Adornos de Navidad

Llega la Navidad. Huele a viajes, a familia, a regalos, a niños, a mayores., a consumo, a excesos. Es como si la felicidad dependiera de saltarse la monotonía y alcanzar la satisfacción, cueste lo que cueste. Buscamos la alegría como el maná que debe llegar de repente a todo el mundo, pero, a veces, no estamos bien vacunados. Resulta muy difícil, en un país como el nuestro, disociar el tiempo de Navidad de cierto poso religioso. Es cierto que convivimos cristianos con miembros de otras religiones y con personas no creyentes; a pesar de ello, siguen siendo días de fiesta familiar por excelencia. Pero hay que ser realistas y reconocer que no todo es alegría. Por desgracia, a nuestro lado tenemos personas que no tienen motivos para estar alegres. Unas veces la enfermedad, otras la necesidad, son culpables de malograr cualquier deseo de esperar las fiestas con optimismo. Poca ilusión puede quedarle a quien esté solo, o amarrado a la cama por culpa de la enfermedad, o a quien deba subsistir gracias a la caridad de los demás. Tampoco debe suspirar por estas fechas la familia en la que esté reciente la pérdida de un ser querido. Más aún, cuando aparentemente no existe ninguna razón para arruinar la alegría de una Navidad en familia, nosotros mismos nos encargamos de poner palos en las ruedas por culpa de pequeñas escaramuzas domésticas. Casi siempre, menudencias. Por no vivir el verdadero sentido de la Navidad, somos capaces de aguar nuestra propia fiesta.

Salvo honrosas excepciones, hemos contribuido a desfigurar poco a poco el espíritu de la Navidad. Bendito sea el progreso que hace posible una mejoría palpable del nivel de vida. Ahora bien, la inmensa mayoría de quienes nacimos cuando España aún olía a pólvora, disponemos ahora de mayores comodidades en el hogar y de más medios para festejar los acontecimientos. Y yo me pregunto: en nuestra etapa de niños ¿fuimos menos felices que lo son nuestros nietos? A juzgar por el grado de satisfacción que sienten ahora, tengo mis dudas. Ese mismo progreso es culpable de la inconformidad infantil. Todo les parece poco, tengan o no sus padres capacidad suficiente para satisfacer su egoísmo. Sí, ya sé que los niños deben criarse felices y contentos, y, de hecho, toda la familia se empeña en conseguirlo. Pero no es lo mismo criar que malcriar. Cediendo siempre a la petición de los pequeños, los estamos diciendo que tienen derecho a tener y hacer lo que quieran, y, a la vez, ocultarles que el ser humano debe buscar su independencia para poder depender de sí mismo. Una buena formación comienza por establecer unos límites claros desde la infancia.

Cada uno en su medida, hemos pretendido que nuestros hijos tuvieran una infancia más holgada que la nuestra, aunque fuera a costa de desnudar otras necesidades del hogar. En la medida en que con ese empeño hayamos sobrepasado los límites de lo razonable, habremos contribuido a fomentar generaciones de inconformistas y enemigos del esfuerzo y la moderación. Además, estamos contribuyendo a que la ley del mercado haga que la excesiva demanda dispare los precios en forma casi delictiva, y los gastos se multipliquen hasta la asfixia. Consecuencia directa: la verdadera virtud que debe envolver toda Navidad, la alegría, ya comienza tocada de ala.

Mirándolo fríamente ¿qué tiene que ver el excesivo gasto con el espíritu de la Navidad? ¿Dónde está la verdadera alegría? Celebrar la fiesta haciendo algún extraordinario, pero sin excesos, es lo ideal. Cada cual sabe dónde está su línea roja, sin sobrepasarla sentiremos más satisfacción que siendo conscientes de nuestro despilfarro. Toda persona de buen corazón experimenta una satisfacción no comparable a ninguna otra cuando puede ayudar al que está necesitado. Una Navidad alegre es aquella que se vive acordándose de quien sufre y, por desgracia, no tendremos que buscar demasiado para encontrarle.

Nuestro paso por este mundo es más efímero de lo que pensamos y al final no vamos a necesitar nada de lo que ahora poseemos. Por más esfuerzo que hagamos, nada podremos llevarnos. Venimos a este mundo con unos dones materiales y otros morales. Los primeros están sujetos a los vaivenes de la sociedad: hay potentados y hay necesitados; los segundos ya vienen con nuestro ADN. En uno y otro grupo existen personas desprendidas y otras egoístas; y, no obstante, desde los dos también se puede ser generoso. Sin necesidad de acudir a ningún evangelio, todos admitimos que no es más generosa la persona que da mucho, cuando mucho le sobra; la verdadera caridad está en quien da de lo que no le sobra. Para saber hasta qué punto podemos involucrarnos en ayudar al necesitado, nadie necesita que le hagan una auditoría, pero tal vez sí necesitemos ablandar nuestro corazón. Podemos asegurar  que, después de un acto de caridad, todos vamos a sentirnos mucho más felices, porque todos tenemos algo de lo que podemos desprendernos: bienes materiales, unas veces, y siempre, apoyo, compañía, consuelo, protección y cariño.

Es propio de la época mencionar historias propias de la Navidad. Ahora me viene a la memoria un conocido relato que encajaría perfectamente en la consideración que hoy me mueve a escribir. El relato habla de un turista que visitaba El Cairo para encontrarse con un famoso intelectual. Cuando el turista vio que el sabio vivía en un modesto cuartucho lleno de libros, cuyos únicos muebles eran una cama, una mesa y una silla, le preguntó:

-¿Dónde están sus muebles?
Y el sabio también preguntó: -¿Y dónde están los suyos?
-¿Los míos? -respondió el turista. Yo estoy aquí de paso.
-Yo también –contestó el sabio-                                                                                                              

 Si de verdad sentimos eso que tantas veces repetimos -¡Feliz Navidad!-, seamos capaces de acordarnos de los que lo tienen más difícil que nosotros. No es necesario que todo el mundo siente un pobre a su mesa –cosa muy digna de alabar-, basta con acercarnos a ese que no tiene hogar ni familia, o si los tiene, carece de lo indispensable para vivir como las personas; acordarnos del enfermo, del parado, del desplazado. Nuestros dones morales, esos que no controla Hacienda, también pueden hacer feliz la navidad de un desgraciado. Por eso, cuando queramos adornar nuestro árbol de navidad, acordémonos de colgar en él alegría, caridad, ayuda, compañía, respeto, moderación… Seguro que así podremos decirnos todos, bien alto, lo que te deseo a tí, lector: ¡Feliz Navidad!