Viernes, 23 de agosto de 2019

Cerrar

Los lugares, los ciclos, los días, los años, los libros. Es importante saber cerrar puertas sin machacarse los dedos y, también, sin hacer demasiados alardes aún a sabiendas de que allí se nos queda un pedazo importante. También es crucial comprender cómo se cierran las casas al salir de ellas con todos los trastos metidos en cajas: una vez que se tienen las llaves en la mano hay que girarse. Para dar las gracias, una por una, a todas las paredes que nos han guarecido. Cerrar a su vez, semana a semana, los libros así: con el freno puesto. Con las ganas de que no se termine la historia. Cerrar los libros con la pena pero sin la pena de haber muerto un poco para nacer diferente, de haber aceptado la metamorfosis, de haber consentido la inmersión en lo distinto.  

Cerrar también las historias de amor, con esta zozobra salpicando en los dedos, cuando todavía parece imposible dejar de querer lo que fuimos: un tornado de espuma en el centro del cuerpo y la sangre sembrada de raíces de ese otro en quien nos hemos anclado para mirarnos allí, en ese espejo, con el mismo arrobo con el que uno se asoma al escándalo de estrellas en la noche de una cima y de su nitidez. Cerrar las historias de amor con las manos reunidas a la altura del pecho para decir, de nuevo, gracias, porque después de ser nosotros yo soy, tal vez, más sabia por haberte querido. Cerrar los ciclos así, como si fueran lugares, y pasar por ellos con este suspiro enredado en la lengua pero mirando hacia adelante.

Nos han cerrado los sitios en nuestra Salamanca y por eso quiero, con estas palabras, rendirles tributo, pues he dejado en ellos jirones de tiempo que quedan anclados, con tanta ternura, detrás de sus puertas. Ha cerrado el café El corrillo y se ha llevado su jazz sobre té de jengibre y los conciertos preferidos. Ay, mi Salamanca, están cerrándonos todo en goteo que salpica su tristeza de brújula con falta de norte, han echado el portón en la relojería de la calle San Pablo, han apagado las luces de siempre en la tienda de bombillas de la Rúa Mayor, han liquidado el Serendipity diluyendo en pasado la alegría de sus tartas y el rumor de aquellas voces debajo de cuadros en venta. Cierra el bar Santa Ana, oh, no, cierra el Birdland y nos deja sin el relámpago de menta de escuchar el aleteo en el saxofón de Charlie Parker.

Cerrar es un verbo difícil. Algo siempre se queda por dentro diciendo aquí estoy, aquí siembro añoranza. Hemos hablado, comido, cenado, allí nos hemos mirado a los ojos y, tal vez, hemos bailado el fulgor de una historia que, por qué, también cierra y se funde diciendo somos tránsito, tejido de tránsitos, este paso de voz que se apaga extendiéndose igual que las ondas concéntricas. A mí me acongoja no encontrar en su sitio a la señora que vendía las bombillas, al señor que arreglaba el reloj, al camarero de los muchos tatuajes que acercaba, gentil, a la mesa mi té favorito.

Ahora tenemos Starbucks y smoothies y lugares de coffee con un ambiente muy cool en el que las cosas ya no molan porque se han vuelto casual, así, con su acento en la a para acentuar el english en el que nos hemos vendido. Hace solo cinco años Salamanca era menos esta máscara en la que se convierte, tan perfectamente lounge, tan impolutamente nice, tan procuradamente hípster. Y hasta los castañeros de marras se avisan con chestnuts. No se dice aquí que no esté superbién enfatizar que ahora sí somos bilingües, pero todo ha adquirido un barniz tan igual a lo que está en todas partes que los turistas empiezan a entrever, en Salamanca, el mismo lugar que dejaron en casa aunque hayan viajado miles de kilómetros. Escucho a los chicos quedando en Starbucks para probar los muffins y me entra morriña de la magdalena que encuentra los tiempos perdidos.

Cerrar. Los lugares, los ciclos, los días, los libros, las historias de amor. Cerrar la casa con la mudanza a cuestas y dejar allí el eco de lo que en ella fuimos. Entender, con el portón echado, que tal vez hemos sido felices (como en aquellos besos) y pedir el smoothie, aunque sea a contravoluntad, para entender lo que sigue. Es bien sabido que when one door closes, a window opens. Pero tal vez la nostalgia alimenta mejor cuando prefiere el café con leche en taza sin straw y la tortilla de patatas de toda la vida.

Salamanca, 11 de enero de 2019