El hermano lobo

El Levi es un braco alemán. Cuando llegó a nuestra casa aún era un cachorro y se pasaba llorando toda la noche. Se sentía sólo y desamparado. Igual que le sucede a un bebé separado del calor y del olor de su madre. Fue creciendo. En su niñez hacía mil trastadas. Lo que más le gustaba era esconder los calcetines en los lugares más insospechados. De joven oteaba el contorno, husmeaba buscando pareja. Vivía cerca del río. La parcela de la casa estaba cercada. Igual daba. Siempre encontraba un resquicio para escaparse. Levi era un Houdini consumado. Le buscábamos ya anochecido en el parque de la Aldehuela. Allí estaba esperándonos contrito y con el rabo entre las patas. En su madurez le paseábamos por el teso de Arapiles. Salía corriendo, corriendo, hasta que le perdíamos de vista. Cuando nos veía acercarnos al coche aparecía arrastrando la lengua por el suelo. El Levi se había hecho mayor.

Si le reñías por algo que sabía no debía hacer, arrastraba su trasero por el suelo. Si lo hacías de manera arbitraria, te gruñía. Si te veía triste, apoyaba su cabeza entre tus rodillas. Siempre salía a recibirte y daba vueltas a tu alrededor gimiendo excitado. Mi hija se lo llevó a Atenas. Me dicen que ya entiende algo de griego.

El Levi me ha enseñado un montón de cosas. Que somos, por ejemplo, parientes. Eso sí, muy lejanos, no obstante, parientes. Que también, esos mamíferos sufren, se alegran, son fieles y nunca mienten.

Cierta vez, un eximio catedrático me invitó a almorzar a su casa. En el vestíbulo, una cabeza de ciervo con su enorme cornamenta daba al visitante la bienvenida. En el salón otras diez o doce decoraban sus paredes. No así, creo, en el excusado. O igual sí, para colgar las toallas. El hecho es que el eximio catedrático, cazador empedernido, me ilustró acerca de las susodichas cornamentas: “En el medio del tallo se encuentra la punta central, o candil. La punta lobera existe a veces entre la punta central y la corona. No obstante, en la extremidad superior, variando según el número de puntas, se encuentra una horquilla (de dos puntas) o una palma (más de dos puntas). Etcétera”.

Se sentía orgullosísimo de sus proezas cinegéticas. Siempre efectuadas en fincas ilustres. En esas dehesas en las que los pichis ojean y ponen a los señoritos las piezas a huevos. Al caer la tarde exponían el producto de la masacre: cinco ciervos, ocho jabalíes, cien perdices y doscientas liebres. Ellos se quedaban con las cuernas y poco más. El resto lo repartían entre la servidumbre. Unos wiskis y unos habanos soltaban sus lenguas. Temas de conversación: a) negocios; b) comisiones; c) hembras.

Y siguiendo con matadores. Son las cinco de la tarde, suenan los clarines y sale el morlaco, la negra bestia. Unas banderillas, una pica clavada en los altos, una espada que atraviesa lo que sea, una puntilla, unas mulas que arrastran lo que queda. ¡Señores, arte, puro arte! Al menos, dejaron de ser gladiadores y son toros los que se pasean por el ruedo. Somos civilizados. Somos artistas. Somos telúricos. Somos españoles, españoles. De ahí la gualda con el toro y los novios de la muerte.

El final de esta sumaria historia lo conforma la ignorancia. Pensamos que somos los reyes de la creación y no lo somos. Pensamos que el hombre es el centro del universo y no lo es. Pensamos que el Levi, el ciervo o el toro son seres prescindibles y no lo son. Ignorancia más un punto de crueldad. Resulta curioso, como la derecha más extrema defiende a ultranza la caza y la fiesta nacional. Al tiempo, claman por la expulsión de inmigrantes, la restricción del derecho de asilo y la prohibición de desembarcar en puertos españoles a esos náufragos rescatados. Para ellos, unos y otros son igualmente prescindibles.