Jueves, 23 de mayo de 2019

Cuando todavía es Navidad aunque ya no lo parezca

 

“Un gran silencio envuelve el mundo”, escribía un amigo el pasado 7 de enero, lunes para más abundamiento del sigilo y de la calma tras la tempestad. Por casa, entre regalos de Reyes, algún fleco rebelde de dorado espumillón y alguna brizna de musgo que se resistió a volver a la oscuridad que le corresponde durante once meses al año. En la calle, noches más oscuras al ser privadas de la luz navideña en su versión artificial y artificiosa.  Dentro, la vuelta a las rutinas, el aplazamiento de los nuevos propósitos, la adquisición de otras urgencias y la reflexión, aunque sea brevemente, para compartir ahora la certeza de que todavía es Navidad aunque ya no lo parezca.

Hasta el domingo la celebra la Iglesia en esa acción tan sublime y tan desconocida como es la liturgia, y no se me ocurre otra manera de explicarlo que mantener en el balcón la banderola del Jesús Niño hasta que el Jesús Adulto se arrime a la orilla del Jordán para invitarnos a renacer por el bautismo. Sucedido ese renacimiento, y asumido, y abrazado, y sufrido a veces, y gozado siempre, entonces sigue siendo Navidad. Todavía aunque ya no lo parezca. Aunque ya no se llene la televisión de sensuales anuncios de perfumes caros y decaigan los excesivos banquetes desaconsejables para la salud pero no desaconsejados por las autoridades sanitarias.  Aunque ya no se colapse whatsapp con un aluvión de buenos deseos (“¡Tengo un empacho de prosperidad!”, me confesaba una amiga) y remita la ola de buenrollismo espiritualmente plano y políticamente correcto, que suele ser lo habitual. Precisamente por eso, ya no lo parece pero es.

Por si no nos habíamos dado cuenta, esta semana hemos podido seguir celebrando la Navidad, y felicitándola, sin necesidad del aparato mediático que la eclipsa a menudo y la desnaturaliza no pocas veces. Por esas paradojas de la vida, no comenzó a finales de octubre cuando asomaron los turrones en los supermercados, ni en pleno noviembre cuando el alcalde de Vigo le dio al interruptor de su “no va más”, ni siquiera cuando en nuestra Plaza Mayor la “Nochevieja universitaria” (¿uni… qué?) dejó paso a la caja de regalos que no he llegado a ver encendida… Aunque quizá, por las mismas paradojas, sí comenzó a finales de octubre cuando los mejores aliados de los Reyes Magos comenzaron a estudiar la forma de que esta sensibilización especial que trae la Navidad ayudara un año más a los que menos tienen y más necesitan. O en pleno noviembre cuando algunos belenistas se afanaban para mostrar a todos una plasmación bella de la más bella de las historias. O cuando en nuestra Plaza Mayor empezaron a reunirse amigos que quizá sólo se dan un abrazo cada doce meses y encuentran en estas fiestas la mejor razón para dárselo.

Por eso, y aunque ya no lo parezca, todavía es Navidad. Lo ha sido esta semana, lo es este domingo del Bautismo de Jesús y lo será cada día del resto de la historia, como un eco, como la constatación de que quien creció en el vientre de la mujer siempre vive, como la seguridad de que somos capaces de amar, como la esperanza de que somos capaces de Dios.