Miércoles, 23 de octubre de 2019

Navidad y niñez

Una de las experiencias humanas más fascinantes y misteriosas es la del nacimiento, la de cada nacimiento. Y de tal fascinación y misterio están tocados también todos los nacimientos de cualquier ser vivo o criatura.

De ahí que no sea extraño que, en nuestra cultura, los dos solsticios del año, tanto el de verano como el de invierno, los hayamos cristianizado con dos fiestas o celebraciones natalicias: el nacimiento de San Juan Bautista, en el estival, y el de Cristo, en el invernal.

La Navidad especialmente –acaso por acontecer en el invierno, por la menor duración de la luz a lo largo de cada día, por los ritos que la acompañan, por haberla vivido en el mundo campesino… y por otros varios motivos– nos ha resultado especialmente entrañable.

Siempre la asociaremos con la niñez. De hecho, es una fiesta de nacimiento y de glorificación y santificación del Niño, como arquetipo, como emblema de todo lo que, en la vida, se proyecta hacia el futuro, asegurando de este modo su continuidad y, por ello, esa esperanza humana de que, por diversos modos, se puede vencer y sortear la amenaza y la continua presencia de la muerte.

La Navidad es, para nosotros, por todo ello, la celebración de la memoria. La renovación de ese estado de gracia que es toda niñez. Ya Federico García Lorca, en uno de sus poemas, realizaba una petición: “para pedirle a Cristo / Señor que me devuelva / mi alma antigua de niño, / madura de leyendas.”

Es una petición poética que parecería que cada Navidad la renovara: esa necesidad que tenemos todos de reactualizar, de reavivar nuestra alma antigua de niños, de traer al presente ese tiempo primordial de la leyenda.

Y, a todo ello, contribuye –dentro del ciclo de cada año– mejor que ninguna otra celebración, la de la Navidad, porque, en ella, parece renacer –si nos desprendemos de prejuicios de todo tipo– y reactualizarse la manifestación de la leyenda, de lo fascinante, todo aquello que se albergara un día en nuestra alma antigua de niños.

Navidad y niñez. Porque la Navidad, tal y como la vivimos en el mundo campesino, tenía sus ritos, pese a ser pobres y hasta precarios, muy hermosos. Cuando, de monaguillos, íbamos a coger el musgo, para montar el nacimiento en la iglesia, algunas de cuyas figuras aún nos hablan.

Como aquel mozo y aquella moza que bailaban al son de una gaita de fuelle que tocaba otro mozo; como aquel labrador que araba en su huerto, con la pareja de bueyes; como aquel molino cuyas aspas –cómo nos fascinaba aquel movimiento circular– se movían de continuo y cuyo interior estaba iluminado, como lleno de vida; como aquellas mujeres que iban a algún mercado con sus gallinas y pavos colgando de sus manos; como…

Es uno de los caminos que nos conducen –si sabemos no perdernos– a nuestra alma antigua de niños, a esa leyenda fascinante que flota sobre lo trivial, sobre una cotidianidad grisácea y desilusionante, si sabemos llegar a ella.

De ahí la necesidad de que hagamos renacer estos días nuestra alma antigua de niños, madura de leyendas –como pidiera el poeta granadino.

Navidad y niñez.