Sábado, 17 de agosto de 2019

Depredadores

Pero cómo es posible que él haya golpeado la cabeza de ella contra el coche y que nadie haya escuchado nada en un lugar que está lleno de casas, con sus ventanas, sus tejados, sus salidas de humo, sus lugares por los que entra el sonido, porque, tal vez, ella gritó, gritó algo, antes de quedarse de piedra por causa del terror, que es lo que hacemos los seres desde los más diminutos: quedarnos de piedra para que el depredador no nos vea de lo quietos que estamos y pase de largo y se lleve también sus colmillos, tal vez, ella gritó, pidió ayuda y cómo es posible, cuántas ventanas, tal vez, es posible que alguna se haya cerrado, tal vez, ante el allí pasa algo y da miedo que pase y sería mejor si no estuviera pasando.

Pero cómo es posible que lo hayan visto, días antes, espiándola, y que ninguno le haya advertido no le creas cuando te diga por dónde dirigirte en un pueblo al que acabas de llegar porque podría enviarte a un callejón cerrado. Pero cómo es posible que él haya levantado el cuerpo de ella, malherido, para ocultarlo en el maletero de un coche y dejarlo morir, después, a la intemperie y que nadie, cómo es posible, y que nadie haya visto, u oído, si ese hombre, sabían, venía de la cárcel por haber ya matado.  Pero cómo es posible que, cuando ella ha dejado de estar, enseñemos los dientes y enganchemos, de los colmillos, las banderas que convienen. Y que todos empecemos a gritar, a alzar el puño, rugiendo feminismo con ganas de ladrarle a quien se atreva a decir un momento, seamos sensatos. Aunque sea la sensatez, esa palabra lívida ante el pesar de lo temible, el arca que pueda salvarnos.

El asesinato de Laura es una tragedia que aturde de lo enorme. Ante un desenlace tan fiero, solo queda el estupor y, después, si es posible, la reflexión juiciosa, sopesada, minuciosa, seria, sobre aquello que pudo evitarse y sobre aquello que no debería volver a suceder. Pero no así, no como gruñimos todos, sacando las insignias de las causas furiosas, no así, con esa falta de silencio en el respeto por la víctima en nuestras ganas de tirarnos tantas piedras, de utilizar el dolor como un punto de fuga y, a ella, como un chivo expiatorio. No así, cuando desacertamos diciendo que nos matan por ser mujeres, no así, porque ¿es esto verdad, de verdad? También a Rimbaud, a Rimbaud el poeta, lo violaron con saña y un pedazo de él murió allí, en ese cuartel, en esos baños.

Hay personas, hombres y mujeres, que matan. Mata el más desquiciado, el que cruza la línea que no se debe cruzar porque, cuando dicha línea se rebasa, se rompe el vínculo con lo humano y de allí ya nunca se regresa (¿recordáis las lecciones del maestro Dostoievski?), mata el más desquiciado, sea hombre o mujer o niño, también hay niños con armas con las que disparan, y matan, ¿lo habéis, acaso, olvidado? Hay niños que mueren de manos de sus madres y nadie dice mu sobre violencia de género. Entonces. ¿De qué estamos hablando? «Machismo estructural», escucho que dicen, y no me gusta que exista porque estoy del otro lado, pero tres pasos más adelante me pregunto si el feminismo puede ser también violento y la respuesta es sí. Y entonces tampoco me gusta.

Soy mujer. Y muchas veces he sentido miedo al encontrarme en una calle solitaria y he echado a correr. Y he llamado a alguien por teléfono mientras caminaba, para sentirme a salvo. Una vez, un adolescente, casi un niño, corrió detrás de mí para tocarme las nalgas y siguió corriendo no sin antes girar su cabeza sonriente y decirme ja, lo logré. Subí a casa asustada, tuve pesadillas y, durante muchos días, tuve más miedo que nunca y me sentí sucia, ultrajada, por causa de esa mano. Sí. Hay hombres que hacen eso. Pero. ¿Son re-educables esos hombres? ¿Se les puede convencer de que dejen de hacerlo? (Ojalá. Podríamos intentarlo). ¿Los vamos a meter a todos en la cárcel? ¿Debo denunciar al adolescente que me tocó las nalgas? ¿Cuál sería su castigo? ¿Deberíamos castigarlo? ¿Debo abrirle un proceso al lotero que me dijo, entre dientes, algo tan obsceno que me revolvió el estómago?

¿Debo denunciar al anciano de la Plaza Mayor que le ha pedido el teléfono a mi alumna china, de dieciséis años, porque la ha convencido de que puede servirle como guía turístico? ¿Y qué hacemos con aquella vecina que le rompió la cabeza a su marido con un sartenazo y, acto seguido, llamó al servicio de urgencias para que se lo salvaran, tras una trifulca de pareja que nos dejó horrorizados? No tengo estas respuestas. No lo sé. Pero sé que siento miedo cuando escucho a otras mujeres diciendo, enardecidas, que tenemos que lincharlos, apedrearlos, emascularlos, odiarlos, violentarlos. También conozco el caso de una chica a quien su abogada le aconseja que ponga una denuncia por malos tratos, aunque sea mentira, para inclinar la balanza a su favor en el asunto de la patria potestad.

De verdad, ¿de qué estamos hablando? La violencia es violencia sin más. Violencia es lo pequeño y lo grande y lo tremendo. Violencia es la mentira, el hablar a espaldas de otro sin que nos tiemblen de vergüenza los párpados. Violencia es difamarnos, señalarnos, hurtarnos. La traición es violencia con mayúsculas. Violencia es evadir impuestos, llegar tarde al trabajo, plagiar, rehuir responsabilidad. Violencia es enseñarnos los dientes y ser depredadores, todos, los unos de los otros, tratarnos con rudeza, devorarnos. ¿Qué ley hará que nos sintamos más seguras al salir a la calle? ¿Qué ley evitará que alguno te mire los pechos y que, incluso, a veces, te guste? ¿Qué ley evitará que los violentos sigan rompiendo cuerpos y cosas? Deben ser juzgados, sí, penalizados. Pero sin dejar que su malicia se nos cuele por dentro y nos despoje de la sensatez. Sin olvidar el respeto que merece el dolor de una familia que ha perdido a su hija. Sin permitir que ese luto, sagrado, se ensucie de consignas. Sin consentir que ese luto, terrible, se deshonre con la lasciva avaricia de los votos.

Salamanca, 21 de diciembre de 2018. Solsticio de invierno.