende que aquel es un mito generado a caballo por el cristianismo y por la ilustración. Sí, un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana conjugando las decisiones tomadas libremente gracias al peso de la razón que hace de los seres humanos entes únicos en el universo provistos de autoridad moral y política con el premio o el castigo divino según proceda. El intelectual israelí defiende la existencia de un nuevo escenario dominado por sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática que permiten a las empresas o a los gobiernos “hackear” al cerebro humano. Ello le hace sospechar que las personas no son conscientes de la situación en la que viven como consecuencia de la sobredimensión del libre albedrío que les entontece. A mi amigo no le convence el argumento del afamado autor de Sapiens. De animales a dioses.

Puestos a continuar la velada, aunque ya se está haciendo tarde, le provoco preguntándole acerca de su libertad a la hora de tomar sus cuatro pastillas. “Claro que las tomo libremente”, me dice, añadiendo, “podría dejar de tomarlas mañana, pero no lo haré porque son necesarias para mantener mi calidad de vida controlando la tensión arterial, el colesterol…” Sin dejarle continuar me apresuro a preguntarle, escéptico como siempre lo fue, por el origen del grado de confianza en los fármacos que ha adquirido. “La ciencia”, me dice; y apostilla: “soy un creyente acérrimo de lo que está comprobado científicamente”. Es decir, mi amigo no es sino un ferviente hijo de la razón que le hace ser dependiente de otra manera. Una criatura que se cree ajena a la oferta no solo de los procesos de fabricación y venta de los medicamentos por parte de la industria ávida de clientela sino de la demanda autónoma generada por su cuerpo.