Domingo, 8 de diciembre de 2019

La primera página

Encontrar el cuaderno es importante. Llevarlo de vuelta a casa atenazado, con ternura, entre los brazos, haciendo que reciba del calor del propio pecho lo que el cuaderno esté dispuesto a aceptar. Entrar con él a casa. Posarlo encima de la mesa y pasar un solo dedo por su lomo, decirle te esperaba, bienvenido, escuchar en el contacto el susurro que anuncia el principio de algo intenso o tórrido arrobado o difícil, tan bonito que se eriza la piel de solo imaginarlo y tiembla, debajo del ombligo, el vértigo de la posibilidad.

Acercarse a la mesa es importante. Volver a olerlo como si no hubiese otro perfume más íntimo que su olor a página recién inaugurada, abierta en esta esquina en donde empiezas, otra vez, a dejar que algo te nazca entre los dedos. La ternura asusta. El dolor de la belleza que puede desatarse en un segundo de mirar hasta que se deshacen los ojos en su lluvia y la promesa de parir. Abrir el cuaderno es importante: arrojarse en él como al abismo, sabiendo que el blanco de sus páginas puede romperte muchas veces, de frustración y de impotencia, puede rasgarte para sacar de tu fisura unas alas que comiencen a crecerte en la muñeca a fuerza de quebrarte y de confiar. Y, después, empezar a derramarse en ese lienzo, abrirse paso entre las horas de inmersión en lo difícil con una caja preparada de pañuelos. Porque las gafas terminan empañadas de gritos, también de balbuceos, en el parto de empujar al mundo una palabra nunca dicha. Las gafas terminan empañadas del insomnio y su humedad. Entender que solo hay una manera y la manera es levantarse sobre el miedo de mirar, fijo y a los ojos, lo que aún no tiene nombre, hendir en lo más hondo, aceptar, palmo a palmo, esa navaja que te hurga por dentro.

Escribir duele. Es más fácil hacer oídos sordos al zumbido de lo que pincha por nacer. Es más fácil cerrar los ojos con fuerza y decir dejadme en paz que hoy no quiero, darse la vuelta, mirar a la pared. Pero ellas siempre esperan, las cosas que quieren ser dichas esperan a que tú te descuides y te asaltan, te alborotan, te toman por sorpresa, te dicen ahora sí y no hay, entonces, más remedio que asomarse a la primera página, la que más encandila, la de color cuesta infinita, la que más se atasca. Hoy os cuento esta historia porque es parecida a la dulzura de todos los comienzos, y enero tiene algo virgen que se empeña en renovar la mirada, una manera de decirnos que tal vez, que sí, que algo es posible, y se abre igual que un alba con todas sus semillas por dentro.

Asusta, sí. Por supuesto que asusta esa página en blanco con su máscara tímida y el corazón lleno de dientes. ¿Cuál es la historia que os cuento? Os hablo de Sísifo remontando su piedra incansable, su piedra que rueda hacia abajo mientras él corre tras ella y la alcanza y la sube de vuelta sin rendirse jamás. A Sísifo la piedra se le cae y Sísifo la busca, de nuevo, y tal vez la persigue silbando porque el paisaje es hermoso de ver. Y la empuja, otra vez, pendiente arriba, la empuja como quien escribe, recordando que ese impulso es todo lo que hay, la única promesa: primero un pie, después el otro.

Decir enero es abrir el cuaderno de páginas frescas y empezar a tantear, como un equilibrista, sobre los hilos nuevos. Decir enero es también levantarse empapada de niebla, anticipar la llegada de un sol que bosteza, desatar lo blanco de lo blanco, empuñar la palabra que alumbra para blandir la vida en contra de lo oscuro. Y arrojarse a pecho abierto sobre el hielo hasta que el alba arda de todo lo que tiene que nacer. Asusta, claro. Nacer siempre ha sido difícil: cambiar de piel, ponerse del revés, quedar del otro lado, desnuda y balbuceante, con tanto todavía por nombrar. Volcarse allí, sobre un cuaderno limpio, y empezar a contar, desde el principio, érase una vez una casita entre la bruma que amanecía silenciosa el primer día del año. Y la casita estaba llena de sueños, soñaba con sísifos, con magos y con truenos. Había también en ella una persona imaginando la vida, el río, pájaros, el viento del invierno. Cuando el primer rayo de sol rozó las hojas, los pinceles empezaron a teclear. Entonces la persona se puso los zapatos para dibujarse a sí misma, primero un pie, después el otro.

Salamanca, 4 de enero de 2019