Martes, 22 de enero de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria, “archivos vivientes” (13): Cipriano Ovejero (in memoriam) y Rosalía Mateos

Antes de emparejar sus destinos, las familias de Cipriano y de Rosalía, de análoga condición social, habían tenido vidas paralelas

Ángel Iglesias, Rosalía Mateos y Cipriano Ovejero (Robleda, 2003)

Cipriano Ovejero Mateos, junto con su esposa Rosalía Mateos Sánchez, fue uno de los primeros y mejores informantes en la recuperación de la memoria histórica robledana, pues su colaboración remonta al verano de 2003. Ambos merecen cumplidamente la calificación de “archivos vivientes”. La descripción de este perfil ha contado con la aportación de datos sobre ellos y su grupo familiar por Cipriano Ovejero Mateos, su hijo mayor (entrevista, Robleda, 24 de agosto de 2018).  De hecho, esta familia al completo ha sido muy generosa con la asociación cultural de Documentación y Estudio de El Rebollar, a cuyos colaboradores y socios llegó a dar acogida, repetidas veces, en su casa de “La Solana”.

Cipriano (padre) nació en Robleda el 6 de marzo de 1916. Era hijo de Faustino Ovejero Sánchez, labrador y jornalero, y de Marcela Mateos Mateos, sin profesión particular. Fueron sus abuelos, por línea paterna, Serafín Ovejero y Teresa Sánchez, y por línea materna, Eulogio Mateos y Serafina Mateos, fallecida años antes. Todos eran robledanos de naturaleza y vecindad. Y el biografiado era el segundo hijo de una fratría de cinco miembros: Serafín, Cipriano, Macaria, Teresa y  Fermín. Nacidos todos en Robleda, las circunstancias de la vida los separaron, de tal modo que casi dejaron de verse en la adolescencia o la juventud.

Esto fue consecuencia de la emigración. Como bastantes matrimonios de Robleda, los padres de Cipriano (mayor) marcharon a Francia, donde en parte se produciría la diáspora del grupo de parentesco. Al principio se instalaron por la parte de Albi. Cerca de esta ciudad había minas de carbón en Carmeaux (Tarn), pero los emigrantes rebollanos solo entendían de la elaboración de carbón vegetal en las faldas de la sierra de Gata. Se arrancaban las cepas de berezu, se disponían en la joya, de tarde se les prendía fuego por debajo, se echaba tierra encima, dejando un respiradero por arriba y, por la mañana, se sacaba el carbón que quedaba de la combustión incompleta. Entrar en la mina, era otro asunto (aunque en la posguerra española muchos serragatinos se atrevieron con esa hazaña en las minas de Asturias y León). Por ello, cuando el hijo mayor (Serafín) quiso trabajar en los pozos mineros, Faustino estimaría que no había emigrado con su familia para exponer la vida de sus hijos en trabajos desconocidos, y prefirió remontar hasta la zona de Montauban (Tarn y Garona), para trabajar en la agricultura, que al fin era lo que sabían hacer todos. La familia, o una parte de ella, tuvo que regresar a Robleda (1933), a causa de la crisis económica general.

Cuando esto sucedió Cipriano tenía 17 años. Antes había asistido a la escuela francesa, con aprovechamiento. Aprendió a leer y escribir en francés correctamente, haciéndolo con una excelente caligrafía, que ejercitaría sobre todo más tarde cuando asumiera responsabilidades en su empleo de la dehesa de Aldeanueva del Arenal (Fuenteguinaldo). En su haber tenía ya la experiencia de aprendiz de carnicero en Castel-Sarrazin (Landas), pero en su lugar de origen la oferta de trabajo, que había motivado la emigración de la familia en tiempos de la Monarquía, no había mejorado después, sino que había empeorado, entre otras causas, debido a la actitud de los estamentos reaccionarios (militares, terratenientes y eclesiásticos) que hacían todo lo posible para que fracasara la República, oponiéndose a sus reformas y principalmente a la reforma  agraria.

Al producirse la rebelión militar contra el gobierno legítimo, que los antirrepublicanos tenían preparada de tiempo atrás, Cipriano contaba veinte años, y por ello debió de sentirse afectado, aunque no de inmediato, por la movilización de tres quintas de veteranos (1932-1934), que se añadía a los quintos de 1935, ya en filas o llamados a ingresar con el siguiente remplazo. No consta que tomara parte activa en la revuelta local contra esta llamada masiva a filas hacia 10 de agosto de 1936 y, dos o tres días más tarde, se tradujo por una caza al hombre, saldada enseguida con siete vecinos asesinados (enterrados en Boadilla, agregado de La Fuente de San Esteban, y Castillejo de Huebra, en el término de Muñoz) y una quincena larga en las semanas siguientes. Él fue testigo cercano de la persecución y detención sangrienta de Julián Ovejero, pariente suyo y de su misma edad y condición social.

En 2003 y 2004 este “archivo viviente” revelaba que la víspera de aquella ejecución extrajudicial en el campo él mismo había estado trabajando en las faenas de recolección con Emiliano Marcos, hijo izquierdista de una familia de labradores medianos. A la hora de la comida se habían entretenido tratando de robar la merienda, puesta a la sombra y mal escondida, a las mozas que estaban lavando ropa en el río Olleros, entre “el Vaumuñina” y “la puenti el Granaeru”. Era una forma de galanteo, un tanto especial pero habitual, de los mozos robledanos que no consideraban agresiva y machista esa modalidad de juego. En aquella aventura Cipriano perdió la cartera, que echó de menos a la vuelta a casa, y fue a buscarla al día siguiente. En esta búsqueda lo sorprendió la llegada de la patrulla de fascistas y el carabinero Moreiro, que había abatido de un tiro en la nuca al citado Julián Ovejero, a un kilómetro aproximado de aquel sitio. Habían dejado el cadáver de este joven en el camino de Las Pocilgas (en El Colodrero, cerca de la raya de El Sahugo) y llevaban preso a un hermano suyo (Juan Ovejero, eliminado en una saca carcelaria dos días después). La presencia de Cipriano en aquel lugar resultaba sospechosa para los de la patrulla, y uno de sus integrantes, Joaquín Cabezas, le preguntó qué estaba haciendo y, sin objetar nada ni casi esperar respuesta, le ordenó que se fuera para casa.

A propósito de la ejecución extrajudicial de Juan Ovejero García, su pariente Cipriano compartía la opinión de María Antonia, hermana de aquél, según la cual, lo habrían asesinado en lugar del maestro Gabriel Zato Vicente, por amaños del sobrino de éste, el mencionado Julio del Corral, jefe local de Falange. Esta explicación puede parecer exagerada y tendenciosa, pero no carece de sentido. De hecho la razón de las eliminaciones en cadena de personas de la misma familia, por parte de militares y milicianos fascistas, era asegurarse la impunidad de sus crímenes, en caso de que “se diera la vuelta a la tortilla”, si el Gobierno conseguía restaurar el orden republicano. Ahora bien, el maestro Zato no era persona adicta al Movimiento, sino socialista (“moderado”, según su hijo José Zato del Corral), y a pesar de que cambió de chaqueta y llegó a asumir la investidura de jefe de Falange, no se libró de la depuración al final de la guerra (“Así paga el diablo a quien bien le sirve”). En 1936 los sublevados tenían razones para considerar “peligroso” a Gabriel Zato.

En aquel verano Cipriano fue requerido por el ayuntamiento nombrado por los golpistas para algunas operaciones macabras y fue testigo de operaciones “policiales” que, por su cargo de empleados municipales, ejercían otros vecinos (Francisco y Pío Sánchez, Cipriano Mateos “el Meón”, Antonio Gutiérrez y otros). Gracias a su testimonio, entre otros secretos bien guardados por los victimarios y responsables locales (e incluso por quienes se avergüenzan de tener ascendientes entre las víctimas),  se tiene noticia del asesinato de tres personas, varones, hallados cadáveres en el paraje de La Jernandilla, al lado de la carretera a unos tres kilómetros de la localidad, y enterrados en el cementerio local. Esto debió de hacerse “por orden de este juzgado municipal”, como en otras ejecuciones extrajudiciales y posteriores inhumaciones reconoció el juez y jefe local de Falange, Julio del Corral. Pero este personaje, en la presente ocasión, no se tomó la molestia de registrar el hallazgo, recogida y enterramiento de los cadáveres. Cipriano ayudó a Francisco Sánchez al transporte en una carreta de los restos mortales de aquellas víctimas.

El esperpéntico carruaje mortuorio lo vieron pasar por delante de sus casas otros testigos, entonces niños, a quienes llamó la atención que los muertos, cuyos pies sobrepasaban la manta que cubría sus cuerpos, llevaban calcetines de color rosa, y serían un padre, un hijo y el suegro de éste, quizá naturales de San Martín de Trevejo, según se rumoreó en el pueblo (R 2011).

El informante Cipriano compartía el contenido de este rumor, considerando a las víctimas  naturales de Extremadura, pues había leído la cédula personal de uno de ellos, cuyo nombre retuvo en parte su memoria. Según el mismo, se apellidaba Sancho, y no debía de equivocarse mucho, pues probablemente se trataba de Esteban Sánchez Hernández, de 38 años, natural de Trevejo y vecino de Cilleros, cuya ejecución clandestina se ubica en el término de El Bodón el 9 de septiembre de 1936, sin testimonios seguros. Más aventurada, aunque no descabellada, era la suposición de que, por el parecido, fueran un “un padre y dos hijos”. Y no admite dudas su afirmación de que el otro vecino requerido para el mismo trabajo se quedó como trofeo con el sombrero de uno de los muertos (R 2003).

Entre las indagaciones policiales, efectuadas por los citados guardas y de las cuales tuvo noticia cierta, el informante menciona el descubrimiento de una escopeta que los hermanos Emiliano y Pablo Marcos Mateos habían escondido en un pajar de la calle de La Gallarda, por lo cual fueron procesados. Al final de la guerra, al segundo hermano lo dieron por “desaparecido” la familia y los vecinos, incluido Cipriano, pero de hecho al menos Emiliano fue informado de que su hermano Pablo, enfermo y solo, había fallecido en Palencia (27/04/1939). 

Por sus años cumplidos, el mozo Cipriano Ovejero fue llamado a filas durante la guerra. Tuvo la suerte de cumplir el obligado servicio sin riesgos mayores para su vida, en la retaguardia franquista, principalmente por la parte de Ferrol (La Coruña). Debió de ser reclutado en 1937. No intervino en grandes batallas ni contaba “batallitas” personales, a no ser algunos desplantes de un militar graduado, cuando él estuvo destinado una temporada en el frente de Guadarrama, quizá al final del conflicto bélico.

De vuelta al pueblo, se emplearía en las mismas labores que antes de la guerra, por cuenta ajena la mayor parte del tiempo. Por supuesto, pasaría las mismas estrecheces que sus convecinos en aquellos bien llamados “años del hambre”, en que Franco, a pesar de sus sueños de grandeza imperial, no las tenía todas consigo conforme se perfilaba el triunfo de los aliados contra la Alemania nazi, a la cual debía en gran parte su victoria contra la República. Pero la aventura de los maquis, sin ayuda ni medios adecuados, fracasó en 1945.

Por entonces, precisamente en 1944, Cipriano contrajo matrimonio con Rosalía Mateos Sánchez, su convecina, casi cinco años más joven, pues había nacido el 23 de agosto de 1922. Eran sus padres Saturnino Mateos Mateos, labrador pobre, y Nicolasa Sánchez Gonzalez, ocupada en sus labores domésticas, además de ayudar a su marido en las faenas del campo. Los abuelos, por línea paterna, se llamaban Andrés Mateos y Regina Mateos, y los de la parte materna Mateo Sánchez y Rosalía (sin mención de apellido en el registro civil). Todos ellos naturales y vecinos de Robleda, a excepción de la abuela Rosalía, natural de El Sahugo.

El matrimonio de Saturnino y Nicolasa también tuvo que emigrar a Francia durante la Monarquía. Además de Rosalía, llevaron con ellos a otra hija (Rafaela), mayor que ella. Allí nació un varón (Pedro), antes de tener que regresar a Robleda en 1929, donde nacería otro niño al año siguiente (Tomás). Estuvieron asentados en  Aubervilliers, localidad del departamento de Seine Saint Denis, donde residía una colonia importante de  robledanos desde principios del siglo XX e incluso de antes, que hasta hoy se prolonga.

A este propósito, según el testimonio de Sebastián Bonilla Calvo, su abuelo Sebastián Bonilla (uno de los asesinados el día 13 de agosto de 1936) fue de los primeros robledanos que emigraron a Francia, después que hacia 1870 lo hubiera hecho su propio padre, Marcelo Sánchez (de quien Sebastián no heredó el apellido, a pesar de ser reconocido como hijo suyo y de haberse casado con su madre más tarde, por negligencia de los encargados del registro). Y cuando, después de enviudar y emigrar, volvió a España en 1914, con su esposa francesa, se llevó a otros vecinos, que trabajaron en la construcción del acueducto de Neuville-du-Poitou (cerca de Poitiers), después buscó mano de obra para la empresa Saint-Gobain de Aubervilliers / La Courneuve (cerca de París), por encargo del director. Sebastián Bonilla (nieto), entre los emigrantes llegados al país vecino después de la primera guerra mundial y en los años veinte, cita a tio Pío “Renegao”, tio Sabino [Ovejero Sánchez], tio Eusebio “Bogajo”, tia Ferina, tio Leonardo Ramajo y su esposa, tia Catalina, tio Fausto Mateos, etc. Hoy se da la circunstancia de que Cipriano Ovejero (menor) está casado, en Francia, con la hija más pequeña del citado Leonardo Ramajo.

Así pues, antes de emparejar sus destinos, las familias de Cipriano y de Rosalía, de análoga condición social, habían tenido vidas paralelas, pasando por la emigración, aunque en la de Rosalía habían tenido que encajar una desgracia mayor, como fue el fallecimiento de la otra hija, Rafaela, accidentalmente ahogada en la fuente Miñomingo, a sus trece años, el 13 de agosto de 1931. Ellos dos, a su vez, emigraron también a Francia y volvieron al lugar natal con sus tres hijos, habidos entre 1944 y 1950, escalonadamente, cada tres años: Cipriano, Serafín y Fernando. También levantarían el vuelo del hogar paterno en fecha temprana, para no regresar más que episódicamente o de vacaciones al pueblo. La búsqueda de trabajo los ha llevado lejos, actualmente con residencia en Francia el primero, en Barcelona el segundo y en las Baleares el tercero, con sus respectivas familias. Pero nunca se han desarraigado culturalmente, echan de menos el poco tiempo que han vivido con sus padres y no olvidan la cita telefónica semanal con la madre.

Remontando en el tiempo, a la primera vuelta de Francia, con sus padres, Rosalía recibió la instrucción escolar en Robleda, donde aprendió a leer y escribir, pero la limitada economía familiar no le permitió beneficiarse mucho tiempo de la enseñanza. En seguida sus padres la pusieron a servir desde pequeña en grandes fincas, como Martihernando (Campillo de Azaba) y Pascualarina (El Bodón). Al parecer de estas tempranas servidumbres la familia guarda buen recuerdo de Antonio Cid, vecino de Ciudad Rodrigo, a quien más tarde Cipriano Ovejero (hijo) fue recomendado en su período de formación profesional. En cuanto fue algo más “grandita”, además de servicios domésticos, Rosalía tuvo que emplearse en faenas agrícolas, a menudo para personas pudientes. Cuando decidió casarse estaba empleada en la dehesa de Aldeanueva. Y allí volvió con su marido en 1948.

Sus padres vivían en la “calle de la Guaña”, donde eran vecinos, pared por medio, de Serafín Ovejero Mateos, cuyos tres hijos menores fueron víctimas de ejecuciones  extrajudiciales entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre de 1936. Y por tanto, a sus 14 años, podía darse cuenta perfectamente de la tragedia que, a consecuencia del odio asesino, se cernía sobre el hogar inmediato al suyo. Su testimonio viene a corroborar  el de su marido en líneas generales, aunque puede aportar algunos detalles menos llamativos, pero significativos (lutos, llantos ahogados en el corral de aquella desgraciada casa, destempladas entradas y salidas de fascistas), u otros ignorados. Baste señalar que  el citado Julián Ovejero era novio de una prima suya, Manuela Gutiérrez Mateos, encinta cuando aquél fue asesinado.

En el plano laboral, la vida de Cipriano y Rosalía no cambió gran cosa con el estado de casados; pero enseguida tuvieron que asumir su papel de padres de familia, con la llegada de su primer hijo, al que pronto se unieron otros dos. Cipriano estuvo de criado en la finca de Aldeanueva y su esposa también asumiría empleos subalternos. Así aguantaron varios años mientras los hijos iban a la escuela de Robleda, al cuidado de la abuela Nicolasa, que los protegía como la gallina a sus polluelos. El cronista recuerda con nostalgia a aquellos nietos, y sobre todo a Cipriano (hijo), que esperaban con ansia las visitas de los padres. Estos llegaban, en burro la madre y el padre a pie, provistos de alforjas y terciada la manta al hombro, como si vinieran de un país remoto, aunque de hecho la distancia recorrida no pasaría de dos leguas. Se comían a besos unos a otros y, en otoño, como forasteros acaudalados y generosos, repartían entre la chiquillada un manjar exquisito: gruesas bellotas de encina, dulces. Los abuelos, los padres y los nietos eran parte del paisaje humano de “la Calleja”, que en un espacio reducido albergaba el hogar de tio Antonio y tia Esperanza (la famosa curandera), tio Juan y Antonia (padres del cronista),  tio Nino y tia Colasa, y Manuel, el barbero, con  su esposa Marcelina. Entre chicos y grandes, allí se cobijaba una veintena larga de personas.

Cipriano y Rosalía volvieron a Francia (1957) al comienzo del éxodo rural hacia regiones más prósperas y países más acogedores. Ellos salieron con la familia al completo, cinco personas. El lugar de destino fueron las cercanías de Agen, en el departamento de Lot y Garona, región agrícola. Pero a Rosalía no le pintó bien aquello y se empeñó en volver a Robleda (aunque ella afirma que fue el marido quien no se adaptó), cosa que hicieron al cabo de un año (1958). Y se acomodaron de nuevo a la vida de Aldeanueva, donde la esposa fue admitida de criada y el marido tendría que reanudar sus ocupaciones subalternas, de porquero, cabrero, etc., hasta que después ejerciera de encargado o casero, para lo cual se desplazaba de unos lugares a otros en bicicleta. Globalmente, la familia guarda un buen recuerdo de su estancia en Aldeanueva. Los dueños eran de Gata (Ángel Guervós  Guerra y Filomena Sánchez). Se portaban bien con Cipriano y los suyos, al menos nunca les faltaba aceite. Estos dueños, a diferencia de otros propietarios, asumían la explotación de la finca, en la cual alternaban el cultivo agrario en extensión, para cuya labor se utilizaban bueyes, y la cría de ganado vacuno, caprino y de cerda. En total se empleaban  unas 15 personas, entre las cuales durante algún tiempo se contaba Pedro,  hermano de Rosalía.

El matrimonio se fue de esta finca, a pesar de la insistencia de los dueños para que siguiera de encargado Cipriano. Pero éste en 1968 decidió instalarse definitivamente en Robleda, ocupándose en la recogida y elaboración de la resina,  cuya fábrica regentaba por entonces Andrés Galache.  Debió de estar retirado antes de la quema de los pinares de Robleda y de Descargamaría en el incendio forestal de 1975. Antes y después de la jubilación, los cónyuges vivieron en una solidaridad sin fallo, hasta que el fallecimiento del marido los separó, tras de 63 años de vida en común.

Tuve ocasión de hablar con él, en presencia de Rosalía y de Françoise, en la primavera de 2007. Ignorábamos entonces que sería la última vez que lo hiciéramos, pero daba señales evidentes de estar en el tramo final de su carrera, a pesar de lo cual quiso levantarse de la silla que ocupaba junto a la camilla, para darnos un abrazo. Éramos algo parientes y nos unía la amistad transmitida de padres a hijos, sin aspavientos pero solidaria. Nos despedimos de él agradecidos y con pena. Un mes más tarde falleció en el hospital de Salamanca (5 de mayo de 2007).

En pocas palabras, puede decirse que Cipriano Ovejero Mateos era una gran persona en un cuerpo de estatura mediana. Presentaba buen aspecto, tenía una constitución proporcionada y su salud le permitió sobrellevar la pesada carga laboral sin daños mayores. No tenía una marcada ideología, cumplía sin más con la tradición religiosa, era un hombre pacífico. Y, puede decirse de él sin caer en el tópico, no hacía mal a nadie. En esta línea, su aportación como “archivo viviente” fue  inmejorable, copiosa, clara, fiable, sin acritud.

Al quedarse viuda, con 85 años, Rosalía vivió por su cuenta, independiente, ocupándose en el cultivo de un huerto que tiene a la puerta de su casa, sin dar señales de flojera moral, si acaso algo pendiente de la vida y las visitas de sus hijos y nietos. En 2011, sorprendió a todos con su proyecto de ingresar en la residencia local para personas mayores, pues nadie esperaba que lo hiciera por iniciativa propia. Allí ha celebrado su cumpleaños: 96 primaveras, alegremente vividas, a pesar de su humor algo cambiante. Todavía mantiene su plena capacidad mental e incluso, aunque siente algunas molestias en una pierna, goza de una agilidad física envidiable, que le ha permitido colaborar hasta ahora en los menesteres de la cocina, cobijar bajo su manto protector a su compañera de habitación, siempre pegada a ella como una lapa, e incluso dar de comer, con cuchara, a un residente treinta años más joven que ella, al parecer en permanente estado catatónico.

Rosalía Mateos Sánchez es recia de temperamento, pero generosa, y colaboradora sin fallo de la memoria histórica, antes y después de la muerte de su marido.

Referencias bibliográficas: A Iglesias (2008b), “Archivos vivientes: las víctimas del terror militar de 1936 a 1939 en El Rebollar y pueblos aledaños salmantinos”, Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., nº 9, 101-201; (2016b), La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses; (2016c), “Croniquillas del verano y otoño sangriento de 1936”, 06/08/2016:

https://salamancartvaldia.es/not/123747/orden-general-mola-6-8-1936-modus-operandi-victimarios/

 “Secuelas vigentes del franquismo”, 23/03/2017:

 https://salamancartvaldia.es/not/144438/exilios-emigracion-2-desterrados-memoria-republicana-so/

  • Rosalía Mateos con su madre, su abuela y su hermana Rafaela