¿Nos preguntamos qué damos?

Quizás –valórenlo ustedes– la felicidad está en la caricia, el abrazo, la sonrisa cómplice, el “te entiendo” y el “aquí me tienes”

Diciembre. Luces de colores y turrones en los supermercados. Juguetes en la televisión y escaparates pomposos. Tostones y corderos lechales en la carnicería. Polvorones y bombones de todos los sabores con envoltorios fosforitos en las tiendas. Hechos que anuncian con premeditación, la llegada de las fiestas donde el consumismo se alza a la enésima potencia como demostración de cariño a quienes más queremos. Y parece ser que así es. Porque así fue.

Las comidas y cenas de los días señalados no se entienden sin la correspondiente abundancia, inundada de exceso; excedente. Mientras que en el otro hemisferio del mismo planeta tierra, carecen de agua potable y apenas comen sobres de comida químicamente preparada para la supervivencia. ¿Dónde hemos llegado? ¿Somos cómplices de la miseria en el mundo? Porque tanto queremos que exceda, que abarcamos lo habido y por haber. Y en este mundo, los recursos son limitados. Démonos cuenta de que si acaparamos, alguien carecerá.

Época festiva, de estar con los nuestros y de dar. ¿Nos preguntamos qué damos? ¿Damos regalos como sucedáneo de lo que no sabemos darnos a nosotros mismos? ¿Quizás es una cuestión cultural? ¿Damos lo que nos han enseñado a dar? Tal vez, dar sea un arte. Y en este momento pienso que uno sólo puede dar lo que está en su mano. Quizás, la navidad, sea un buen momento para saber qué queremos darnos a nosotros mismos. Saber –de verdad– qué necesitamos y qué necesitamos de nosotros mismos. Conocer nuestras sensaciones, sentimientos y percepciones que de alguna manera nos están indicando un aspecto de nosotros mismos que quizás en un primer momento permanecía desapercibido. Y cuando nos percatamos de aquello – a veces incómodo – estamos arrojando luz y conciencia sobre lo inadvertido, siendo cada vez más libres y solidarios.

Porque sólo, cuando nos prestamos atención, somos capaces de llenarnos con lo preciso. Y sólo cuando uno está lleno, es capaz de irradiar y compartir con los demás, esas sensaciones de plenitud. Llenarnos a nosotros mismos, desemboca en llenarnos mutuamente. Pareciera más fácil comprar una decena de juguetes, dos corderos lechales y cientos de bombones. Porque, ese “regalo”, quizás sea una huida aprendida y consolidada socialmente. Pareciera más fácil. Pero facilidad y dificultad no son sino cuestiones subjetivas susceptibles de ser moduladas por el aprendizaje de cada cual. Somos el resultado de lo que ha ocurrido y tenemos la gran suerte de resultar el futuro. En cada presente habita la oportunidad perenne de sentenciar el futuro. Vivimos en la oportunidad constante donde cada responsabilidad individual teje la malla de la humanidad. Todo el mundo quiere un mundo mejor, y pareciese que poca gente quisiese mejorarse. Bien dicen los que saben: “Sé tú el cambio que quieres en el mundo”. Y quizás, tal vez, estemos ante la revolución más silenciosa de la historia: la revolución individual donde cada cuál, siguiendo su propio noble criterio se alza en el interior de uno mismo inclinándose ante la propia debilidad y fragilidad humana.

Porque quizás, la valentía es reconocer la propia debilidad y aún así plantar en la tierra el coraje y tesón propios de la vida, cuyo tallo crece en dirección contraria a la gravedad una vez las raíces han prosperado por debajo de lo visible. Y sí, los regalos gustan. ¿A quién le amarga un dulce? La cuestión es saber qué tiene importancia. Y sobre todo, considerar que tanto regalo, exceso y excedente sin la debida comprensión, nos aleja de nosotros mismos y enseña a nuestros pequeños que lo importante es lo material. Que la felicidad está en lo material. Y quizás –valórenlo ustedes– la felicidad está en la caricia, el abrazo, la sonrisa cómplice, el “te entiendo” y el “aquí me tienes”. Sería un error sustituir el valor de lo importante con la importancia del valor.

Anónimo (revista del Centro de Día de Cáritas diocesana de Salamanca)