Jueves, 20 de junio de 2019

No salgas sola por el pinar

Me detiene la enfermedad y me colapsa la fiebre. A veces el cuerpo se retira a los cuarteles de invierno a caldearse en su propia temperatura, a solazarse con el sudor y el dolor. Y de repente estás fuera de todo, no valen fechas señaladas, ni citas, ni agendas, ni proyectos. Estás ahí pero no estás, eres pero no cuentas, duermes, te quejas, toses, deliras. Afuera, todos se afanan y continúan con el rito diario de levantarse, comer, caminar, seguir la vida. La tuya se concentra en que te duela menos.

No sabe de fechas la enfermedad, ni de plazos, ni de efemérides. No sabe nada, pero sí cómo hacer que todo gire en torno a la falta. Empiezas a contar lo que te duele y acabas encontrándote aún más huecos. En la cama no cabe más tristura, más angustia. Sabes que es un paréntesis breve, que el antibiótico hará su trabajo demoledor destrozándote de paso el estómago, sin embargo, la tristeza es un invierno en el que no cabe ningún rayo de esperanza.

Y no cabe porque no puedo dejar de pensar que les legamos a nuestras hijas un nuevo capítulo de infamia. Caperucita salió a correr y se la comió el lobo. Los padres que la quisieron libre y fomentaron su independencia ahora lloran su falta. Leí que cada generación tiene su propia caperucita. Mi hija ya ha tenido unas cuantas. Por eso les legamos ese temor constante del llama, llama, avisa, ponme un washap, letanía repetida, rimada de nuestros rosarios de modernidad y de tristura. Cómo es posible que, después de tantos años sigamos pidiéndole a una mujer hecha y derecha que avise cuando llegue, sigamos acompañando al portal a la chica, esperemos abajo que llegue su ascensor al piso, cómo es posible que continuemos con el mantra del llama, llama, llama…

Aquí estoy en medio de la fiebre. Sería hermosa y decadente si no fuera porque tiene nombre, es nombre de mujer es nombre de ausencia. Es un nombre que siempre me ha gustado, Laura, de laurel, Laura, de Petrarca, Laura, Laura, Laura… delgada como un pincel, deseosa de buscar un trabajo que le diera tiempo para pintar e ilustrar. La maestra recién llegada, la profesora sustituta, aquella en la que me miro, hace ya tantos años, pueblo pequeño, casas para alquilar donde he pasado todo el frío y la soledad buscada que me han cabido en la vida.

No salgas sola por el pinar, me dijeron una tarde cuando regresaba de pasear por la carretera en un pueblo extremaño. Eran las cinco de la tarde. Me lo tomé a mal. Me parecía un atraso y sí, seguí paseando sola por el pinar. Somos valientes, somos heroicas solo por el hecho de ser mujeres, sí, pero ahora yo también me diría a la mujer que era: no salgas sola por el pinar.

Detenida al borde de la fiebre, mientras todo a mi alrededor se mueve y yo no puedo ni hablar veo a una mujer corriendo en sueños. Es como éramos todas nosotras, una interina joven, una profesora apenas estrenada, una creadora dispuesta a utilizar las tardes para estudiar y pintar. Largas horas sola lejos de la familia, de su pareja… tiempo para estudiar, tiempo para pintar, tiempo para escribir… me voy a dar una vuelta y así me despejo. Laura, no salgas sola por el pinar.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.