Jueves, 24 de enero de 2019
Las Arribes al día

También con los frailes

Ayer sábado 29 de diciembre, el grupo de Teatro ‘Lazarillo de Tormes’ representó su montaje "Teresa, la jardinera de la luz" en el marco del conjunto de actuaciones patrocinadas por la Diputación de Salamanca

El año llega a su fin. A pesar de que se cerrara el Jubilar Teresiano en el mes de octubre, en el que se conmemora la muerte de Teresa de Jesús, el grupo de teatro ‘Lazarillo de Tormes’ ha seguido dando a conocer tan singular figura a lo largo de todo el 2018 gracias a su también singular montaje Teresa, la jardinera de la luz. Ha demostrado cumplir con rigurosa profesionalidad su compromiso con la Diputación salmantina de que esto fuera así a lo largo y ancho de toda nuestra provincia para cada pueblo que se ha interesado por su puesta en escena tan prolífica en actuaciones desde su estreno hace más de tres años.

La profesionalidad de estos actores aficionados se hace patente también en escena, en una interpretación creíble y fluida de un guión no exento de originalidad, con un atrezzo de creación propia que propicia una escenografía tan sencilla como adecuada. El escenario también lo es. Cada altar de cada iglesia utilizado durante todo este tiempo a tal fin ha dado la oportunidad a muchos espectadores de disfrutar de este trabajo, pues las localidades han aportado el que en ninguna falta, el interior de estas iglesias, más o menos rico, más o menos antiguo, cuidado o no, pero siempre proclive a acoger la historia de una mujer tan excepcional como ha resultado ser la forma en la que lo ha hecho ‘Lazarillo de Tormes’. Predicamento y estructura de buena factura como lo era la de la orden religiosa a la que se refiere el predicado que acompaña al nombre del pueblo al que llegan estos actores en el último fin de semana del año.

Sardón de los Frailes pertenece a la comarca de Ledesma. Curioso topónimo para un pueblo de lejanos orígenes, como lo demuestran sus chozos y cercas de piedra vetonas y el ‘modus vivendi’ que aún conservan en el lugar, basado fundamentalmente en la ganadería lanar. Su geografía de monte bajo de encinas, también llamado carrascal dio lugar a su nombre que proviene de la palabra latina ‘exarritare’, pero más curiosa es la mención a esos frailes, que no son otros que los dominicos de san Esteban de Salamanca a cuyo señorío eclesial perteneció el lugar desde el siglo XIV al XIX, y cuyo apelativo se ha mantenido hasta ahora.

San Pedro Apóstol es la advocación bajo la cual sigue la iglesia parroquial de Sardón desde que así se la llamara en el siglo XII cuando llegaron a estas tierras los primeros cristianos leoneses. Abrió el templo a unas mujeres que con hábitos de carmelitas se situaron en el altar, perfecto cubo, símbolo de unión entre el Cielo y la Tierra, coronado de un preciosista artesonado. Allí hablaron de su querida madre a un padre dominico enviado de La Inquisición que busca en ella pruebas de herejía religiosa. Gran Orden de Predicadores la de los dominicos tan significativos para este pueblo, pero que no puede ante la locuaz dialéctica de unas monjas con hábitos de paño de oveja que con la sincera y veraz narración de los hechos solicitados por el dominico que las interroga, pierde fuerza e intimidación. Ni el púlpito en el que encaramado no ceja en su verbal empeño, ni la sublime música renacentista procedente del renacentista órgano del maestro Salinas, que también parece auténtico, solapan la fuerza de unas palabras que son las de Teresa, las que enseñaban, ayudaban a reformar su deteriorada orden, defendían a hombres y mujeres de su tiempo, religiosos o civiles, frailes o monjas, de cualquier congregación, de cualquier ámbito. Sus escritos son prueba irrefutable y el público asistente en la Iglesia de Sardón presencia la escena en el convento de Alba de Tormes en donde todo parece desarrollarse.

Cuando los vecinos abandonan el templo por su arco redondo del XVI de la portada sur, una esbelta torre del campanario parece mirarles, guardando desde lo alto el sonido de sus campanas que en pocas horas anunciarán la llegada de otro año, pero cuyo sonido, a juzgar por los comentarios hechos por las voces que se aglutinan en la puerta, no lograrán borrar la atemporalidad de lo escuchado dentro de unos muros, como lo fueron otros donde una admirable mujer consiguió ser libre. Y las aguas del embalse de Almendra que hace años inundaron parte de este pueblo que permanece entre ellas como una Península, son la metáfora perfecta de cómo mantenerse firme en medio de imponderables para llegar a la posteridad siempre eternos, siempre renovados, sea en medio del Mar de Castilla, sea dentro de las páginas escritas por la Historia con las historias de todos los hombres. Muchos y nuevos caminos tantas veces pisados antes.

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