Domingo, 15 de diciembre de 2019

Erótica del despilfarro

Como sociedad hemos perdido muchos valores esenciales, nos hemos vuelto muy exigentes, en muchos casos, en cuestiones secundarias, que nada tienen que ver con nuestra dignidad personal y colectiva

Parece que estos días se nos obligara a vivir en lo que podríamos llamar erótica del despilfarro. Es como expresa su poder la sociedad de la abundancia, del derroche, la sociedad que mide el bienestar por el tener, por el comer, por el lujo, en definitiva, por el despilfarro

Hace medio siglo y aun antes, cuando no se había completado aún el éxodo rural y todavía se asentaba en el ámbito campesino una no pequeña parte de la población del país, las Navidades estaban marcadas por la religiosidad popular (en cada comarca o región con sus propias tradiciones) y por unos extraordinarios nada de allá, como, por ejemplo, las botellas de anís y de coñac, una de cada clase, que había en cada casa para las ocasiones extraordinarias; las barras de turrón duro y blando, una de cada tipo, que, en ocasiones, mandaban de la ciudad al pueblo los parientes que habían emigrado… y poco más.

Pero dimos el salto y olvidamos enseguida esa ética escueta de la dignidad, que la pobreza imponía, y nos volvimos una sociedad exigente, donde el signo de lo que habíamos progresado lo marcaba esa escalada del consumo que nos ha llevado a esta erótica del despilfarro que se exhibe sin pudor alguno. Porque, claro, como diagnosticara certeramente Guy Debord, vivimos en la sociedad del espectáculo.

En uno de los días post-navideños, una emisora de radio hablaba de toneladas de alimentos que desperdiciábamos y desechábamos los españoles en estas fiestas, sin pudor alguno.

Luego, eso sí, llevamos a los indigentes a cenar al Museo del Prado en la Nochebuena, gesto (y otros varios que se realizan de tal tipo) que está bien, es verdad, pero que no logra tapar ni disimular nuestras vergüenzas como sociedad entregada a la erótica del despilfarro.

Qué lejos quedan estos días de celebraciones de todos de aquella aspiración que expresara Fray Luis de León a la ética de la sobriedad, quien, en la oda a la “Vida retirada”, indicara este sabio ideal: “A mí una pobrecilla / mesa, de amable paz bien abastada, / me baste; y la vajilla, / de fino oro labrada, / sea de quien la mar no teme airada.”

Qué lejos estamos –a años luz ya– de esa “pobrecilla mesa” que bastara a nuestro poeta, quien desechara todo tipo de lujos, como también nos indica en su bellísima lira.

Nosotros preferimos esa erótica del despilfarro, porque como sociedad hemos perdido muchos valores esenciales, nos hemos vuelto muy exigentes, en muchos casos, en cuestiones secundarias, que nada tienen que ver con nuestra dignidad personal y colectiva.

Que este 2019 nos sea propicio a todos y nos haga caer en la cuenta, si fuera posible, de dónde se encuentra aquello que, de verdad, tendría que importarnos.