Lunes, 20 de mayo de 2019
Las Arribes al día

Aquella perdiz en Ambasaguas

Terreno duro de ladera y monte bajo, la colaboración de un perro en esta técnica es fundamental para localizar a la reina de la menor y cobrarla cuando se tiene la fortuna de poderla disparar y abatir

Argo junto a la Franchi y los cartuchos del Remintong en otra jornada de caza por Las Arribes / CORRAL

Era una tarde de finales del otoño, la última del largo puente festivo de la Constitución, aunque más bien parecía la de una primavera adelantada, pues el sol lucía con fuerza desde el horizonte portugués, uno de esos días extraños en los albores del invierno en Las Arribes, entre el Tormes y el Duero, y con el rocío humedeciendo el campo en la umbría que mira a Fermoselle. Ambasaguas volvía a ser el lugar que había elegido para patear un rato en busca de alguna perdiz amochada después de varios días de caza seguidos, así que comí pronto y sobre las tres y media ya estaba en Villarino.

Me acompañaba, como desde hace 12 años, Argo, un extraordinario bretón que como al dueño los años no le perdonan, desde hace dos aquejado de sordera después de sufrir la picadura de una procesionaria, que no necrosó su lengua, pero que lo dejó como una tapia, así que no sirve con él ni silbido ni silbato, y Argo lo sabe, por lo que se mantiene más pendiente de mí que en él era costumbre.

 

Apenas sin meter ruido, se descolgó del bancal y también mi instinto me dijo que algo se había movido a mis espaldas

Llegado a Las Cuestas y con el Teso de la Bandera coronando el horizonte, me puse la canana en la cintura y me eché al hombro la mochila después de sacar la gorra, hoy imprescindible. Giré media vuelta y comencé a caminar ladera del Tormes arriba para llegar a ver la parte Este del Teso de los Cabriles, y fue en ese mismo punto cuando observé que Argo había detectado que cerca andaban las perdices, así que me tocó aligerar el paso para acercarme más a él. No hubo tiempo para mucho, a los pocos metros cayó en muestra –¡ahí las tiene!–. Inmovil, casi petrificado, su cuerpo temblaba como un flan camino de la mesa. La tensión de Argo era increíble a pesar de su edad, un perro que siempre mostró una pasión por la caza que nunca vi en otro, y he visto cazar a muchos.   

Le mandé guiar con un –¡vamos!– acompañado de un toque en su cabeza. Rompió la muestra y se arrastró casi como un felino unos 15 metros, hasta que se paró de nuevo. El poco viento de la tarde le favorecía, también la humedad, aún presente del rocío de la mañana, y yo ya impaciente miraba por delante de su cabeza, con la Franchi proxima al pecho, segundos eternos hasta que escuché un leve brbrbrb mientras la adrenalina se desbordaba por mi cuerpo. A 70 metros había visto a la ‘perdigocha’ aparecer y desaparecer al mismo tiempo, un segundo nada más, lo suficiente para tener la escopeta en la cara y no negarle un Remington de 34 gms. y perdigón de 7ª. Habría sido una ‘carambola’ caerla, pero creo que no se dio, y digo creo porque en estas situaciones te quedas un tanto preocupado por si la bajaste sin verla, así que no puedes reprimirte y echas un vistazo más abajo e incluso le dices al perro que busque, pues no sería la primera en caer alguna sin saber que lo había hecho, situación de la que te enteras porque el compañero que estaba en mejor posición para ver el lance te ha dicho que la habías bajado. Pero hoy no tenía a nadie para que me sacara de dudas, así que el remordimiento me persiguió hasta el siguiente lance.

El lance

Di media vuelta y me dirigí ahora ladera abajo, 80 metros por debajo de la línea primera. Ver una perdiz sola era sinónimo de que habían sido disparadas por la mañana, por lo que de haber alguna más estaría más cerca del río, en un bosque ce escobas, henasco y monte bajo casi infranqueable, solo abierto en algunas zonas, pero que para llegar a ellas tienes que pasar por aquello que dijo Churchill de “sangre, sudor y lágrimas”, metido por entre los carriles que dejan los jabalíes, a diferencia de que yo mido 1,71 mts. y me sujeto con dos apoyos sobre un terreno con un 20% de desnivel. Llegué a sufrir de dolor en los tobillos por unos minutos, hasta que pude salir a un claro a tomar un poco de aire, aunque el descanso fue más bien corto.

Argo volvía a coger el rastro de las perdices y me obligaba a estar en alerta de nuevo, mi compañero volvía a caer en muestra, esta vez apuntando a una zona llena de maleza, de bancales perdidos que un día fueron viñedos y de los que se han apropiado zarzas y escobas, donde las matas de carrascos se han convertido ya en enormes encinas.

Argo había guiado unos metros, se había colocado un bancal por encima del que me encontraba, apuntaba al Teso de los Cabriles, pero yo solo veía monte, así que solo esperaba un golpe de fortuna para que la perdiz me saliera por delante. La altura del bancal me impedía subir donde estaba Argo, y buscar la orilla de acceso podía ser fatal, pero no cabía otra. Argo había desaparecido de mi vista pero estaba convencido de que se encontraba en muestra, pues el campo había enmudecido por instantes. Esperé unos segundos más hasta que la impaciencia me pudo y corrí al lado izquierdo del bancal para subir al siguiente.

Y es que parece que las perdices te observan o tienen un don especial que les permite saber lo que pensamos los cazadores, yo digo que es su instinto de supervivencia, pues saben que su vida está en juego. Apenas sin meter ruido, se descolgó del bancal y también mi instinto me dijo que algo se había movido a mis espaldas, me giré, encaré la Franchi y disparé otra vez por intuición, aunque ahora pude observar cómo hacía un extraño en el vuelo, por lo que le repetí el segundo cuando se cubría entre las ramas de varias encinas. No vi más.

Corrí hacia abajo, casi con riesgo de llegar al Tormes rodando por la tierra, pero por fortuna no tropecé. Al momento vi a Argo comenzar a buscar por debajo de las encinas, como si hubiera olido la dirección del tiro, cualidad que he conocido en más perros. Era imposible encontrar allí una perdiz, y menos ‘alicorta’, pero Argo no cejaba en su empeño, se mostraba tan excitado como cuando tenía dos años, así que le di tiempo sin perderlo de vista. Iba de un lado a otro recorriendo bancal por bancal en la zona de tiro, así hasta que 100 metros más abajo lo vi en muestra por el hueco que dejaban los troncones de una mata de escobas. –¡Ahí está! ¡Tráela, bonito!–. La emoción me pudo cuando le vi con la perdiz en la boca. Sangre, sudor y lágrimas.

Buena caza y feliz 2019.