Mi Navidad

Todos tenemos nuestra Navidad, feliz o triste, melancólica o alegre, porque la Navidad es siempre distinta, es una oportunidad a nuestro alcance. No deja de volver cada año y con ella la ocasión de llevarnos a lo mejor de uno mismo. Por lo que a mí se refiere, mi Navidad son todas las de mi infancia, hasta que tuve once o doce años. Vuelven los recuerdos a mi mente y me encuentro en la cena de Nochebuena en casa de mis abuelos paternos. Son las nueve y media de la noche y entramos todos en tropel, mis hermanos y mis padres. Jolgorio infantil, aumentado por la propensión de mi abuelo Eleuterio a ser como un niño más. Llegamos y allí nos tiene preparadas las zambombas y panderetas, que reparte, comenzando todos a cantar los villancicos que sabíamos: “Campana sobre campana”, “Ya vienen los Reyes”, bueno, esos que ustedes y yo conocemos y tantas veces hemos cantado. Durante unos años también estuvo presente el Nacimiento, ante el que nos extasiábamos cuando apenas levantábamos un palmo del suelo.

Y de la cocina salen los mejores olores, porque para mi abuela Angelines aquella noche era sagrada, también gastronómicamente, y desde días antes ponía todo su talento de cocinera creativa para hacernos disfrutar de sus delicias: la lombarda, la merluza con su genial receta que he procurado dar a conocer entre amigos que se deslumbran cuando la disfrutan, la ensalada de escarola, los turrones, el San Marcos de la Industrial…Es como si todo estuviera ocurriendo ahora mismo: oigo las voces, percibo los olores, me siento bien, muy bien, entre tanta gente que quiero, algunos de los cuales ya no están físicamente aunque sí en el recuerdo. Ese recuerdo me hace bien, sigo sintiéndome muy querida, como para no pensar que “mi patria es mi infancia”: ¿cuál si no?”. En mis peores momentos entro en ella y salgo renovada, mental y espiritualmente.

Abrazos, besos, bromas, chistes, viejas historias del abuelo que ya nos sabemos todos de memoria pero que las agradecemos por cómo nos las cuenta. Era (es, en mi memoria) un mundo entrañable, donde, por encima de todo, prevalece el amor y la confianza. La Navidad, para mí, cuando esta palabra se maneja, hoy sin ningún sentido ni referencia, es lo que acabo de relatar: mis seres más queridos, juntos todos, cuando no había problemas, cuando el mundo parecía un paraíso. Ya vendrían después los años malos, los conflictos, las incomprensiones, las luchas sin cuartel, porque el mundo ya no es un paraíso, a veces es el infierno.

Pero, vuelvo al comienzo: cada Navidad es distinta. La de este año, para mí va a ser la más importante de mi vida: porque en ella ha aparecido Ángela. Aún no se da cuenta de casi nada, ni falta que le hace, pero ella estará ahí, en la misma casa de mis abuelos, que ahora habito yo, durmiendo en su habitación. Ella no les conoció, pero su entrada en el mundo ha cambiado mi vida, para bien. Ya no tengo abuelos, pero tengo una hija, y de ella recibo lo mismo que recibí hace años: cariño, confianza, sentido. La vida sigue y espero que sus mejores valores no desaparezcan. Los que yo recibí, y que tanto me han acompañado, se los transmitiré a ella, porque a mí me han hecho mucho bien, han sido mi brújula y cuando todo me fallaba me sostenían en pie: la fe cristiana, el amor, la alegría.

Sí, Navidad, siempre Navidad. Con los que se fueron, con los que están, con los que vendrán. Y una estrella que ilumina mi vida y mi existencia, y a partir de ahora espero que la de Ángela.

Marta FERREIRA