Jueves, 20 de junio de 2019

Santificarás las fiestas

Qué hermosos son estos días azules, días en los que los jirones de niebla no ocultan la helada despiadada de todas las mañanas, el suelo que resbala pese a las inclementes bolitas de sal que crujen bajo las ruedas. El invierno es crujiente, helador, cruel y luminoso en estas tierras de cencellada, y nos cubre de gorros y bufandas, de guantes y abrigos, niños que salen a la calle con las mejillas rojas… es la poesía de los días, la latencia de un tiempo de casa y calor, de recogimiento y de castañas asadas.

Tienen las estaciones y las fiestas esa forma sutil de hilvanar el tiempo, de puntear los meses con el remate final de la fiesta, del encuentro, del hilo de los días que se acumulan y se solapan y ya pasó la navidad, estamos ahítos de luces, de bolsas, de encuentros, de papel de regalo olvidado en un rincón y toca retirar el árbol, descolgar las luces, volver a la normalidad que ahora tiene el sonido también festivo de las rebajas, porque a pesar de que no lo necesitas, has encontrado algo que te gusta y te lo llevas a casa con ese descuento que te engaña y te fascina porque somos animales de costumbres y el mes de enero se despide con cuesta y el de febrero se presume lento y aburrido. Llegará tarde el carnaval, cosas de la luna, y luego se presentará la primavera como siempre, de sorpresa, de un día para otro, estirando la luz, alegrando los árboles de la plazuela. Entonces volveré a decir que en Extremadura este tiempo bendito llega antes, y no como los trenes, que no es que lleguen tarde, sino que te dejan tirado en el camino, a despecho del frío y de la noche… porque en esta nación de naciones ya sabemos que los hay con estrella y estrellados, y como muy bien dice Julio Llamazares, que es un hombre sabio que sabe decir las cosas, al oeste de la piel de toro se olvidan los privilegios. Extremadura y Castilla y León son tierras generosas en naturaleza y patrimonio y parece que pagan el exceso con el abandono de la modernidad porque para qué la necesitan, si estos parecen vivir en la Edad Media. Un olvido secular al que asistimos resignados y no deberíamos hacerlo porque todos tenemos una milana bonita para que se nos pose en el hombro y nos picotee la conciencia de estar olvidados, arrinconados…

¿Qué hacer para no caer en la despoblación, en el olvido, en el abandono? Crear una red de ayuda, de infraestructura, de apoyo para el que quiera retirarse del mundanal ruido y vivir y trabajar en un pueblo donde todo debería ser más fácil. El centro de salud, la escuela, el medio de transporte, la residencia para el anciano que no quiera marcharse. Un apoyo cierto y necesario para que no dejemos ese espacio en el que tan bien se vive. Apoyo a la ciudad mediana, a la villa grande, al lugar ameno donde emprender, crear trabajo, cuidar la tierra, echar raíces. Somos carne de asfalto y de falta de pundonor. Nos sobra la resignación eterna de una tierra olvidada, sin embargo, en estos días azules, en los que recogemos la luz de la fiesta, en los que recapitulamos para volver a la normalidad, quizás tendríamos que indignarnos un poco. Gente recia, gente que santifica las fiestas, gente del diario, gente del frío y de la tierra.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez