El nuevo sarampión

Un detalle – que en otro momento habría pasado desapercibido- ha venido a enturbiar los actos conmemorativos de la Toma de Granada. Si el resultado de las elecciones andaluzas del 2-D hubiera sido el mismo de los últimos cuarenta años, las clásicas protestas de los inconformistas de siempre habrían transcurrido, como otras veces, sin apenas eco en los medios de comunicación. El destino se ha encargado de que el aniversario de esa fecha histórica, para Granada y para toda España, llegara justo un mes después, el 2-E, y con toda la apariencia de traer aparejada una alternancia de poderes políticos. A la vanagloriada supremacía moral de la izquierda aún le falta superar un escalón: saber aceptar las derrotas.

Por más circunloquios que se busquen, el pueblo andaluz se ha encargado de terminar con la hegemonía izquierdista de las últimas décadas. Ni el clientelismo, ni el reparto grosero de fondos oficiales, ni la cultura de la subvención descontrolada han sido suficientes para contrarrestar el concepto que tienen los andaluces de quienes han gobernado tan larga temporada. Al final, han escogido otras opciones para intentar salir del abandono en que se ha movido la clase política que ha convertido Andalucía en la Comunidad más atrasada de España, y una de las últimas de la UE.

A todos los colectivos -en realidad, una minoría- que han hecho acto de presencia en las protestas del 2-E, Boabdil, la Toma de Granada, los Reyes Católicos y todos los moros de la Alpujarra les importan un bledo. Unos, porque están infectados por una versión tergiversada de la historia; otros, porque no conocen esa historia ni tienen deseos de aprenderla. Lo cierto es que sobra demagogia y falta cultura. Tratando de imitar a esas corrientes de demanda nacionalista, tan de moda en nuestros días, son capaces de exhibir burdas copias de símbolos y eslóganes con tal de “estar al día”. Antes de emitir una opinión, hay que tratar de conocer el tema concreto, en este caso, la historia de España. Ya lo dijo nuestro rector Unamuno: “El nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia”.

En cualquier caso, lo que de verdad saca de sus casillas a la izquierda es todo aquello que huela a España. Ver una bandera nacional ya origina una verdadera erisipela. Si, además, concurren la Iglesia y el Ejército ¡para qué queremos más! Como guinda del pastel, si se huele cambio en el próximo gobierno andaluz, tendremos los ingredientes suficientes para cocinar las protestas, en Granada o donde se tercie.

Ya que nos referimos a la Toma de Granada, bueno será recordar que todo comenzó por el “resbalón” de Don Rodrigo, a quien se le culpa de ineptitud en la batalla de Guadalete. Las malas lenguas atribuyen la ineficacia del rey godo a una excesiva afición al sexo opuesto. Así justifica el romancero el triste final del monarca, cuyo cuerpo fue atacado por víboras que comenzaron “por do más pecado había”.

En la Granada actual, parte de esa Andalucía abandonada, ya no podemos hablar de genocidios, expolios, esclavitud y opresión. Tampoco puede culparse todo a los males de “bragueta” -aunque de todo hay-; pero sí a la corrupción, desidia, permisividad, nepotismo, o incuria. Aquí el resbalón ha sido multitudinario y prolongado y, de repente, existe una clara posibilidad de que muchos de los responsables de tal estado de cosas deban dejar sus cargos y canonjías. Han sido demasiados años de vacas gordas para unos pocos y de olvido para muchos. Por eso, antes de asumir la nueva situación, intentan agotar todas las posibilidades sin rendir la plaza. En esta ocasión es la de Granada, mañana será Sevilla, Cádiz… y así hasta el último lugar donde alguien tenga en juego el pan suyo de cada día. Es humano y por ello no debemos rasgarnos las vestiduras. Lo que no pueden hacer otra vez es pretender engañar al ciudadano de a pie. En Andalucía, como en tantos otros lugares de España y del mundo entero, “la izquierda iletrada de estabuladores ideológicos”, revanchista y marxista, ha fracasado estrepitosamente. Su manera de entender la política acaba igualando al ciudadano, pero por abajo. Los que exhibían esas banderas andaluzas esteladas y propugnaban el bienestar de regímenes yihadistas, chavistas y marxistas, tienen la suerte de estar equivocados. Si, por un momento, tuvieran la necesidad de experimentar la “prosperidad” de esos paraísos, dejarían de hacer el ridículo. Lo más triste es que, entre los que suspiraban por la situación del mundo islámico, también se veían mujeres. Sólo la ignorancia -o la mala fe- puede justificar su postura.

El antiespañolismo -el nuevo sarampión- que alimenta el estilo de vida de la izquierda ya está muy visto. Algunos iluminados de vía estrecha siguen aferrados a papá Lenin, porque les ha servido para alcanzar un sueldo oficial, imposible de lograr por otros procedimientos; otros, porque todavía esperan lograrlo. Todos ellos tienen la suerte de ser españoles -aunque no lo deseen-, sin embargo, en las actuales democracias occidentales, no tendrían cabida; pero no por sus ideas -que para eso son democracias- sino por sus formas. Allí no se toleran ultrajes a los símbolos nacionales ni ataques al Estado. La pretendida libertad de expresión que se exige en España, no sirve de pantalla que enmascare los excesos en otros lugares civilizados.

Andalucía bien se merece una vacuna contra el sarampión que ha impedido su desarrollo. El empresario, el agricultor, el funcionario, el obrero, el estudiante, el enfermo, el parado y el turista -entre otros muchos- serán los primeros en comprobar los efectos del cambio. En caso contrario, siempre les quedará el recurso del voto.