Obras son amores.

Mi vida escolar se inició aprendiendo el catecismo del Padre Astete. Los de mi quinta sabemos que en aquél entonces sólo se permitía un culto, un partido y un jefe vitalicio.

Así era la España de entonces. El que discrepaba sabía de antemano a qué atenerse. Muchos eligieron irse, otros se subieron al tren y la mayoría se conformó con no ver, no oír, no hablar. Nada nuevo bajo el sol. No obstante, como en cualquier régimen autoritario, siempre existe una aldea gala irreductible. Los Astérix de entonces se llamaban: Comisiones Obreras, Juventudes Obreras Cristianas, socialistas, comunistas, anarquistas y unas decenas de curas obreros. No eran muchos y vivían a los saltos.

Existían dos iglesias: una la católica, apostólica y romana, y otra, por así decirlo, la cristiana. Una que paseaba bajo palio a Franco y la otra que lo enfrentaba. Con el paso de los años se siguen manteniendo esas distancias: una iglesia que vive enclaustrada en sus palacios episcopales, versus otra, que lo hace en los barrios. Así pasó en la Latinoamérica de los setenta. Resulta duro decirlo: en ese continente la institución eclesial se alineó, una vez más, con los verdugos. No en todos los casos, aunque sí en casi todos.

En lo que a mí respecta, hace años me distancié de todas y cada una de las religiones al uso. Resultan del todo superfluas las razones que pueda aducir. Me distancié de las creencias religiosas, pero nunca de muchos de sus creyentes. Lo que uno crea o deje de creer, a la postre, resulta irrelevante ¡No lo que hagan con sus vidas y la de los otros! He tenido la suerte de conocer a algunos creyentes, monjas y curas que siguieron con extrema fidelidad los evangelios de la pobreza, justicia y compasión. Lo hicieron en circunstancias extremas. Incluso, en contradicción con los ucases dictados desde el Vaticano. Esa misma ética, sin embargo, ha sido y sigue hoy siendo practicada por miembros de otras religiones, ateos, agnósticos, marxistas, blancos, verdes y azules. La compasión, el sufrir con, ni admite componendas, ni monopolios. He tenido ocasión de comprobarlo.

Resulta en extremo doloroso enterarse, día por medio, de las aberraciones cometidas por algunos curas católicos en las personas de niños y niñas a ellos confiados. En mi época sucedía. Sucedía con frecuencia. Casi todos los adolescentes sabíamos. Ninguna familia se atrevía a denunciar el abuso o la violación. El miedo les cerraba la boca. Los jerarcas eclesiásticos sabían y callaban. Lo peor, pienso, no es que algunos curas sean pederastas, lo peor es que la institución les ampare y les oculte. Entiendo, que muchos feligreses, de buena fe, renuncien a sus prácticas religiosas y se distancien de la Iglesia oficial. Hacen bien. Hacen bien en alejarse de una Iglesia que dejó de ser cristiana hace un montón de siglos.

Hacen bien si tal alejamiento supone defender y mejorar la condición humana. La condición humana, en última instancia, reside en actuar en consonancia con este aserto: “yo soy porque tú eres”. Muchas gentes fueron perseguidas, asesinadas, por actuar en tal sentido. Entre ellas lo fue un judío, un hombre justo, un tzadik, hace unos dos mil y picos años.