Jueves, 24 de enero de 2019

Algunos intelectuales piensan sobre el fútbol

Historicamente el fútbol tuvo poca relación con la intelectualidad, sin embargo, poco a poco, algunos escritores se han ido acercando al hecho deportivo

Vladímir Nabókov, escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense

De siempre, el fútbol tuvo poco roce con la intelectualidad. Sin embargo, poco a poco se han ido acercando al hecho deportivo algunos escritores. Busca que te busca, siempre se logra encontrar alguna novedad.  “Si queremos saber realmente cómo fue el imperio romano o el mundo de los incas, tenemos que saber cómo se divertían, y nada explica mejor la industria del entretenimiento en nuestros tiempos como el fútbol, que es el deporte mejor organizado, repartido y explotado en el planeta. Es una forma de conocer lo que somos”, se explica Juan Villoro, autor entre otros del libro “Dios es redondo”. 

Por ejemplo, en un cuento de Roberto Bolaño, Buba, protagoniza una historia fantástica. Un nuevo jugador venido de África hacía magia con el balón practicando rituales de sangre que le convierten en invencible en el terreno de juego. Bolaño describe escenas, jugadas y partidos como un relato exacto de una crónica periodística de cualquier jugada en una jornada de fútbol de cualquier país.

Dijo Nabokov: “El trabajo de un guardameta es comoel de un mártir, un saco de arena o un penitente”. Otro escrito menos practicante como Umberto Eco, un detractor futbolístico señaló: “El fútbol es una de las supersticiones religiosas más extendidas de nuestro tiempo”.

Del mismo modo que George Orwell aseguró que el fútbol “no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, los celos, la jactancia y el placer sádico de presenciar la violencia…” Menos mal que contrarrestamos con Albert Camus, que sí llegó a jugar al fútbol y aseguró: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Günther Grass, aficionado del Friburgo, había escrito un poema “Estadio de noche” en el que comparaba a un portero con un poeta solitario: “Lentamente ascendió el balón en el cielo./Entonces se vio que estaba lleno el graderío./En la portería estaba el poeta solitario,/pero el árbitro pitó fuera de juego”.  

Mario Benedetti, firmó: “Gracias al fútbol, a los uruguayos nos conocieron en el mundo”, habiendo escrito un cuento muy expresivo, “Puntero izquierdo”. Y se atrevió: “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios”.

Nick Hornby escribió “Fiebre en las gradas”: “Me enamoré del fútbol igual que más tarde me enamoré de las mujeres: de repente, inexplicablemente, sin crítica, sin pensar en el dolor o los trastornos que traería consigo”. Claro que Villoro concreta: “El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. No estamos seguros de encontrar tiempo para ir al dentista o al supermercado, pero sabemos con estratégica anticipación dónde veremos la final de la Champions”.

Y Sartre da en el clavo: “En un partido de fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario”. Lógico. Quizás el más pragmático sea Anthony Burgess: “Cinco días son para trabajar, como dice la Biblia. El séptimo día es para el Señor, tu Dios. El sexto día es para el fútbol”. Y eso que había escrito “La Naranja mecánica” sin referirse al fútbol de la Holanda del 74.

El punto de delicadeza gay lo ofreció Oscar Wilde: “Como juego, el fútbol está muy bien para chicas toscas, pero es apenas conveniente para chicos delicados”.