Lunes, 22 de julio de 2019

Los límites que me encierran

 

“El objetivo de la vida es nacer plenamente, pero la tragedia consiste en que la mayor parte de nosotros muere sin haber nacido verdaderamente. Vivir es nacer a cada instante”.

Eric Fromm

 

“Contemplación es ver, sin estar. Estar sin ser. Es sentir sin los sentidos físicos, es como flotar en un inmenso vacío de plenitud total…Es tan hermoso como un silencio total, una armonía absoluta…”

Sabina

Nuestra sociedad postmoderna parece estar marcada por lo efímero y la fragmentación, la búsqueda de sentido se vuelve una tarea ardua, pero no imposible. Recelosa de lo religioso, pero necesitada de espiritualidad, ese salto de comprensión o más bien de “iluminación”, en la que se descubre la presencia universal de lo divino y nuestra implicación en ella. Una comunión entre el Creador y la criatura en diálogo y transcendiéndolo todo en la realidad profunda del silencio, lugar de manifestación del misterio. Un Dios dentro y fuera, cerca y lejos que nos ilumina la mente y nos estimula el corazón en la desnudez interior de nuestro ser, donde nosotros mismos podemos ser silencio.

En nuestra cultura se está dando prioridad a la inteligencia racional, pero nuestra evolución no estará completa hasta que no se desarrolle también la dimensión espiritual. Nuestra inteligencia tiene una triple dimensión: emotiva, racional y espiritual. Si no se desarrollan esas tres dimensiones no hay un desarrollo completo de la persona humana, solo en el seno de la inteligencia espiritual se puede dar el encuentro con el misterio y la iluminación de la fe. Esa dimensión no se alimenta con palabras de la inteligencia racional, ni las emociones de la inteligencia emocional, sino en el silencio hecho oración y contemplación.

Karl Rahner profetizó en el siglo pasado, que “el cristiano del siglo XXI será místico o no será”, se puede ampliar esa reflexión a todo ser humano más allá de los dogmas y religiones, ya que a lo largo de los siglos el ser humano ha dado pasos para que le lleven directamente a la trascendencia. Es un paso que se deberá dar para no sucumbir en lo efímero y puramente material, diluyendo todo proyecto inteligente. Un instinto espiritual, parejo al instinto animal y racional, late en nosotros a la espera de ser invocado.

Después de esta larga introducción, quiero cumplir con la promesa a mi amiga Neus Castells que me puso en contacto con los “Diarios de una experiencia mística” y adentrarme en esa realidad en la que la persona indaga acerca de sí misma, de la vida, y de lo que trascienda a ambas. En palabras de San Juan de la Cruz, entréme donde no supe: y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo. Una espiritualidad que, como un tesoro escondido, no es patrimonio de sabios o inteligentes, ni siquiera de piadosos, sino de cualquier creyente que ahonde con ayuda del Espíritu en la contemplación y la oración.

“Diarios de una experiencia mística”, nacen de los escritos de Sabina, una mujer como tú y como yo querido lector, Madre de sus hijas y abuela de sus tres nietos. Una persona sencilla, que no pertenece a ninguna institución religiosa ni a ningún movimiento New Age, pero católica por su cultura, comenta mi amiga Neus. He leído con detenimiento su primer diario “Los límites que nos encierran”, pero me quedan pendiente de su lectura “El despertar espiritual y “Jesús, el hombre”. Sabina, esposa y madre, a los 44 años le sobrevino una experiencia que la transformó por completo al encontrarse de frente con una realidad que desbordó la forma de concebir su vida. No debió ser fácil para ella ese momento, tres años en cama donde casi pierde la vida y, luego verbalizar durante 21 años esa experiencia que transciende las palabras y poder ponerla por escrito.

Ella misma se pregunta en el libro ¿Cómo penetrar en el mismo misterio que crea nuestra manifestación?, los límites nos encierran en nuestra finitud, en nuestra identidad ego-céntrica, en nuestro plano de conciencia actual, según sus palabras. Tan solo desde lo que es, el ser se abrirá a lo que está ahí y a través de la creación que se expresa en la vida como un Don. Son palabras sencillas, pero muy profundas. El misterio se expresa en la creación donde nos da ser y conciencia y, ahí, nos sitúa tanto dentro como frente a esa verdad. Una realidad que alcanzamos a reconocer como un don de vida y que a través del amor se nos ofrece y da con sencillez y naturalidad.

Sabina afirma que el individuo está incompleto en la finitud racional y emocional de su existencia, la finalidad humana es cruzar el vacío de la propia inconsciencia natural y crecer, desde los límites del yo para poder desarrollar la luz interior. Poco a poco esa espiritualidad va desestructurando al propio ser, lo vacía y lo desnuda de todo un orden natural que le sujetaba, no puede ser realizada desde las potencias sensoriales, sino desde una apertura de la naturaleza espiritual. Todos somos místicos ante el misterio, pero solo el alma puede alcanzar ese estado contemplativo y puede abrirse esa realidad oculta.

Esto llevará a una forma nueva de ser y de estar, una nueva forma de ver y mirar, donde poco a poco irá contemplando un orden nuevo, donde todo se irá situando en armonía. Contemplación es ver, sin estar. Estar sin ser. Es sentir sin los sentidos físicos, es como flotar en un inmenso vacío de plenitud total. Tan hermoso como un silencio total, una armonía absoluta, es sentir una gran paz. Es ver la belleza de la creación, fuente de inspiración de donde todo nace, y toma cuerpo y expresión. Y sintiendo esto, se comprende el éxtasis donde todo se suspende en esa quieta armonía, donde todo se comprende.

En esa dimensión espiritual se llega ser conscientes de que la presencia de Dios en uno no es exclusiva, y que a Él se le puede descubrir y amar en toda su Creación, en todas sus criaturas. Como nos dice Sabina, se produce un cambio de orientación que sintoniza con el misterio que nos habita, adquiriendo hábitos como la caridad o la paz que facultan el desarrollo de una nueva persona que ha de destacar precisamente en ellas. En esa realidad espiritual, ya todo se está viviendo como una oración, porque la comunión con Dios en uno mismo y en los demás hace que todo tenga el sentido de un diálogo permanente con Él. Hemos alcanzado la plenitud del silencio.